Lector está ciego, parado en la cima de una escarpada montaña, la noche, ostentando adornos hechos de estrellas y un cuarto creciente como estandarte, domina el lugar; el sonido de la madera quemándose acompaña el sonido de su guitarra, y el calor de una fogata le permite seguir entonando cantos para la mujer amada, la Antisocial Girl que se haya a 2000 light years away…, y ciego como está, no puede ver el espectáculo que se avecina. La brisa matutina, con su peculiar frescura acaricia sus mejillas, “Va a amanecer”, está seguro, “Autor, muéstrame el amanecer”. Parado junto a Lector se haya alguien, las sombras ocultan su rostro, y por vestido lleva una larga y derruida capucha negra que le cubre de pies a cabeza. Autor asiente.
Traía un sombrero grande, hecho de paja, con un listón blanco por único adorno; también una pipa ambarina, aún humeante, en la mano derecha; llevaba a la espalda un morral de tela, lleno de no sé cuántos recuerdos… había llegado ahí por casualidad, siguiendo entre las montañas el origen de un fuerte resplandor naranja, anhelando el calor que aquella fogata brindaba, pero más que eso anhelaba su luz. Venía huyendo de la noche, que le rodeaba por todos lados y no lo dejaba de acechar; todo a su alrededor eran sombras, sombras que ocultaban terrores ignotos, criaturas demoníacas que le miraban ocultas en la penumbra, y esperaban el momento preciso para atacar, emboscarlo, arrástralo hacia las sombras y clavar en él sus malditas garras, haciéndole sentir que hierros candentes laceran su piel, desangrándolo y haciendo que sus gritos hieran al tiempo al tiempo que suplican al demonio por el fin de la agonía.
Corrió lo más rápido que pudo, maldiciendo al viento, golpeándolo, sacudiéndoselo de encima… defendiéndose de él en medio de una negra oscuridad. No supo cómo, pero por fin estaba cerca del fulgor del fuego, que le defendía de las criaturas de la sombra. Debía tener cuidado, pues dos tipos, un ciego que tocaba en la guitarra canciones de amor, y un extraño encapuchado que miraba el horizonte, eran los dueños de aquel fogón. Frente a él había un arbusto rosa de algodón de azúcar, con paso cauteloso y decidido avanzó hasta tan formidable escondite, “Estoy muerto, estoy muerto, me verán, me verán, estoy muerto”, pensaba; mantenía la mirada clavada en los dos extraños, que al parecer no se percataron de la presencia del intruso ahora oculto tras un grande, suave y mullido arbusto rosado.
Con la cabeza recostada en el arbusto, miraba el horizonte opuesto al de las dos figuras, cuya fogata también a él le brindaba calor. El aroma del cáñamo inundaba el aire con cada bocanada de humo que un ciego, un encapuchado y un desconocido exhalaban al ambiente. “Swwet, sweet antisocial, plis look up at me; sweet, sweet antisocial, get me smile”, terminaba de cantar el ciego, mientras los últimos acordes aparecían formados por sus callosos dedos. De repente, el silencio. Y el encapuchado hizo oír su voz en medio de la penumbra, que a él sí parecía obedecerlo. “El alba, un alba de esplendido colorido, comenzaba a dilatarse derrochando sus toques en el horizonte”, comenzó a decir el ignoto encapuchado, que siguió hablando, usando las palabras no para describir el amanecer, sino para retratarlo, mostrando con sonidos el acontecer matutino de un pequeño pedazo de “civilización” que se hallaba a unos veinte kilómetros de la montaña.
El misterioso ser cubierto de sombras hablaba, deslizando su visión en el retrato a través del tempo y del espacio; la escena, el retrato, compuesto de otros más pequeños comenzó a dibujarse en su mente, como seguro también se estaba dibujando en la de aquel ciego enamorado. La escena de miles de escenas era una totalidad, pero ciertas partes resaltaban cuando el ignoto narrador las hacía saltar con el ir y venir de sus palabras.
Mientras sus ojos veían como la noche era vencida y humillada por el alba, en su mente pudo ver gente ocupada en diversos asuntos, niños llorando y otros jugando, adultos acalorados, un tren que se dispone a partir, animales atrapados en el vaivén de su vida y a un miserable que de la vida partía.
Soldados le custodiaban, unos le hacían burla, otros le alentaban citándole versículos bíblicos sobre la salvación de su alma y la bondad de Dios… Y aquellas imágenes que bailaban en su mente con la voz del sombrío narrador, dibujaban en su imaginación mil rostros macabros, dolidos, alegres, iracundos e indiferentes; y el mundo, reducido ahora a ese pueblo de aspecto desértico, le dio asco, pues todo el pueblo despertaba con el amanecer a una realidad que ni siquiera veía, pues con el nacer de su día, moría la noche y moría un hombre, como un tributo a alguna deidad.
Con sus palabras le mostraba cada escena en el pueblo, le transmitía cada emoción y cada olor, cada maldito detalle, tal vez por eso no pudo más, aquello le parecía inconcebible, ¡mentirle a un ciego enamorado de una antisocial que se haya a dos mil años luz de él!, ¡un ciego que no tenía más remedio que conocer el amanecer por las palabras de un charlatán! Se levantó y salió de su rosado escondite. “¡Eres un maldito embustero! –gritó con decisión- Eres un idiota, no puedes ver y mucho menos describir cada acción realizada en un pueblo que queda a veinte kilómetros de aquí y que apenas puedes divisar, ¡idiota!, para eso tendrías que ser omnipresente, omnisciente, y NO-LO-ERES”.
Se había atrevido a dudar de su palabra, y más que eso, se había atrevido a levantarle la voz, había tenido el descaro enfrentarle, acto más propio de un pendejo que de un valiente. Sintió sobre sí la mirada del Autor, pero no pudo verla, pues el tiempo no se lo concedió, y jamás volvió a sentir.
Lector, ciego y con su guitarra callada, se hallaba escuchando a Autor, que con su larga capucha negra ondeando al viento adquiría un aire sereno e imponente, tras ellos había aún un extraño arbusto rosado, y tras él ya no había nada.
Traía un sombrero grande, hecho de paja, con un listón blanco por único adorno; también una pipa ambarina, aún humeante, en la mano derecha; llevaba a la espalda un morral de tela, lleno de no sé cuántos recuerdos… había llegado ahí por casualidad, siguiendo entre las montañas el origen de un fuerte resplandor naranja, anhelando el calor que aquella fogata brindaba, pero más que eso anhelaba su luz. Venía huyendo de la noche, que le rodeaba por todos lados y no lo dejaba de acechar; todo a su alrededor eran sombras, sombras que ocultaban terrores ignotos, criaturas demoníacas que le miraban ocultas en la penumbra, y esperaban el momento preciso para atacar, emboscarlo, arrástralo hacia las sombras y clavar en él sus malditas garras, haciéndole sentir que hierros candentes laceran su piel, desangrándolo y haciendo que sus gritos hieran al tiempo al tiempo que suplican al demonio por el fin de la agonía.
Corrió lo más rápido que pudo, maldiciendo al viento, golpeándolo, sacudiéndoselo de encima… defendiéndose de él en medio de una negra oscuridad. No supo cómo, pero por fin estaba cerca del fulgor del fuego, que le defendía de las criaturas de la sombra. Debía tener cuidado, pues dos tipos, un ciego que tocaba en la guitarra canciones de amor, y un extraño encapuchado que miraba el horizonte, eran los dueños de aquel fogón. Frente a él había un arbusto rosa de algodón de azúcar, con paso cauteloso y decidido avanzó hasta tan formidable escondite, “Estoy muerto, estoy muerto, me verán, me verán, estoy muerto”, pensaba; mantenía la mirada clavada en los dos extraños, que al parecer no se percataron de la presencia del intruso ahora oculto tras un grande, suave y mullido arbusto rosado.
Con la cabeza recostada en el arbusto, miraba el horizonte opuesto al de las dos figuras, cuya fogata también a él le brindaba calor. El aroma del cáñamo inundaba el aire con cada bocanada de humo que un ciego, un encapuchado y un desconocido exhalaban al ambiente. “Swwet, sweet antisocial, plis look up at me; sweet, sweet antisocial, get me smile”, terminaba de cantar el ciego, mientras los últimos acordes aparecían formados por sus callosos dedos. De repente, el silencio. Y el encapuchado hizo oír su voz en medio de la penumbra, que a él sí parecía obedecerlo. “El alba, un alba de esplendido colorido, comenzaba a dilatarse derrochando sus toques en el horizonte”, comenzó a decir el ignoto encapuchado, que siguió hablando, usando las palabras no para describir el amanecer, sino para retratarlo, mostrando con sonidos el acontecer matutino de un pequeño pedazo de “civilización” que se hallaba a unos veinte kilómetros de la montaña.
El misterioso ser cubierto de sombras hablaba, deslizando su visión en el retrato a través del tempo y del espacio; la escena, el retrato, compuesto de otros más pequeños comenzó a dibujarse en su mente, como seguro también se estaba dibujando en la de aquel ciego enamorado. La escena de miles de escenas era una totalidad, pero ciertas partes resaltaban cuando el ignoto narrador las hacía saltar con el ir y venir de sus palabras.
Mientras sus ojos veían como la noche era vencida y humillada por el alba, en su mente pudo ver gente ocupada en diversos asuntos, niños llorando y otros jugando, adultos acalorados, un tren que se dispone a partir, animales atrapados en el vaivén de su vida y a un miserable que de la vida partía.
Soldados le custodiaban, unos le hacían burla, otros le alentaban citándole versículos bíblicos sobre la salvación de su alma y la bondad de Dios… Y aquellas imágenes que bailaban en su mente con la voz del sombrío narrador, dibujaban en su imaginación mil rostros macabros, dolidos, alegres, iracundos e indiferentes; y el mundo, reducido ahora a ese pueblo de aspecto desértico, le dio asco, pues todo el pueblo despertaba con el amanecer a una realidad que ni siquiera veía, pues con el nacer de su día, moría la noche y moría un hombre, como un tributo a alguna deidad.
Con sus palabras le mostraba cada escena en el pueblo, le transmitía cada emoción y cada olor, cada maldito detalle, tal vez por eso no pudo más, aquello le parecía inconcebible, ¡mentirle a un ciego enamorado de una antisocial que se haya a dos mil años luz de él!, ¡un ciego que no tenía más remedio que conocer el amanecer por las palabras de un charlatán! Se levantó y salió de su rosado escondite. “¡Eres un maldito embustero! –gritó con decisión- Eres un idiota, no puedes ver y mucho menos describir cada acción realizada en un pueblo que queda a veinte kilómetros de aquí y que apenas puedes divisar, ¡idiota!, para eso tendrías que ser omnipresente, omnisciente, y NO-LO-ERES”.
Se había atrevido a dudar de su palabra, y más que eso, se había atrevido a levantarle la voz, había tenido el descaro enfrentarle, acto más propio de un pendejo que de un valiente. Sintió sobre sí la mirada del Autor, pero no pudo verla, pues el tiempo no se lo concedió, y jamás volvió a sentir.
Lector, ciego y con su guitarra callada, se hallaba escuchando a Autor, que con su larga capucha negra ondeando al viento adquiría un aire sereno e imponente, tras ellos había aún un extraño arbusto rosado, y tras él ya no había nada.
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