Ahora, anciano y cansado por lo largos años de lucha durante La Reforma, Guillermo Prieto, hombre de aspecto sombrío y semblante pensativo, se halla sentado solo, al fondo, en el rincón más oscuro de la pulcata; bebe sorbos tranquilos de un jarro de barro, decorado a mano; y en sus ojos comienza a brillar ya el fulgor alegre de la embriaguez ligera.
Ningún otro parroquiano de la pulcata le dirigía la palabra, se decía que estaba loco, trastornado por todas las muertes de que había sido testigo en su vida al servicio del gobierno. A veces, decían, se le podía escuchar murmurando algo acerca de una especie superior a la nuestra, una raza que vendría de las estrellas, de donde todo es diferente, el día menos pensado para comerse nuestros cerebros. Hablaba de feroces armas destructivas, tan pequeñas como un dardo y tan letales como la peste. Nadie le creía.
Loco o no, cierto es que era hombre cabal, “Los valientes no asesinan”, era su filosofía de vida, pues esa filosofía había salvado su pellejo, y el de otros altos funcionarios del gobierno, de ser arrancado por militares sublevados. Cada vez que escuchaba hablar sobre la locura del viejo Guillermo Prieto entraba en mi una gran curiosidad, digo, ¡qué no habrá visto en su vida tan notable caballero! Quizá por eso, una noche en que la pulcata de doña Pacita no estaba tan llena como de costumbre, me decidí a hablar con don Guillermo. “Señor, buenas noches tenga usted”, dije con tono amable y caballeroso. Por respuesta mi interlocutor hizo un ademán con la mano derecha, invitándome a tomar asiento en la silla que se hallaba frente a él.
“Te vez un muchacho serio, pero también demasiado joven e ingenuo… me agradas; dime, ¿Qué te acerca a mi compañía?-dijo poniendo su mirada contra la mía por primera vez- ¿eres de los que piensan que estoy loco?”. Moví la cabeza de lado a lado respondiendo a su pregunta con una negativa. Bebió un sorbo de su pulque, le imité. Un incomodo silencio se había hecho en la mesa, cuando de repente se vio quebrado por la voz del señor, “Y bien, qué quieres –dijo poniendo su jarro en la mesa- ¿quieres a caso que te hable de los seres verdes que vienen a invadirnos esta noche, de la horrible muerte que nos espera y para la que nadie en este maldito mundo está preparado, o acaso quieres que te hable de cuan bien me sentiré cuando todos esos que me llamaron loco estén suplicando por la salvación de su cerebro?”.
Sí, sin duda el hombre estaba loco, pero ya era tarde para retractarme de mi decisión, darle la espalda y marcharme a mi lugar de siempre, cerca de la barra, donde amable me atiende Adriana, siempre con esa bella sonrisa dibuja en su carita de luna.
- No señor, no vengo a hablar de eso.
- De qué entonces, si esta noche ya no hay nada más de que hablar.
- Usted trabo amistad con los grandes cerdos de Gobernación, ¿no es así?
- Sí, así es –me miró pensativo, como no dando crédito a lo que sus labios acababan de decir-. ¡Qué diablos, el día final es hoy! Sí, los conocí a todos y a todos les salvé la vida, yo y mi lengua, yo y mi lema. Te contaré.
Me contó una historia, la historia de su más grande aventura, de cuando había salvado a Juárez de morir baleado, a él y a otros fulanos. Me narró los hechos en orden cronológico, dándome siempre las pistas necesarias para hallar los cómos y los porqués a tan notables acontecimientos. Así fui obteniendo información valiosísima, desde los nombres de los allegados a Juárez y sus respectivas funciones, hasta lo necesario para hilar los motivos de uno que otro escandalillo político. Cuando don Guillermo hablaba, en mi mente se dibujaban los amplios corredores de una base militar, de un palacio de gobernación y hasta de una capilla, venía a mí el aroma del perfume de la secretaria que atiende una oficina, y el clamor de voces reacias exigiendo muerte a los presos.
Al finalizar su relato, don Guillermo brindó conmigo, alzamos los jarros llenos de pulque hasta el tope y los chocamos en el aire, mientras con voz alegre y resignada decía, “¡Salud, salud por el fin del mundo!”.
Seguimos bebiendo un rato más, poniéndonos ebrios de pulque, de poesía y de hashis, hablando de viejos amores no correspondidos. Tras la charla, ya fuera de mis cabales, caminé hasta la barra y me dirigí a Adriana y clavé mis ojos en los de ella, y con toda la sinceridad de mi corazón, mis labios profirieron un “Te amo”, en la cara de mi amada había una obvia expresión de sorpresa, de miedo y de confusión, luego, de la nada, su cabeza estalló frente a mis incrédulos ojos, frente a mi dolido y ebrio corazón. Di la media vuelta y ahí, en el umbral del lugar, como una sombra dueña de la noche, estaba parado un ser verde de aspecto humanoide, con asquerosos tentáculos en la barbilla y con unos largos y delgados brazos, en los cuales aún cargaba un arma de aspecto indescriptible. Apuntó su arma a mi frente, como para asestarme un tiro entre ceja y ceja, presa del pánico grité lo primero que cruzó por mi cabeza, “¡Los valientes no asesinan!”, pero lástima, ese repulsivo ser no era un valiente.
Ningún otro parroquiano de la pulcata le dirigía la palabra, se decía que estaba loco, trastornado por todas las muertes de que había sido testigo en su vida al servicio del gobierno. A veces, decían, se le podía escuchar murmurando algo acerca de una especie superior a la nuestra, una raza que vendría de las estrellas, de donde todo es diferente, el día menos pensado para comerse nuestros cerebros. Hablaba de feroces armas destructivas, tan pequeñas como un dardo y tan letales como la peste. Nadie le creía.
Loco o no, cierto es que era hombre cabal, “Los valientes no asesinan”, era su filosofía de vida, pues esa filosofía había salvado su pellejo, y el de otros altos funcionarios del gobierno, de ser arrancado por militares sublevados. Cada vez que escuchaba hablar sobre la locura del viejo Guillermo Prieto entraba en mi una gran curiosidad, digo, ¡qué no habrá visto en su vida tan notable caballero! Quizá por eso, una noche en que la pulcata de doña Pacita no estaba tan llena como de costumbre, me decidí a hablar con don Guillermo. “Señor, buenas noches tenga usted”, dije con tono amable y caballeroso. Por respuesta mi interlocutor hizo un ademán con la mano derecha, invitándome a tomar asiento en la silla que se hallaba frente a él.
“Te vez un muchacho serio, pero también demasiado joven e ingenuo… me agradas; dime, ¿Qué te acerca a mi compañía?-dijo poniendo su mirada contra la mía por primera vez- ¿eres de los que piensan que estoy loco?”. Moví la cabeza de lado a lado respondiendo a su pregunta con una negativa. Bebió un sorbo de su pulque, le imité. Un incomodo silencio se había hecho en la mesa, cuando de repente se vio quebrado por la voz del señor, “Y bien, qué quieres –dijo poniendo su jarro en la mesa- ¿quieres a caso que te hable de los seres verdes que vienen a invadirnos esta noche, de la horrible muerte que nos espera y para la que nadie en este maldito mundo está preparado, o acaso quieres que te hable de cuan bien me sentiré cuando todos esos que me llamaron loco estén suplicando por la salvación de su cerebro?”.
Sí, sin duda el hombre estaba loco, pero ya era tarde para retractarme de mi decisión, darle la espalda y marcharme a mi lugar de siempre, cerca de la barra, donde amable me atiende Adriana, siempre con esa bella sonrisa dibuja en su carita de luna.
- No señor, no vengo a hablar de eso.
- De qué entonces, si esta noche ya no hay nada más de que hablar.
- Usted trabo amistad con los grandes cerdos de Gobernación, ¿no es así?
- Sí, así es –me miró pensativo, como no dando crédito a lo que sus labios acababan de decir-. ¡Qué diablos, el día final es hoy! Sí, los conocí a todos y a todos les salvé la vida, yo y mi lengua, yo y mi lema. Te contaré.
Me contó una historia, la historia de su más grande aventura, de cuando había salvado a Juárez de morir baleado, a él y a otros fulanos. Me narró los hechos en orden cronológico, dándome siempre las pistas necesarias para hallar los cómos y los porqués a tan notables acontecimientos. Así fui obteniendo información valiosísima, desde los nombres de los allegados a Juárez y sus respectivas funciones, hasta lo necesario para hilar los motivos de uno que otro escandalillo político. Cuando don Guillermo hablaba, en mi mente se dibujaban los amplios corredores de una base militar, de un palacio de gobernación y hasta de una capilla, venía a mí el aroma del perfume de la secretaria que atiende una oficina, y el clamor de voces reacias exigiendo muerte a los presos.
Al finalizar su relato, don Guillermo brindó conmigo, alzamos los jarros llenos de pulque hasta el tope y los chocamos en el aire, mientras con voz alegre y resignada decía, “¡Salud, salud por el fin del mundo!”.
Seguimos bebiendo un rato más, poniéndonos ebrios de pulque, de poesía y de hashis, hablando de viejos amores no correspondidos. Tras la charla, ya fuera de mis cabales, caminé hasta la barra y me dirigí a Adriana y clavé mis ojos en los de ella, y con toda la sinceridad de mi corazón, mis labios profirieron un “Te amo”, en la cara de mi amada había una obvia expresión de sorpresa, de miedo y de confusión, luego, de la nada, su cabeza estalló frente a mis incrédulos ojos, frente a mi dolido y ebrio corazón. Di la media vuelta y ahí, en el umbral del lugar, como una sombra dueña de la noche, estaba parado un ser verde de aspecto humanoide, con asquerosos tentáculos en la barbilla y con unos largos y delgados brazos, en los cuales aún cargaba un arma de aspecto indescriptible. Apuntó su arma a mi frente, como para asestarme un tiro entre ceja y ceja, presa del pánico grité lo primero que cruzó por mi cabeza, “¡Los valientes no asesinan!”, pero lástima, ese repulsivo ser no era un valiente.
Su majestad... El chisme
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Cambio y fuera