martes, 7 de julio de 2009

Pero él no era valiente ©


Ahora, anciano y cansado por lo largos años de lucha durante La Reforma, Guillermo Prieto, hombre de aspecto sombrío y semblante pensativo, se halla sentado solo, al fondo, en el rincón más oscuro de la pulcata; bebe sorbos tranquilos de un jarro de barro, decorado a mano; y en sus ojos comienza a brillar ya el fulgor alegre de la embriaguez ligera.
Ningún otro parroquiano de la pulcata le dirigía la palabra, se decía que estaba loco, trastornado por todas las muertes de que había sido testigo en su vida al servicio del gobierno. A veces, decían, se le podía escuchar murmurando algo acerca de una especie superior a la nuestra, una raza que vendría de las estrellas, de donde todo es diferente, el día menos pensado para comerse nuestros cerebros. Hablaba de feroces armas destructivas, tan pequeñas como un dardo y tan letales como la peste. Nadie le creía.
Loco o no, cierto es que era hombre cabal, “Los valientes no asesinan”, era su filosofía de vida, pues esa filosofía había salvado su pellejo, y el de otros altos funcionarios del gobierno, de ser arrancado por militares sublevados. Cada vez que escuchaba hablar sobre la locura del viejo Guillermo Prieto entraba en mi una gran curiosidad, digo, ¡qué no habrá visto en su vida tan notable caballero! Quizá por eso, una noche en que la pulcata de doña Pacita no estaba tan llena como de costumbre, me decidí a hablar con don Guillermo. “Señor, buenas noches tenga usted”, dije con tono amable y caballeroso. Por respuesta mi interlocutor hizo un ademán con la mano derecha, invitándome a tomar asiento en la silla que se hallaba frente a él.
“Te vez un muchacho serio, pero también demasiado joven e ingenuo… me agradas; dime, ¿Qué te acerca a mi compañía?-dijo poniendo su mirada contra la mía por primera vez- ¿eres de los que piensan que estoy loco?”. Moví la cabeza de lado a lado respondiendo a su pregunta con una negativa. Bebió un sorbo de su pulque, le imité. Un incomodo silencio se había hecho en la mesa, cuando de repente se vio quebrado por la voz del señor, “Y bien, qué quieres –dijo poniendo su jarro en la mesa- ¿quieres a caso que te hable de los seres verdes que vienen a invadirnos esta noche, de la horrible muerte que nos espera y para la que nadie en este maldito mundo está preparado, o acaso quieres que te hable de cuan bien me sentiré cuando todos esos que me llamaron loco estén suplicando por la salvación de su cerebro?”.
Sí, sin duda el hombre estaba loco, pero ya era tarde para retractarme de mi decisión, darle la espalda y marcharme a mi lugar de siempre, cerca de la barra, donde amable me atiende Adriana, siempre con esa bella sonrisa dibuja en su carita de luna.
- No señor, no vengo a hablar de eso.
- De qué entonces, si esta noche ya no hay nada más de que hablar.
- Usted trabo amistad con los grandes cerdos de Gobernación, ¿no es así?
- Sí, así es –me miró pensativo, como no dando crédito a lo que sus labios acababan de decir-. ¡Qué diablos, el día final es hoy! Sí, los conocí a todos y a todos les salvé la vida, yo y mi lengua, yo y mi lema. Te contaré.
Me contó una historia, la historia de su más grande aventura, de cuando había salvado a Juárez de morir baleado, a él y a otros fulanos. Me narró los hechos en orden cronológico, dándome siempre las pistas necesarias para hallar los cómos y los porqués a tan notables acontecimientos. Así fui obteniendo información valiosísima, desde los nombres de los allegados a Juárez y sus respectivas funciones, hasta lo necesario para hilar los motivos de uno que otro escandalillo político. Cuando don Guillermo hablaba, en mi mente se dibujaban los amplios corredores de una base militar, de un palacio de gobernación y hasta de una capilla, venía a mí el aroma del perfume de la secretaria que atiende una oficina, y el clamor de voces reacias exigiendo muerte a los presos.
Al finalizar su relato, don Guillermo brindó conmigo, alzamos los jarros llenos de pulque hasta el tope y los chocamos en el aire, mientras con voz alegre y resignada decía, “¡Salud, salud por el fin del mundo!”.
Seguimos bebiendo un rato más, poniéndonos ebrios de pulque, de poesía y de hashis, hablando de viejos amores no correspondidos. Tras la charla, ya fuera de mis cabales, caminé hasta la barra y me dirigí a Adriana y clavé mis ojos en los de ella, y con toda la sinceridad de mi corazón, mis labios profirieron un “Te amo”, en la cara de mi amada había una obvia expresión de sorpresa, de miedo y de confusión, luego, de la nada, su cabeza estalló frente a mis incrédulos ojos, frente a mi dolido y ebrio corazón. Di la media vuelta y ahí, en el umbral del lugar, como una sombra dueña de la noche, estaba parado un ser verde de aspecto humanoide, con asquerosos tentáculos en la barbilla y con unos largos y delgados brazos, en los cuales aún cargaba un arma de aspecto indescriptible. Apuntó su arma a mi frente, como para asestarme un tiro entre ceja y ceja, presa del pánico grité lo primero que cruzó por mi cabeza, “¡Los valientes no asesinan!”, pero lástima, ese repulsivo ser no era un valiente.

¡Cállate! que no estoy hablando contigo ©


Lector está ciego, parado en la cima de una escarpada montaña, la noche, ostentando adornos hechos de estrellas y un cuarto creciente como estandarte, domina el lugar; el sonido de la madera quemándose acompaña el sonido de su guitarra, y el calor de una fogata le permite seguir entonando cantos para la mujer amada, la Antisocial Girl que se haya a 2000 light years away…, y ciego como está, no puede ver el espectáculo que se avecina. La brisa matutina, con su peculiar frescura acaricia sus mejillas, “Va a amanecer”, está seguro, “Autor, muéstrame el amanecer”. Parado junto a Lector se haya alguien, las sombras ocultan su rostro, y por vestido lleva una larga y derruida capucha negra que le cubre de pies a cabeza. Autor asiente.

Traía un sombrero grande, hecho de paja, con un listón blanco por único adorno; también una pipa ambarina, aún humeante, en la mano derecha; llevaba a la espalda un morral de tela, lleno de no sé cuántos recuerdos… había llegado ahí por casualidad, siguiendo entre las montañas el origen de un fuerte resplandor naranja, anhelando el calor que aquella fogata brindaba, pero más que eso anhelaba su luz. Venía huyendo de la noche, que le rodeaba por todos lados y no lo dejaba de acechar; todo a su alrededor eran sombras, sombras que ocultaban terrores ignotos, criaturas demoníacas que le miraban ocultas en la penumbra, y esperaban el momento preciso para atacar, emboscarlo, arrástralo hacia las sombras y clavar en él sus malditas garras, haciéndole sentir que hierros candentes laceran su piel, desangrándolo y haciendo que sus gritos hieran al tiempo al tiempo que suplican al demonio por el fin de la agonía.
Corrió lo más rápido que pudo, maldiciendo al viento, golpeándolo, sacudiéndoselo de encima… defendiéndose de él en medio de una negra oscuridad. No supo cómo, pero por fin estaba cerca del fulgor del fuego, que le defendía de las criaturas de la sombra. Debía tener cuidado, pues dos tipos, un ciego que tocaba en la guitarra canciones de amor, y un extraño encapuchado que miraba el horizonte, eran los dueños de aquel fogón. Frente a él había un arbusto rosa de algodón de azúcar, con paso cauteloso y decidido avanzó hasta tan formidable escondite, “Estoy muerto, estoy muerto, me verán, me verán, estoy muerto”, pensaba; mantenía la mirada clavada en los dos extraños, que al parecer no se percataron de la presencia del intruso ahora oculto tras un grande, suave y mullido arbusto rosado.
Con la cabeza recostada en el arbusto, miraba el horizonte opuesto al de las dos figuras, cuya fogata también a él le brindaba calor. El aroma del cáñamo inundaba el aire con cada bocanada de humo que un ciego, un encapuchado y un desconocido exhalaban al ambiente. “Swwet, sweet antisocial, plis look up at me; sweet, sweet antisocial, get me smile”, terminaba de cantar el ciego, mientras los últimos acordes aparecían formados por sus callosos dedos. De repente, el silencio. Y el encapuchado hizo oír su voz en medio de la penumbra, que a él sí parecía obedecerlo. “El alba, un alba de esplendido colorido, comenzaba a dilatarse derrochando sus toques en el horizonte”, comenzó a decir el ignoto encapuchado, que siguió hablando, usando las palabras no para describir el amanecer, sino para retratarlo, mostrando con sonidos el acontecer matutino de un pequeño pedazo de “civilización” que se hallaba a unos veinte kilómetros de la montaña.
El misterioso ser cubierto de sombras hablaba, deslizando su visión en el retrato a través del tempo y del espacio; la escena, el retrato, compuesto de otros más pequeños comenzó a dibujarse en su mente, como seguro también se estaba dibujando en la de aquel ciego enamorado. La escena de miles de escenas era una totalidad, pero ciertas partes resaltaban cuando el ignoto narrador las hacía saltar con el ir y venir de sus palabras.
Mientras sus ojos veían como la noche era vencida y humillada por el alba, en su mente pudo ver gente ocupada en diversos asuntos, niños llorando y otros jugando, adultos acalorados, un tren que se dispone a partir, animales atrapados en el vaivén de su vida y a un miserable que de la vida partía.
Soldados le custodiaban, unos le hacían burla, otros le alentaban citándole versículos bíblicos sobre la salvación de su alma y la bondad de Dios… Y aquellas imágenes que bailaban en su mente con la voz del sombrío narrador, dibujaban en su imaginación mil rostros macabros, dolidos, alegres, iracundos e indiferentes; y el mundo, reducido ahora a ese pueblo de aspecto desértico, le dio asco, pues todo el pueblo despertaba con el amanecer a una realidad que ni siquiera veía, pues con el nacer de su día, moría la noche y moría un hombre, como un tributo a alguna deidad.
Con sus palabras le mostraba cada escena en el pueblo, le transmitía cada emoción y cada olor, cada maldito detalle, tal vez por eso no pudo más, aquello le parecía inconcebible, ¡mentirle a un ciego enamorado de una antisocial que se haya a dos mil años luz de él!, ¡un ciego que no tenía más remedio que conocer el amanecer por las palabras de un charlatán! Se levantó y salió de su rosado escondite. “¡Eres un maldito embustero! –gritó con decisión- Eres un idiota, no puedes ver y mucho menos describir cada acción realizada en un pueblo que queda a veinte kilómetros de aquí y que apenas puedes divisar, ¡idiota!, para eso tendrías que ser omnipresente, omnisciente, y NO-LO-ERES”.
Se había atrevido a dudar de su palabra, y más que eso, se había atrevido a levantarle la voz, había tenido el descaro enfrentarle, acto más propio de un pendejo que de un valiente. Sintió sobre sí la mirada del Autor, pero no pudo verla, pues el tiempo no se lo concedió, y jamás volvió a sentir.
Lector, ciego y con su guitarra callada, se hallaba escuchando a Autor, que con su larga capucha negra ondeando al viento adquiría un aire sereno e imponente, tras ellos había aún un extraño arbusto rosado, y tras él ya no había nada.

Al despertar…©


Soñaba que pisaba un suave y verde césped lleno de vida; que la hierba le acariciaba las manos y las flores los tobillos; soñaba que la tierra era firme y fértil, y que los árboles que en ella crecían eran fuertes y frondosos apoyos de madera viva. Soñaba un cielo azul e interminable, lleno de blancas y algodonadas ilusiones que nacían en su corazón y viajaban con el viento sobre el mar del conocimiento; soñaba mil veleros de ignotos colores que flotaban en sus aguas y un rojo horizonte que cedía paso a la noche. Soñaba que podía amar a la Luna y que ella le correspondía; que los árboles y animales eran su fiel compañía, soñaba que las flores le veían como a su igual, y que con ellas tenía una infinita amistad… Soñaba que vivía una vida que quizá no era la suya, una vida que quizá nunca tuvo.
Al despertar de sus sueños no recordaba sino oscuridad, y al mantener los ojos cerrados era aún lo único que veía. Poco a poco la remembranza bajo las sábanas le devolvería el color al lienzo blanco que era su memoria. Una tenue sonrisa se dibujó en su rostro de Afrodita al recordarse entre flores, un océano y un ocaso color sangre. Abrió sus ojos de miel y acto seguido fueron golpeados por la cegadora luz que entraba por su ventana. Se levantó con los ojos apretados y se dirigió a cerrar la cortina. La cerró. Volvió a la cama y se enroscó en sus cobijas. “¡Un momento!”, se dijo poniéndose en pie de un salto para volver a la ventana y mirar de nuevo. Se quedó boquiabierta. “El cielo, qué pasa con el cielo, por qué está tan azul, por qué está tan… limpio”, dijo al aire maravillada y dándose el lujo de permanecer mirando un poco más.
El cielo estaba limpio, impecable; no había nubes; ni aviones o aves lo surcaban; ni siquiera el sol lo manchaba con su amarilla luminosidad. Ya no había horizonte y el mar ya no existía, y es que quizá nunca existió. Arriba, el cielo era todo y todo él era azul, él era el azul.
Comenzó a sentir una molestia en los ojos, le dolían y empezaban a irritarse, cosa normal si uno deja de parpadear por un rato. Tras abrirlos y cerrarlos para quitarse el malestar comenzó a gritar. “¡Mamá! ¡Hey, todos! ¡Vengan, tienen que ver esto!”. Nadie contestó a sus gritos, salvo el silencio de la de la avenida desolada. Gritó una vez más, luego otra y después una más. Nada, silencio y nada más. Volvió a mirar el cielo, aquello era adictivo. Miró el reloj en su pared y pudo notar que las tres manecillas estaban fijas en el doce. “Que raro”, se dijo, y abandonó la recamara para dirigirse a la sala de estar.
“¡Ian, David, Roger, mamá!”, gritó parada en un sillón con las manos haciendo altavoz, no hubo respuesta. Los buscó una vez más antes de salir al patio. Al abrir la puerta, una suave y fresca brisa acarició su tersa y nacarada piel, haciendo que sus cabellos ondearan como una deshilada bandera de oro. En el aire sólo estaba la música del silencio. Miró hacia arriba y… “¡Pero qué demonios! ¡Esto no puede ser!”. El cielo había desaparecido.
Pudo ver un cometa deslizándose a través del universo, también mil estrellas y muchos planetas, todo en medio de una abrumadora y hermosa oscuridad. “Por qué diablos veo estrellas en plena mañana”, se preguntó en aquel raro día sin sol en el cielo, sin cielo. Estaba tan maravillada y a la vez tan asustada por el espectáculo del cosmos que no pudo permanecer más tiempo mirándolo; dio media vuelta y… “¡Oh demonios! ¡A dónde se fue mi casa!”. La casa había desaparecido, así nada más. “Esto tiene que ser un sueño, una terrible pesadilla de la que aún no despierto”, pensaba mientras la gélida caricia del miedo ascendía por su espina. Lanzó un grito y se tiró a sí misma una bofetada que le dejo los dedos marcados. “¡Sí! ¡No me dolió! ¡Esto no es más que un horrible sueño!”. Lástima, jamás se entero de que el dolor había desaparecido también.
Con nostalgia vio el césped desaparecer bajo sus pies, dejando a la vista a más de un insecto rastrero; estos le odiaban sin razón y al verla sola se abalanzaron contra ella como una mini ola negra que se desvaneció a un milímetro de su cara. Aliviada y con la mano sobre el corazón se dejó caer al suelo, pero el suelo ya no estaba. Ahora caía, y todo lo que podía hacer era gritar. Cayó y cayó, y siguió cayendo un rato más, un rato amenizado por el inerte silencio de los árboles, la hierba y las flores, que caían a su alrededor sin sostenerla ni consolarla o tratarla como a su igual, a pesar de verse en su misma situación. No dejaba de caer, y aunque la luna no dejaba de verse hermosa, cada vez se volvía más y más inalcanzable. No había veleros por ninguna parte. Sólo anhelaba despertar, pero no despertaba, y no despertaba por que aquello no era un sueño.
Continuó cayendo en una oscuridad cada vez más densa, pues cada vez había menos lumbreras a su alrededor, y conforme caía su universo se volvía más y más pequeño; de repente dejó de caer. “Que raro, no siento el suelo, dónde estaré”. Miró hacia… bueno, no sé hacia dónde, pues el arriba y el abajo habían desaparecido también. Sólo miró, ahora miraba el Todo, que ya no era sino un lejano e inalcanzable punto de luz que flotaba solitario en aquel mar de tinieblas. No pudo evitar sentir una triste nostalgia, pues recordaba ese sueño en el que ella era parte de ese Todo que ahora le estaba vedado… Lo miró un rato más –no había otra cosa que ver-. Una lágrima brotó de su ojo izquierdo, estaba bajando, acariciando con suavidad su mejilla, y luego, junto con el Todo, dejó de estar.
No veía nada, excepto a sí misma en medio de esa tenebrosa y reconfortante oscuridad; y luego, de un momento a otro, la oscuridad desapareció también. Comenzó a sentirse más liviana, se miró: su ropa ya no estaba. Su mirada cambió y con dulce ternura acarició cada parte de su hermoso cuerpo con sus suaves y delicadas manos. Se sintió a sí misma cada vez más y más liviana, y luego ya no se sintió más.

The magic burgers slaughter ©


Eran como las ocho de la noche cuando abordé el microbús que va para el metro General Anaya, ya por fin me dirigía a casa. La noche en El Paso estaba como hielo y hacía un viento que mecía los cables como hamacas sujetas a los postes, cuyas lámparas iluminaban a la muchedumbre citadina, que, como siempre, andaba presurosa pidiendo una limosna de tranquilidad. La luna estaba furiosa, a tal grado que entre dos nubes viajeras se le podía ver irradiando un brillo anaranjado; como es normal en esta ciudad no se veía ni una sola estrella.
Había sido un día largo, entré a dos de mis tres clases y, para colmo, no estaba “motivado” –había estado así todo el día, sin saludar a María Juanita-. Al subir al vehículo pagué mi pasaje, avancé por el pasillo haciendo una breve escala para mirar un frondoso escote y me dirigí hasta la parte trasera, pues me gusta ir rezagado, precavido, me gusta que las sombras me oculten... además es más fácil bajar. Ya en el fondo, no pude evitar hacer una mueca de decepción al ver que no había lugar en el asiento largo. Poco a poco los asientos vacíos del frente se fueron llenando, y cuando la mayoría estuvo ocupado el conductor arrancó.
Ya en marcha, la conversación de dos señoras llamó mi atención. Ambas llevaban a sus hijos; una, regordeta y de aspecto bonachón, con el cabello teñido de rubio, llevaba una niña; la otra, también regordeta, pero morena y de aspecto más severo, llevaba un niño. Al parecer ambos párvulos eran aún de primaria. Las señoras hablaban sobre el deterioro en el mobiliario de la escuela. "La maestra -decía la primera- dice que nuestros niños no rayan las bancas, que las rayan los de la mañana". "Sí, si se nota que son bien tercos los chamacos -alegaba la otra-, y fíjese que la maestra ha hecho todo lo posible por hablar con la directora, pero pues no más no pasa nada". Los infantes, por su parte, iban jugando a hacer caras y gestos.
Después de un rato la conversación de las señoras se fue apagando hasta convertirse en un pensativo silencio, amenizado por el juego de cara y gestos que sostenían sus hijos en el asiento contiguo. El microbús se detuvo un momento para que una persona pudiera abordar. Era un enanito, vestía un traje verde con botones de oro; tenía una espesa barba y poco cabello, pelirrojo; usaba un curioso y verde sombrero con una franja negra y un trébol sujeto a él. El caballero, con bastón en mano, ocupó un asiento delante de los niños, que no jugaban más. Abrió su saco y sacó un reloj de oro, miró la hora -por su gesto supuse que llevaba buen tiempo-, lo guardó y se dedicó a mirar por la ventanilla.
Todo el microbús estaba sumido en el silencio, hasta que la niña, con su dulce e inocente vocecita, pidió a su madre algo de comer. "Ya no tengo nada, te comiste las papitas hace un rato", le respondió su madre. Al ser yo el único pasajero que iba de pie, me era fácil saber qué hacían o a quién veían los demás, por eso pude notar que los niños comenzaban a inquietarse por el hambre que tenían. Hablaban de comida. Por mi parte no tenía hambre, pues había comido bastante bien ese día.
Los pequeños cambiaron su conversación, que ahora se centraba en algo distinto; no le di importancia, pues justo en ese momento la chica más guapa del microbús abandonó su asiento y se dirigió a la puerta, cerca, muy cerca de mí. "¿Puedes tocar el timbre por favor?", me dijo con su suave voz de serenata. Le obedecí. Tenía la piel de luna y unos ojos tan profundos como el mar, la mirada tierna, y el cabello era largo y castaño, sedoso y brillante; usaba una sudadera azul cielo que dejaba notar con claridad la perfección de sus senos; tenía una piernas interminables, unas manos delicadas y pequeñas, con las uñas bien arregladas y pintadas de violeta; su cintura y su cadera eran únicas, dignas de un reconocimiento, toda ella era digna de tenerme en su cama... o de ser nombrada Miss Coyoacán, lo que prefiriera.
Beyesza -nombre que di a esa belleza- bajó del microbús y la miré hasta perderla de vista, iba ocultando poco a poco sus sensuales contoneos en la penumbra de una cerrada. Por fin desapareció en la noche y pude dejar de torcer el cuello. Volteé de nuevo a ver a los niños, al parecer terminaban con satisfacción una charla con el caballero de verde y los tres se notaban contentos, tanto que el pelirrojo aplaudió tres veces, tocó su nariz, hizo un guiño, agachó la cabeza y se puso a bailar sobre su asiento, dio un salto, luego un giro y aterrizó sentado como si nada mientras una lluvia de chispitas azules y verdes caía en derredor suyo. "Coman y sacien su hambre voraz, que yo sabré cómo la deuda les he cobrar", gritó el caballero con una chillona y alegre voz.
Un momento después, el niño sacó de su mochila una hamburguesa, la niña hizo lo mismo, y sus madres, los pasajeros y el chofer, de hecho todo el mundo sacó una hamburguesa de su bolso, mochila, portafolios, o bien de su bolsillo. "¿Será día de la hamburguesa? -pensé frunciendo el ceño- ¿Por qué todos traerán una? ¿Por qué sacarla al mismo tiempo? ¿Será esto lo que esperaba el caballero de verde cuando miró su reloj? ¿Será esto por lo que vitoreaba? ¿Por qué yo no tengo una?". El aire comenzaba a oler a carne y a pan, a través de las ventanillas se podía ver en la calle a varias personas, pocas, pero todas con hamburguesa en mano. "¡Al carajo! -me dije- igual ya comí".
El momento de hacer lo que Beyesza se aproximaba, pronto llegaría a la esquina de Anacahuita y Totola y debería dejar el microbús. Todos desenvolvían su hamburguesa. Toqué el timbre. El microbús bajó la velocidad y luego se detuvo. La puerta se abrió. La gente mordió su hamburguesa, tragaron. Un segundo...
¡Y las hamburguesas devolvieron las mordidas, y se hicieron gigantes, sus ojos eran fuego y su saliva ácido que carcomía todo, tenían poderosas garras en manos y pies, sus dientes eran filosas espadas dentro de sus bocas: feroces licuadoras encendidas, con una lengua de carne asada y un paladar de lechuga; devoraron a los pasajeros de un solo bocado, salpicando al suelo pequeñas lágrimas color escarlata; primero los niños, luego sus madres, el conductor y el resto de los pasajeros... devoraron al mundo, y el mundo ni siquiera tuvo tiempo para gritar!
Bajé del microbús. "Que raro -me dije-, me parece no haber visto al caballero de verde". Volteé de nuevo a ver el transporte, estaba vacío, igual que el ciber café, la calle y las avenidas. No entendí por qué todos los vehículos estaban detenidos... No le di más importancia, estaba exhausto, quería descansar, tal vez ver un poco de televisión. No había problema, eran como ocho y cuarto y el viento seguía soplando en esta agitada ciudad que por fin guardaba silencio.