Eran como las ocho de la noche cuando abordé el microbús que va para el metro General Anaya, ya por fin me dirigía a casa. La noche en El Paso estaba como hielo y hacía un viento que mecía los cables como hamacas sujetas a los postes, cuyas lámparas iluminaban a la muchedumbre citadina, que, como siempre, andaba presurosa pidiendo una limosna de tranquilidad. La luna estaba furiosa, a tal grado que entre dos nubes viajeras se le podía ver irradiando un brillo anaranjado; como es normal en esta ciudad no se veía ni una sola estrella.
Había sido un día largo, entré a dos de mis tres clases y, para colmo, no estaba “motivado” –había estado así todo el día, sin saludar a María Juanita-. Al subir al vehículo pagué mi pasaje, avancé por el pasillo haciendo una breve escala para mirar un frondoso escote y me dirigí hasta la parte trasera, pues me gusta ir rezagado, precavido, me gusta que las sombras me oculten... además es más fácil bajar. Ya en el fondo, no pude evitar hacer una mueca de decepción al ver que no había lugar en el asiento largo. Poco a poco los asientos vacíos del frente se fueron llenando, y cuando la mayoría estuvo ocupado el conductor arrancó.
Ya en marcha, la conversación de dos señoras llamó mi atención. Ambas llevaban a sus hijos; una, regordeta y de aspecto bonachón, con el cabello teñido de rubio, llevaba una niña; la otra, también regordeta, pero morena y de aspecto más severo, llevaba un niño. Al parecer ambos párvulos eran aún de primaria. Las señoras hablaban sobre el deterioro en el mobiliario de la escuela. "La maestra -decía la primera- dice que nuestros niños no rayan las bancas, que las rayan los de la mañana". "Sí, si se nota que son bien tercos los chamacos -alegaba la otra-, y fíjese que la maestra ha hecho todo lo posible por hablar con la directora, pero pues no más no pasa nada". Los infantes, por su parte, iban jugando a hacer caras y gestos.
Después de un rato la conversación de las señoras se fue apagando hasta convertirse en un pensativo silencio, amenizado por el juego de cara y gestos que sostenían sus hijos en el asiento contiguo. El microbús se detuvo un momento para que una persona pudiera abordar. Era un enanito, vestía un traje verde con botones de oro; tenía una espesa barba y poco cabello, pelirrojo; usaba un curioso y verde sombrero con una franja negra y un trébol sujeto a él. El caballero, con bastón en mano, ocupó un asiento delante de los niños, que no jugaban más. Abrió su saco y sacó un reloj de oro, miró la hora -por su gesto supuse que llevaba buen tiempo-, lo guardó y se dedicó a mirar por la ventanilla.
Todo el microbús estaba sumido en el silencio, hasta que la niña, con su dulce e inocente vocecita, pidió a su madre algo de comer. "Ya no tengo nada, te comiste las papitas hace un rato", le respondió su madre. Al ser yo el único pasajero que iba de pie, me era fácil saber qué hacían o a quién veían los demás, por eso pude notar que los niños comenzaban a inquietarse por el hambre que tenían. Hablaban de comida. Por mi parte no tenía hambre, pues había comido bastante bien ese día.
Los pequeños cambiaron su conversación, que ahora se centraba en algo distinto; no le di importancia, pues justo en ese momento la chica más guapa del microbús abandonó su asiento y se dirigió a la puerta, cerca, muy cerca de mí. "¿Puedes tocar el timbre por favor?", me dijo con su suave voz de serenata. Le obedecí. Tenía la piel de luna y unos ojos tan profundos como el mar, la mirada tierna, y el cabello era largo y castaño, sedoso y brillante; usaba una sudadera azul cielo que dejaba notar con claridad la perfección de sus senos; tenía una piernas interminables, unas manos delicadas y pequeñas, con las uñas bien arregladas y pintadas de violeta; su cintura y su cadera eran únicas, dignas de un reconocimiento, toda ella era digna de tenerme en su cama... o de ser nombrada Miss Coyoacán, lo que prefiriera.
Beyesza -nombre que di a esa belleza- bajó del microbús y la miré hasta perderla de vista, iba ocultando poco a poco sus sensuales contoneos en la penumbra de una cerrada. Por fin desapareció en la noche y pude dejar de torcer el cuello. Volteé de nuevo a ver a los niños, al parecer terminaban con satisfacción una charla con el caballero de verde y los tres se notaban contentos, tanto que el pelirrojo aplaudió tres veces, tocó su nariz, hizo un guiño, agachó la cabeza y se puso a bailar sobre su asiento, dio un salto, luego un giro y aterrizó sentado como si nada mientras una lluvia de chispitas azules y verdes caía en derredor suyo. "Coman y sacien su hambre voraz, que yo sabré cómo la deuda les he cobrar", gritó el caballero con una chillona y alegre voz.
Un momento después, el niño sacó de su mochila una hamburguesa, la niña hizo lo mismo, y sus madres, los pasajeros y el chofer, de hecho todo el mundo sacó una hamburguesa de su bolso, mochila, portafolios, o bien de su bolsillo. "¿Será día de la hamburguesa? -pensé frunciendo el ceño- ¿Por qué todos traerán una? ¿Por qué sacarla al mismo tiempo? ¿Será esto lo que esperaba el caballero de verde cuando miró su reloj? ¿Será esto por lo que vitoreaba? ¿Por qué yo no tengo una?". El aire comenzaba a oler a carne y a pan, a través de las ventanillas se podía ver en la calle a varias personas, pocas, pero todas con hamburguesa en mano. "¡Al carajo! -me dije- igual ya comí".
El momento de hacer lo que Beyesza se aproximaba, pronto llegaría a la esquina de Anacahuita y Totola y debería dejar el microbús. Todos desenvolvían su hamburguesa. Toqué el timbre. El microbús bajó la velocidad y luego se detuvo. La puerta se abrió. La gente mordió su hamburguesa, tragaron. Un segundo...
¡Y las hamburguesas devolvieron las mordidas, y se hicieron gigantes, sus ojos eran fuego y su saliva ácido que carcomía todo, tenían poderosas garras en manos y pies, sus dientes eran filosas espadas dentro de sus bocas: feroces licuadoras encendidas, con una lengua de carne asada y un paladar de lechuga; devoraron a los pasajeros de un solo bocado, salpicando al suelo pequeñas lágrimas color escarlata; primero los niños, luego sus madres, el conductor y el resto de los pasajeros... devoraron al mundo, y el mundo ni siquiera tuvo tiempo para gritar!
Bajé del microbús. "Que raro -me dije-, me parece no haber visto al caballero de verde". Volteé de nuevo a ver el transporte, estaba vacío, igual que el ciber café, la calle y las avenidas. No entendí por qué todos los vehículos estaban detenidos... No le di más importancia, estaba exhausto, quería descansar, tal vez ver un poco de televisión. No había problema, eran como ocho y cuarto y el viento seguía soplando en esta agitada ciudad que por fin guardaba silencio.
Había sido un día largo, entré a dos de mis tres clases y, para colmo, no estaba “motivado” –había estado así todo el día, sin saludar a María Juanita-. Al subir al vehículo pagué mi pasaje, avancé por el pasillo haciendo una breve escala para mirar un frondoso escote y me dirigí hasta la parte trasera, pues me gusta ir rezagado, precavido, me gusta que las sombras me oculten... además es más fácil bajar. Ya en el fondo, no pude evitar hacer una mueca de decepción al ver que no había lugar en el asiento largo. Poco a poco los asientos vacíos del frente se fueron llenando, y cuando la mayoría estuvo ocupado el conductor arrancó.
Ya en marcha, la conversación de dos señoras llamó mi atención. Ambas llevaban a sus hijos; una, regordeta y de aspecto bonachón, con el cabello teñido de rubio, llevaba una niña; la otra, también regordeta, pero morena y de aspecto más severo, llevaba un niño. Al parecer ambos párvulos eran aún de primaria. Las señoras hablaban sobre el deterioro en el mobiliario de la escuela. "La maestra -decía la primera- dice que nuestros niños no rayan las bancas, que las rayan los de la mañana". "Sí, si se nota que son bien tercos los chamacos -alegaba la otra-, y fíjese que la maestra ha hecho todo lo posible por hablar con la directora, pero pues no más no pasa nada". Los infantes, por su parte, iban jugando a hacer caras y gestos.
Después de un rato la conversación de las señoras se fue apagando hasta convertirse en un pensativo silencio, amenizado por el juego de cara y gestos que sostenían sus hijos en el asiento contiguo. El microbús se detuvo un momento para que una persona pudiera abordar. Era un enanito, vestía un traje verde con botones de oro; tenía una espesa barba y poco cabello, pelirrojo; usaba un curioso y verde sombrero con una franja negra y un trébol sujeto a él. El caballero, con bastón en mano, ocupó un asiento delante de los niños, que no jugaban más. Abrió su saco y sacó un reloj de oro, miró la hora -por su gesto supuse que llevaba buen tiempo-, lo guardó y se dedicó a mirar por la ventanilla.
Todo el microbús estaba sumido en el silencio, hasta que la niña, con su dulce e inocente vocecita, pidió a su madre algo de comer. "Ya no tengo nada, te comiste las papitas hace un rato", le respondió su madre. Al ser yo el único pasajero que iba de pie, me era fácil saber qué hacían o a quién veían los demás, por eso pude notar que los niños comenzaban a inquietarse por el hambre que tenían. Hablaban de comida. Por mi parte no tenía hambre, pues había comido bastante bien ese día.
Los pequeños cambiaron su conversación, que ahora se centraba en algo distinto; no le di importancia, pues justo en ese momento la chica más guapa del microbús abandonó su asiento y se dirigió a la puerta, cerca, muy cerca de mí. "¿Puedes tocar el timbre por favor?", me dijo con su suave voz de serenata. Le obedecí. Tenía la piel de luna y unos ojos tan profundos como el mar, la mirada tierna, y el cabello era largo y castaño, sedoso y brillante; usaba una sudadera azul cielo que dejaba notar con claridad la perfección de sus senos; tenía una piernas interminables, unas manos delicadas y pequeñas, con las uñas bien arregladas y pintadas de violeta; su cintura y su cadera eran únicas, dignas de un reconocimiento, toda ella era digna de tenerme en su cama... o de ser nombrada Miss Coyoacán, lo que prefiriera.
Beyesza -nombre que di a esa belleza- bajó del microbús y la miré hasta perderla de vista, iba ocultando poco a poco sus sensuales contoneos en la penumbra de una cerrada. Por fin desapareció en la noche y pude dejar de torcer el cuello. Volteé de nuevo a ver a los niños, al parecer terminaban con satisfacción una charla con el caballero de verde y los tres se notaban contentos, tanto que el pelirrojo aplaudió tres veces, tocó su nariz, hizo un guiño, agachó la cabeza y se puso a bailar sobre su asiento, dio un salto, luego un giro y aterrizó sentado como si nada mientras una lluvia de chispitas azules y verdes caía en derredor suyo. "Coman y sacien su hambre voraz, que yo sabré cómo la deuda les he cobrar", gritó el caballero con una chillona y alegre voz.
Un momento después, el niño sacó de su mochila una hamburguesa, la niña hizo lo mismo, y sus madres, los pasajeros y el chofer, de hecho todo el mundo sacó una hamburguesa de su bolso, mochila, portafolios, o bien de su bolsillo. "¿Será día de la hamburguesa? -pensé frunciendo el ceño- ¿Por qué todos traerán una? ¿Por qué sacarla al mismo tiempo? ¿Será esto lo que esperaba el caballero de verde cuando miró su reloj? ¿Será esto por lo que vitoreaba? ¿Por qué yo no tengo una?". El aire comenzaba a oler a carne y a pan, a través de las ventanillas se podía ver en la calle a varias personas, pocas, pero todas con hamburguesa en mano. "¡Al carajo! -me dije- igual ya comí".
El momento de hacer lo que Beyesza se aproximaba, pronto llegaría a la esquina de Anacahuita y Totola y debería dejar el microbús. Todos desenvolvían su hamburguesa. Toqué el timbre. El microbús bajó la velocidad y luego se detuvo. La puerta se abrió. La gente mordió su hamburguesa, tragaron. Un segundo...
¡Y las hamburguesas devolvieron las mordidas, y se hicieron gigantes, sus ojos eran fuego y su saliva ácido que carcomía todo, tenían poderosas garras en manos y pies, sus dientes eran filosas espadas dentro de sus bocas: feroces licuadoras encendidas, con una lengua de carne asada y un paladar de lechuga; devoraron a los pasajeros de un solo bocado, salpicando al suelo pequeñas lágrimas color escarlata; primero los niños, luego sus madres, el conductor y el resto de los pasajeros... devoraron al mundo, y el mundo ni siquiera tuvo tiempo para gritar!
Bajé del microbús. "Que raro -me dije-, me parece no haber visto al caballero de verde". Volteé de nuevo a ver el transporte, estaba vacío, igual que el ciber café, la calle y las avenidas. No entendí por qué todos los vehículos estaban detenidos... No le di más importancia, estaba exhausto, quería descansar, tal vez ver un poco de televisión. No había problema, eran como ocho y cuarto y el viento seguía soplando en esta agitada ciudad que por fin guardaba silencio.
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