
Soñaba que pisaba un suave y verde césped lleno de vida; que la hierba le acariciaba las manos y las flores los tobillos; soñaba que la tierra era firme y fértil, y que los árboles que en ella crecían eran fuertes y frondosos apoyos de madera viva. Soñaba un cielo azul e interminable, lleno de blancas y algodonadas ilusiones que nacían en su corazón y viajaban con el viento sobre el mar del conocimiento; soñaba mil veleros de ignotos colores que flotaban en sus aguas y un rojo horizonte que cedía paso a la noche. Soñaba que podía amar a la Luna y que ella le correspondía; que los árboles y animales eran su fiel compañía, soñaba que las flores le veían como a su igual, y que con ellas tenía una infinita amistad… Soñaba que vivía una vida que quizá no era la suya, una vida que quizá nunca tuvo.
Al despertar de sus sueños no recordaba sino oscuridad, y al mantener los ojos cerrados era aún lo único que veía. Poco a poco la remembranza bajo las sábanas le devolvería el color al lienzo blanco que era su memoria. Una tenue sonrisa se dibujó en su rostro de Afrodita al recordarse entre flores, un océano y un ocaso color sangre. Abrió sus ojos de miel y acto seguido fueron golpeados por la cegadora luz que entraba por su ventana. Se levantó con los ojos apretados y se dirigió a cerrar la cortina. La cerró. Volvió a la cama y se enroscó en sus cobijas. “¡Un momento!”, se dijo poniéndose en pie de un salto para volver a la ventana y mirar de nuevo. Se quedó boquiabierta. “El cielo, qué pasa con el cielo, por qué está tan azul, por qué está tan… limpio”, dijo al aire maravillada y dándose el lujo de permanecer mirando un poco más.
El cielo estaba limpio, impecable; no había nubes; ni aviones o aves lo surcaban; ni siquiera el sol lo manchaba con su amarilla luminosidad. Ya no había horizonte y el mar ya no existía, y es que quizá nunca existió. Arriba, el cielo era todo y todo él era azul, él era el azul.
Comenzó a sentir una molestia en los ojos, le dolían y empezaban a irritarse, cosa normal si uno deja de parpadear por un rato. Tras abrirlos y cerrarlos para quitarse el malestar comenzó a gritar. “¡Mamá! ¡Hey, todos! ¡Vengan, tienen que ver esto!”. Nadie contestó a sus gritos, salvo el silencio de la de la avenida desolada. Gritó una vez más, luego otra y después una más. Nada, silencio y nada más. Volvió a mirar el cielo, aquello era adictivo. Miró el reloj en su pared y pudo notar que las tres manecillas estaban fijas en el doce. “Que raro”, se dijo, y abandonó la recamara para dirigirse a la sala de estar.
“¡Ian, David, Roger, mamá!”, gritó parada en un sillón con las manos haciendo altavoz, no hubo respuesta. Los buscó una vez más antes de salir al patio. Al abrir la puerta, una suave y fresca brisa acarició su tersa y nacarada piel, haciendo que sus cabellos ondearan como una deshilada bandera de oro. En el aire sólo estaba la música del silencio. Miró hacia arriba y… “¡Pero qué demonios! ¡Esto no puede ser!”. El cielo había desaparecido.
Pudo ver un cometa deslizándose a través del universo, también mil estrellas y muchos planetas, todo en medio de una abrumadora y hermosa oscuridad. “Por qué diablos veo estrellas en plena mañana”, se preguntó en aquel raro día sin sol en el cielo, sin cielo. Estaba tan maravillada y a la vez tan asustada por el espectáculo del cosmos que no pudo permanecer más tiempo mirándolo; dio media vuelta y… “¡Oh demonios! ¡A dónde se fue mi casa!”. La casa había desaparecido, así nada más. “Esto tiene que ser un sueño, una terrible pesadilla de la que aún no despierto”, pensaba mientras la gélida caricia del miedo ascendía por su espina. Lanzó un grito y se tiró a sí misma una bofetada que le dejo los dedos marcados. “¡Sí! ¡No me dolió! ¡Esto no es más que un horrible sueño!”. Lástima, jamás se entero de que el dolor había desaparecido también.
Con nostalgia vio el césped desaparecer bajo sus pies, dejando a la vista a más de un insecto rastrero; estos le odiaban sin razón y al verla sola se abalanzaron contra ella como una mini ola negra que se desvaneció a un milímetro de su cara. Aliviada y con la mano sobre el corazón se dejó caer al suelo, pero el suelo ya no estaba. Ahora caía, y todo lo que podía hacer era gritar. Cayó y cayó, y siguió cayendo un rato más, un rato amenizado por el inerte silencio de los árboles, la hierba y las flores, que caían a su alrededor sin sostenerla ni consolarla o tratarla como a su igual, a pesar de verse en su misma situación. No dejaba de caer, y aunque la luna no dejaba de verse hermosa, cada vez se volvía más y más inalcanzable. No había veleros por ninguna parte. Sólo anhelaba despertar, pero no despertaba, y no despertaba por que aquello no era un sueño.
Continuó cayendo en una oscuridad cada vez más densa, pues cada vez había menos lumbreras a su alrededor, y conforme caía su universo se volvía más y más pequeño; de repente dejó de caer. “Que raro, no siento el suelo, dónde estaré”. Miró hacia… bueno, no sé hacia dónde, pues el arriba y el abajo habían desaparecido también. Sólo miró, ahora miraba el Todo, que ya no era sino un lejano e inalcanzable punto de luz que flotaba solitario en aquel mar de tinieblas. No pudo evitar sentir una triste nostalgia, pues recordaba ese sueño en el que ella era parte de ese Todo que ahora le estaba vedado… Lo miró un rato más –no había otra cosa que ver-. Una lágrima brotó de su ojo izquierdo, estaba bajando, acariciando con suavidad su mejilla, y luego, junto con el Todo, dejó de estar.
No veía nada, excepto a sí misma en medio de esa tenebrosa y reconfortante oscuridad; y luego, de un momento a otro, la oscuridad desapareció también. Comenzó a sentirse más liviana, se miró: su ropa ya no estaba. Su mirada cambió y con dulce ternura acarició cada parte de su hermoso cuerpo con sus suaves y delicadas manos. Se sintió a sí misma cada vez más y más liviana, y luego ya no se sintió más.
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