Hubo una vez, en un lejano lugar, un pintor muy pobre y de extraño estilo. Silencio era su segundo nombre, el primero no le sé, así que no mentiré acerca de tan notable personaje. Tenía dotes muy peculiares que desde pequeño se notaron: sus ojos eran la causa. La pupila semejaba la de un gato, poseía el brillo del rubí y el color de la sangre, así como una mirada tan profunda, tan misteriosa, que era capaz de ver, escudriñar el alma de los seres. Aquellos ojos no veían el mundo que todos nosotros vemos –eso me han dicho-, su mundo era oscuro, cruel, lleno de indecibles aberraciones que ni siquiera Dios podría concebir; hecho de sombras y contornos rojos; poblado de almas crueles, malvadas, o bien, demasiado inocentes e incautas. Su semblante inexpresivo era fruto de las heridas que el paso grabó en su espíritu, las cuales, al paso de los años, convirtieron su voz en una aplastante afonía.
Comenzó a pintar durante su juventud. Sé que todo comenzó una tarde lluviosa, el pintor había salido a dar una caminata por el parque en compañía del vendaval. Le agradaban esos paseos, pues en ellos encontraba empatía con el mundo gris y solitario que se revela bajo una tormenta. El suelo se mostraba lleno de charcos, espejos del cielo; los árboles se mecían al son de los melodiosos susurros y silbidos que Eolo tocaba entre sus ramas. El pintor silencioso caminaba con la lluvia como único abrigo, con la mirada perdida en el alto cielo, como si anhelara tener un enorme plano inclinado que le permitiese ir a pie hasta las estrellas. De repente, en lo profundo del parque se escucho un ruido ignoto e indecible que sacó al pintor de su ensueño. Como todo el que se encara con lo desconocido, no supo cómo reaccionar. Quedóse inmóvil unos cuantos segundos, pensando que no era verdad, pues tan extraño crujido el mundo no puede habitar. Salió de su sopor, como por reflejo obedeció el instinto de satisfacer su curiosidad: corrió hasta el lugar del que había salido el ruido.
En el único claro de una espesa área verde poblada de pinos, pudo ver un humeante agujero rodeado por un cráter de cerca de dos metros de diámetro. Una nube de humo verde se estaba formando seis metros sobre su cabeza, parecía absorber el agua de la lluvia y creaba una especie de tejado. Se acercó al cráter y del interior del hoyo salió un horror indescriptible, parecido a una enorme cucaracha, con horribles colmillos en la boca, cavidad maldita que sólo sabía escupir veneno. Se arrojó sobre él con intenciones malignas, dando un terrible rugido. El pintor cerró los ojos esperando el abrazo de la muerte, pero, para su sorpresa, este no llegó. En lugar de la muerte, ahora lo abrazaba una persona de aspecto amigable, piel morena y anteojos, vestido en fina mezclilla y envuelto en un elegante abrigo negro. Aquello no podía haber sido una alucinación, pues el cráter y la nube seguían en su lugar.
– Gracias por mirarme –dijo el extraño con un tono agradecido-, me has liberado de ese horrible cuerpo –el joven comenzó a rebuscar entre los incontables bolsillos de su abrigo, sacudiendo cada milímetro de tela, después de un rato, con una aparente desilusión, se detuvo y sacó un lápiz-. Lo siento, me hubiese gustado darte un saco con un poco de oro, pero de momento no traigo ninguno, por favor acepta este lápiz como muestra de mi gratitud. Este pequeño e insignifícate lápiz nunca se acabará, siempre y cuando lo plantes en una maceta después de usarlo, lo riegues bien y lo uses sólo durante las noches. Bueno, suerte. Debo irme, pues mi casa espera, si algún día me necesitas puedes encontrarme en al número cuatro de la Maved Street, siempre estaré dispuesto a ayudarte en todo lo que este a mi alcance. Lindos ojos, cuídate.
Aún no había salido de su asombro, por eso no pudo ver al extraño alejarse y sacar un saquito de oro que comenzó a acariciar como a un bebé. Al volver en sí, se percató de que en el lugar ya no había ni nube, ni humo, ni cráter, pero en su mano izquierda sostenía el lápiz inacabable. Luego de ese extraño día, tras calmar sus nervios, fue que se convirtió en pintor.
Aunque alquilaba un cuarto en el número doce de la Tiamat Street, en casa de una mujer anciana apodada La Mongola, justo a tres calles de la Maved Street, nunca sintió en realidad el deseo de visitar a ese extraño muchacho. En su pieza dedicaba la vida a la lectura y la reflexión, así, un día concluyó que no quería vivir uno más de sus días entre las demás personas del lugar, pues eran malas y mezquinas, una plaga, una peste, una mancha entre la belleza del mundo. “Sólo buscan satisfacer su sed de maldad, no piensan en nadie salvo en ellos mismos. Viven compitiendo por llegar a la cúspide de una montaña. Podrían ayudarse mutuamente y ascender todos poco a poco, pues en la cima seguro hay lugar para cada uno, sin embargo mírenlos, se atacan, se hieren y asesinan sólo por poseer toda la cumbre para el más fuerte y voraz. El grande se come al pequeño, en su “evolución” sólo han aprendido de avaricia, se modernizan con el fin de dominar el tablero, en busca del poder que doblegue a todos a sus pies y les otorgue la cumbre de la montaña. No les importa nada: si tienes oro compras un esclavo, si tienes el medio secas cerebros, si tienes conocimiento lo vendes, si tienes armas las usas, si puedes matar… matas. A nadie le importa nadie, todos ven por sus propios dientes. No importa el crimen que cometas, importa que lo puedas costear ¿Y qué si me adueño el presupuesto de educación? A fin de cuentas el que no va a tener escuela será Sutanito, él va a ser el que acabe robando migajas de pan, lo van a encerrar en una cárcel llena de gente de su calaña y va a sufrir él, no yo ¡así que presta la morralla! No hay problema en que la gente sufra, no mientras el poderoso tenga su retrete de oro… No, no me verán ser parte de esta maldita sociedad, a partir de ahora dirijo mis pasos al exilio, a la salvación de mi alma.”. Tal fue su pensamiento…
Optó por vivir a contracorriente: viviría mientras todos los demás duermen, y dormiría cuando su enemigo, el sol, brillara en lo alto; no volvería a salir de su pieza salvo en las tardes nubladas, de lluvia y vendavales, y en las noches estrelladas con su luna confidente. Desde entonces dedicó sus noches a pintar, a crear bellas y tenebrosas obras de arte usando sólo el lápiz que le había dado el extraño asco que se convirtió en persona, sus cuadros reflejaban su sentir hacía la raza humana, la plasmaba con todas las vibras que percibían sus ojos de roja pupila, los retrataba en su plena esencia maligna; sin duda su obra ominosa hablaba de crímenes atroces, homicidios sangrientos, lastimosas traiciones, burlas hirientes, heridas mortales y personajes malignos o miserables. Lo primero que pintó fue el Adiós a mí, un autorretrato que lo mostraba de cara a un espejo mientras se arrancaba la piel con una navaja corriente, de bajo su piel se veía emanar el brillo de una ignota luz. Se dice que lo pintó para representar el odio que se tenía, no era por ser quién era, si no por ser un humano.
Cientos de obras pintó con el color del tiempo, algunas más impresionantes que otras, pero todas bajo la perspectiva de su roja pupila de gato, quién podría ignorar su Papi ha muerto, o el dantesco Nacer en el infierno, así como La sangre de mis hermanos. Con el devenir de los años, el pintor silencioso fue variando un poco en las escenas que trazaba, volviéndose hacia temas más grises y melancólicos, iguales a los sentimientos que inspiraron obras maestras tales como el Me muero, la Caminata en el cementerio, el Hombre tiste frente al lago y la inolvidable Luna, cásate conmigo. Una noche, mientras caminaba por el parque, en compañía de la luna, la lluvia y el viento, llegó hasta el lugar en el que le había sido dado el lápiz interminable. Se sentó en una roca a fumar algo en una pipa de vidrio y se puso a reflexionar acerca de su vida como pintor. Uno no puede saber lo que había en su corazón, pues la vida había sido siempre muy dura con él, además siempre se le vio solo, pues el pasado le había enseñado dolorosas lecciones de amor, nadie sabe lo que pensó, la visión que tuvo o la verdad que se le reveló, lo que se comenta es que aquella noche, en compañía de su alma, lloró. Aquella noche decidió dejar por siempre la vida de artista, sólo pintaría un cuadro más, el cuadro que sería su obra maestra, obra que no representaría otra cosa que su propia vida, vista desde su particular perspectiva.
Díez noches de ocio y lectura después, tras una ingesta de acido lisérgico, puso manos a la obra. Fue hasta su ventana, en la que reposaba la maceta que contenía al lápiz inacabable, cerca de ella estaba una linda regadera de aluminio decorada con motivos teotihuacanos. Tomó el lápiz y comenzó a pintar. El proceso tardo mucho tiempo, uno no sabe con seguridad cuánto, pero fue bastante, se enfocó tanto a ello que la Luna optó por dar su amor a otro tipo de artista, uno que le diera algo de su tiempo, quizá un poeta, quizá un escultor. En realidad nunca, nadie, vio el dichoso cuadro, pero por las tabernas y en los círculos de artistas se dicen muchas cosas, otras se rumoran en voz baja. La versión más famosa acerca del contenido de este último cuadro, apunta que en él sólo había una silueta masculina, avanzaba rumbo al horizonte sobre un camino que parte a la mitad el suelo y le da la forma de un corazón roto; llueve, el cabello del hombre acompaña en un baile a la brisa; árboles y fuentes rodeados por los fantasmas de su pasado, un cielo salpicado de estrellas como homenaje a la luna; en el punto donde la tierra se une con el cielo hay una gran luz que contornea la silueta de una mujer; al centro, la luna brilla esplendorosa, ilumina el mundo, deja ver la indecible naturaleza del hombre, retratado en la flor de sus sentimientos; el éter y sus lumbreras rodean el corazón; en la escena no es de noche, no es de día… Con el último trazo apagó la luz, clavó su lápiz en la maseta, lo regó y se fue a dormir sin siquiera admirar su obra.
Soñaba medio barco de bonita caldera, con sus redes camaroneras y tallado en fina madera; navegaba al azar su derrotero sobre las olas de medio mar inmenso, un viento atroz y dantesco; en media gélida noche medio séquito de tintineantes estrellas acompaña la media nívea luna que atestigua dolosa tan cruel desventura. De una enorme ola salió un indecible horror, con forma de cucaracha y sin pizca de honor; enorme bestia, hipócrita, falsa y ruin, el barquito se esforzaba en hundir; más él era fiero marinero: “Fenecer antes de caer”. La bestia escupía chorros negros de veneno con tino certero. Medio barco comienza a hundirse y la bestia golpea navío y capitán. Ante la muerte segura sus pensamientos se nublan de amargura, al final logra reparar: “Media alma me falta para poderme levantar”…
Despertó al atardecer, no vio su obra sino hasta después de asearse, tomar un buen desayuno y escuchar algo de Bach; esperaba el ocaso, pues su luz hacía brillar las líneas del carbón con una rara chispa dorada que él apreciaba muchísimo. Tras una hora la dichosa luz hizo su aparición en la ventana, la sombra de la maseta con el lápiz plantado se hizo ver por el suelo de la alcoba, el pintor salió de sus cavilaciones, dejó a un lado la pipa que estaba fumando y fue a pararse frente a su lienzo. Lo que vio no hizo eco en su inexpresivo rostro; no hizo nada, sólo se quedó ahí parado, dejándose envolver en la magia de su ser. No hizo nada salvo mirar y sentir su obra, su alma y vida. Cuando la luna asomó su pálido rostro de brillo azulado por la ventana del pintor, lo encontró aún absorto en la pintura, viajando en sus ensueños, pasiones y recuerdos, totalmente extasiado. La luna le oyó decir: “Bella luna, me alegra verte otra vez, eme aquí parado, juzgo y pienso, releo en las entrañas de mi ser. Busco en mi amargura y decepción el detalle, el toque final que a mi bella obra haga brillar, que le quite eso que siento tan ajeno, eso que mis ojos no pueden concebir como real ¡Esta no puede ser mi alma! Y si lo es no la quiero, no así… A mi cuadro, autorretrato, un menester falta, lo siento perfecto, lo es, sin embargo me refleja incompleto. No importa donde ponga los ojos, no hallo el desperfecto, no veo la manera en que mi lápiz lo pueda curar o… ¡El lápiz! Eso es, el lápiz nada puede arreglar, pues en el lienzo ya es perfecto, nada sobra, nada falta, el cuadro es perfecto, mi alma… no, mi alma no lo es, pero es perfecta dentro de su imperfección, el cuadro es gris, igual que yo. Mi obra es hermosa, pero incapaz de transmitir un sentimiento, está gris, tan vacía como mi corazón, ahora lo veo lleno de dolor: al cuadro de mi vida no le falta si no el color”.
Aquella noche salió a caminar con la luna, buscaba las respuestas a preguntas incontestables, andaba con pasos pesados y abatidos, lloraba una que otra lágrima hacía su interior para ahogarse en penas, pensando en recuerdos que no existen, en las experiencias que no tuvo, en los años perdidos y en las nostalgias olvidadas que nunca parieron sueños...
Durmió la mañana siguiente. Al atardecer despertó aún triste, pero armado de valor: había decidido volver a salir de su pieza, a enfrentarse de cara contra las sociedad humana que tanto había odiado y que ahora le resultaba tan indiferente. Se paseó por las alamedas y los parques, ocasionalmente miraba a los niños jugar, a las señoras ir por el pan. Dio una vuelta por el centro. No pudo dejar de reparar en los payasos y mimos que tan miserables sentimientos le evocaron, tampoco en las miles de parejas enamorabas que se paseaban por las callejuelas iluminadas de naranja. “Algo me falta, algo me falta ¿Qué me falta para sonreír?”, pensaba en silencio, como si cuestionara al viento. Así siguió su caminata un rato más, hasta que se topó con una tienda de rustica construcción, la puerta ostentaba un rótulo en letras antiguas: “Todo para el artista. Abierto”. Un impulso extraño lo orilló a entrar, quién sabe, quizá la respuesta al problema de una obra de arte se encontrara en una tienda de arte… Un anciano de frágil aspecto atendía el lugar, tenía la coronilla calva, su poco cabello era cano y semejaba una nube de algodón; sobre su afilada nariz se detenían unas pequeñas gafas de lectura, a través de sus cristales los ojos del anciano lucían más grandes, dejaban ver su mirada lejana, perdida entre los parajes de su recuerdo, los ojos tibios, con el color del chocolate. El pintor silencioso se acercó al aparador, con sonido gutural hizo salir al anciano de su lectura.
– Bonitos ojos señor… déjeme ver… ¡Pintor! –dijo el viejecillo con una apacible voz de abuelito, tomó aire, y siguió hablando un poco más aprisa- ¿En que le puedo ayudar? ¿Un pincel acaso? ¿Quizá un lienzo? ¿Qué me dice de estos modernos aerosoles? ¿Crayones? O quizá un…
– No, no señor, espere –le interrumpió el cabizbajo pintor-, no sé que es lo que busco –se detuvo y lanzó un hondo suspiro-, creo que necesito… orientación.
– Mmm, ya veo, andas mal del corazón ¿Una dama?
– No, mi alma.
– Bien, pues qué le pasa.
– Le falta el color, es sólo un trazó gris y austero, menos que un esbozo de la nada.
– ¿Al despertar sientes que no vale la pena un día más, que no hay motivación en tu vida, que algo le falta a tu soledad y silencio?
– Algo así. Sabe lo qué es, pues me provoca en el pecho un terrible dolor.
– Es lo único que puede ser: necesitas la compañía del ser más peligroso en toda la creación, cura de males y origen de maldiciones. La malhadada, ominosa, la bella, la hermosa: la mujer.
– ¿Una dama? No señor, no es eso lo que me falta, lo que quiero es coincidir con mi retrato, no por su tono triste o su belleza, si no por su esencia. No es una dama lo que necesito, necesito algo más que una dama, necesito una acuarela de virtud y comprensión, que sepa escuchar a mi dolido corazón y encamine mi vida rumbo a la iluminación… quiero una acuarela para colorear mi vida.
– Pues por ahí debió haber empezado, para seres grises sólo una cura existe- el anciano comenzó a buscar entre los aparadores, tras un desbarajuste de cajas y artículos de arte regresó al aparador con un paquete, lo puso sobre la vitrina y le sacudió el polvo-, le presento a la hermosa Denidna, portadora de la esencia misma del color, va más allá del blanco y el negro, pues posee la luz y la sombra, no hay azul ni verde, sólo vida y serenidad, el morado no existe, pero en su lugar esta el misterio, el rojo en ella no es tono, si no verdadero fuego y verdadera pasión, tiene los colores de la alegría, la tristeza y el amanecer, de la noche y del atardecer ¿Habías visto este, el color del cariño, o el de la aventura, el de las sonrisas y los llantos? Hay color para las voces y los sueños, para los suspiros, los latidos, los abrazos y los besos. Denidna no es una acuarela, es el color de la ira y del miedo, del mar y del viento, de la lluvia y del eco, es el color de la locura, de la dicha y la desventura, es el color del cielo, del odio, del dolor. Denidna es el color de la vida, el tono que refleja la luz del amor. ¿Te interesa?
– Claro, tanto y más, pero me gustaría conocer el precio.
– El precio por el color de Denidna es muy alto, tanto así que sólo lo digo a clientes potenciales, no a pintores pobres como en tu caso. Créeme, es lo mejor, no quiero que te tortures sabiendo que Denidna nunca será para ti… ¡Perdón!, quise decir que nunca podrás pagar a Denidna.
Así es el mundo, sin dinero no eres nada, es muy simple. Sin más salió de ahí, encogido de hombros y, lejos de maldecir, puso un rostro sereno, pensativo. En su mente divagaba sobre cómo hacer para conseguir el color de Denidna, elucubraba planes de hurto y declaraciones de amor… Pasaba por una plazoleta empedrada, rodeada por edificios gubernamentales con los tejados rojos; cerca del kiosco pudo ver un conglomerado de personas, la mayoría vestida en ropas negras. Aquello no era un funeral, sino una especie de mercado ambulante formado por cerca de cincuenta artistas, todos pintores de diversos estilos. Algunos pintaban sobre la piel, otros en tela, papel e incluso sobre frutas. Se acercó a ver de qué se trataba. Así supo que en aquel lugar los pintores se reúnen a vender sus obras con el fin de ganarse el pan con humildad. En ese momento tuvo la idea que lo daría a conocer como artista, que lo llevaría a alcanzar la inmortalidad: regresaría la tarde siguiente y vendería todos sus cuadros, excepto el cuadro de su vida, con el dinero intentaría comprar a Denidna.
La tarde siguiente despertó emocionado, tomó todos sus cuadros, los envolvió con cuidado. Al final los amarró y los fijó al portabultos de su bicicleta. Tras un desayuno de plátanos y manzanas se lanzó a la aventura. Recorrió callejuelas tristes transitadas por personas invisibles, todos lo miraban, pues más de una vez perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer. Por fin llegó a la plazoleta, ocupó una banca vacía junto a una acaramelada pareja de jóvenes enamorados, aquí montó su exposición. Algunos dicen que por el miedo, yo digo que fue la casualidad: cuando el pintor terminó de colocar sus obras, la pareja se movió de su sitio, con una aparente expresión de miedo. Aquel día muchos artistas se acercaron para apreciar la obra del silente personaje, lanzaron halagos de todo tipo, sin criticar la obra, pues si hay algo que moleste a un artista es la palabra del crítico. Esa noche nadie compró uno sólo de sus cuadros, los cuales parecían alejar hasta a las moscas. Así pasaron varias tardes, hasta que un día se acercó un joven de aspecto amigable, piel morena y anteojos. El mismo que una vez fuera una terrible bestia de ignota procedencia.
– Hola hermano, me agrada verte de nuevo, qué haces.
– Nada, vendo mi obra con el fin de conseguir algo de dinero.
– Ah, con que eres un artista eh. Bien, déjame ver que tienes -el sujeto se aproximó a los cuadros, los miró todos durante unos minutos con una expresión de asombro-. Lindos, veo que usaste el lápiz que te obsequié, espero lo mantengas en una maceta.
– Claro…
– ¿Y pintas mucho? –preguntó sin quitar los ojos del Despertar en mis noches.
– Sí, no… Bueno, pintaba mucho, pues ahora me he retirado, sólo quiero terminar mi obra final. Por eso vendo mis demás obras: necesito color y dinero para obtenerlo.
– Sí, el dinero, es normal que los artistas padezcan por este menester. Sabes, yo también soy pintor, vine aquí a buscar una especie de representante, ya sabes, alguien que me monte una exposición en algún museo. Me gustaría darme a conocer y dar a la crítica algo de qué hablar. Bien, ahora debo irme, pero vendré mañana a vender algunas muestras de mi trabajo. Cuídate… oh, por cierto, espero algún día puedas visitarme, recuerda, el número cuatro de la Maven Street.
Dicho eso, se marchó. La tarde siguiente, cuando el pintor silencioso arribó a su sitio pudo ver una muchedumbre que rodeaba el puesto de un pintor, no le dio más importancia y montó su changarro. Al parecer aquel artista era demasiado bueno, pues todo el que se acercaba salía de ahí con un cuadro, a veces grande, a veces chico. Tras ver un rato a la gente, optó por quitarse la curiosidad, así que se acercó en silencio. El pintor no era otro que el extraño joven que alguna vez fuera una cucaracha con colmillos de veneno. A su alrededor había varios cuadros expuestos y mucha gente elegante que cerraba tratos con él. Escuchó a un periodista decir que su nota del día siguiente hablaría sobre Agnus Dei, el más prolífico artista de la década. Se acercó a un grupo de artistas de la zona, y les escuchó hablar.
– Vaya con el artista eh.
– Sí, le hacen demasiado alboroto. Ni pinta tan bien, es demasiado vacío, sin sentimiento alguno, no expresa nada.
– Claro, en mi opinión, colorea excelente, como un dios, pero de ninguna forma es un pintor.
En realidad el pintor silencioso no podía decir nada, pues si alguien vivía sin sentimientos era él. Optó por retirarse y volver a su sitio, pero entonces Agnus Dei advirtió su presencia. Y lo llamó ante la fina concurrencia.
– ¡Hey, miren a quién tenemos aquí! Ni más ni menos que mi hermano, el joven silencioso. Ven, acércate –un anciano tomo del hombro al pintor y lo encamino hacia Dei, cuando estuvo a su alcance, éste lo abrazó y lo presentó ante la muchedumbre-. El es mi hermano, él se encarga de cuidarme “la otra ala del museo” –sus palabras desataron una risilla entre la gente-, verán tengo otro tipo de obras, hechas a lápiz, si quieren mirar un poco por allá –dijo señalando el puesto del pintor-, podrán apreciar esta propuesta que tengo y por única ocasión llevarse algo por módicos precios.
Todos se encaminaron a la exposición del pintor silencioso, que ahora tomaban como obra de Dei, ni que mencionar tengo lo qué el pobre sintió en el alma por causa de la alta temperatura de su sangre. Al ser reducido ante la concurrencia a un mero cuidador, nadie ponía en él el mayor reparo. Dei, por su parte se hallaba dando un discurso sobre la eficacia del lápiz para retratar pesadillas, cuando terminó, un aplauso rompió el aire de la noche, para desatar luego una serie de empujones y un tintinear de monedas. Debo aclarar que durante más de un siglo las hermosas y horrendas pinturas del pintor de las pupilas rojas fueron tomadas como obra de Dei, hasta que una investigación histórica sobre el arte del lugar puso en claro quién era el autor. A partír de entonces Dei fue tomado como un impostor y desechado de la historia en el cesto del olvido; el pintor silencioso, por su parte se volvió inmortal. Hoy sus cuadros se exhiben en el museo Pupila roja, en la oculta Kadath, para quien le itérese saber.
Cuando todos se hubieron retirado, se acercó a Dei para exigirle una explicación, sin embargo, antes de poder decir nada, el joven tomó la palabra.
– ¿Vienes a darme las gracias? No tienes porqué, digo, para eso estamos los amigos. Querías vender tus cuadros, bien, ya lo hice. Ahora debo irme, mañana no vendré por aquí, supongo que tú tampoco. Pasa por mi casa como a las ocho y haremos cuentas. Adiós.
Y se marchó tan rápido como había hablado. Pasó la noche en vela, de paseo por los bosques meditando con la luna las estrellas y el viento, al principio se mostró enojado, pues le habían robado la obra, pero poco a poco se fue sosegando. Pensó que al menos ahora tendría dinero y podría comprar a Denidna, la acuarela de lo vida, eso lo hizo sentir mejor y por primera vez en toda su vida, anhelante de ver un nuevo día, con el sol agonizante en el horizonte. Llegó a la Tiamat Street y entró en su cuarto para luego dormir y soñar con una vida en colores alegres, con colores que rellenaban el gris de su alma, con la compañía de una acuarela, de un arco iris, que tapara los huecos en su corazón.
A las seis de la tarde se encontraba paseando por el centro, entusiasmado en su silencio. Pasó cerca de la tienda de arte, en ese momento sintió un vuelco en el corazón que le provocó ganas de ir a ver a Denidna. Encaminó sus pasos hacía el lugar, al llegar entró y se topó con el anciano. “Ahora te atiendo, debo ir al retrete”, le dijo antes de desaparecer tras la puerta del baño. Escucho lamentos terribles provenientes de algún lugar del intestino del viejo, y en ese momento tuvo la idea más loca de su vida: Al ver que tenía algo de tiempo pasó al otro lado del mostrador, entró hasta los anaqueles y comenzó a buscar el estuche de Denidna. Tras mover varios artículos se encontró con el ser de sus sueños y esperanzas. Limpió el polvo, llevó la dama hasta el aparador y destapó la caja. Una cegadora, calida y envolvente luz de un color indecible salió del estuche, abrazó al pintor con una cierta ternura que le hacía sentir completo. Aquel sentimiento, ignoto para él, lo hizo sentir extraño, en ese momento, la luz dentro de la caja habló con el pintor, con una voz dulce, como melodía de vida y virtud.
– ¿Vienes a comprarme?
– No, aún no, pero pronto podré hacerlo. No sabes cuánto te necesito, eres lo único que le falta al cuadro de mi vida, tú, tu esencia, tus colores. No hago más que soñarte, dormido o despierto; sólo siento cómo te llevas mi corazón, cómo revuelves mi razón, es como, como si… estuviera enamorado.
– Entonces sí quieres comprarme –dijo con un rastro de desilusión-. Sabes, odio eso, que la gente intente comprarme, como si fuera un objeto, quizá así lo parezco, pero soy más que eso, tengo sentimientos. Lo malo es que esta es mi suerte, vivir encerrada en esta caja por siempre, hasta que alguien pague por mí ser ¿Por qué no sólo puedo irme con quien yo quiera?
– Puedes, aunque quizá no debes. Hay reglas, te entiendo, pero así son las cosas. Créeme, si por mí fuera ya te habría sacado de la tienda.
– Y qué te lo impide. Anda, pídeme que me vaya contigo, róbame ¿Acaso no me necesitas?
Miles de ideas pasaron por la cabeza del artista, una más descabellada que la otra. Meditó un momento y terminó por decidirse: robaría a Denidna. Cerró la caja, iba a levantarla, cuando de repente la puerta del baño se abrió. El anciano caminó hasta el mostrador y miró desconcertado la escena.
– ¿Ibas a algún lado con eso?
– No, sólo estaba apreciando la belleza de Denidna.
– Bien, pero no deberías hacerlo, ella no está a tu alcance, de hecho no está al alcance de nadie.
– ¿Y si deja que ella elija con quién irse?
– Sería algo muy romántico, pero así no son las cosas. Ella se va, colorea la vida de un pintor, pero yo qué gano. Lo siento, si la quieres tendrás que pagar por ella.
– Bien, volveré aquí a las nueve, tenga lista a Denidna, pues esta misma noche pienso llevarla conmigo –los ojos fulgurantes, y cristalinos, como gotas de sangre o anhelo-. No lo olvide, nueve en punto.
Y salió de ahí con rumbo al número cuatro de Maved Street para cobrar su dinero, el mismo que pagaría el corazón de Denidna, el mismo que traería fin a su vida gris tan llena de penurias. Caminó hasta el lugar por Redhead Street y Ward Street, que desemboca en Yargo Street, la cual dobla al sur en Maved Street. Tras el trayecto por calles llena de mendigos encontró el número cuatro. La casa era enorme, un palacio como todos los de esa calle de gente acaudalada, color blanco, con los tejados negros, de amplio jardín y estacionamiento, árboles rebosantes de manzanas, con un guardia en la reja armado de escopeta. “No inventes –pensaba- a este sujeto le va bien: gorila, fuente y toda la cosa, que chido por él… que mal que aquel día no trajera “un poco” de oro”. Se acercó con el guardia, le planteo la situación y cinco minutos más tarde ya se encontraba en la sala, esperando a su deudor anfitrión. De repente escucho pasos en la escalera, volteó y se encontró con la mirada del que alguna vez tuviera colmillos de veneno.
– Buena noche, estimado amigo, a qué debo el gusto de tu presencia, el placer de contemplar tus bellos ojos.
– Pues, aunque parezca frío, debo decir que vengo muy de prisa, pues el corazón me llama. Debo volver a la tienda de arte a las nueve para comprar la medicina de mi alma.
– Interesante, cuéntame más. Qué tipo de medicina requieres, quizá yo tenga un poco y no necesites gastar.
– Es una acuarela de éxtasis, de vida, de amor. Una luz de compañía, un halo de esperanza en mis tristes congojas. Es la vida que me falta, la mitad perdida de mi alma. El sueño de mis días y los suspiros de mis noches. Es…
– ¿Una dama?
– Más que una dama, una…
– Prostituta, digo, como dices “comprar”, supuse que… bueno.
– Más que una dama es una luz, un alma, un corazón. Por eso vengo a verte con tanta premura y descortesía. Necesito que me des el dinero de mis cuadros.
– Oh, ya veo. Debe ser una acuarela única si la describes con tanta pasión. Supongo que posee colores únicos, que sin duda debe hacer lucir esplendoroso cualquier cuadro, ¿no es así?
– Tanto y más. Por favor hagamos cuentas. Prometo venir de nuevo con más calma y un nuevo semblante, más agradable quizá. Es más, te invito a mi humilde cuarto en el doce de Tiamat Street, eres bienvenido cuando quieras, pero ahora dame el dinero.
– Ehm ¿Cuál dinero?
– El dinero que te dieron las personas que compraron mis cuadros.
– Perdón, has dicho tus cuadros. No señor, todos los periódicos dicen que aquellos eran “las más impresionantes obras de Agnus Dei” ¿A caso no lees el diario? -levantó una campanita de la mesita de centro, en el acto apareció un gorila de dos metros armado con una cachiporra- Quike, saca a este pordiosero de la casa y dile al guardia que si lo ve de nuevo por los alrededores tiene absoluta libertad de matarlo –y salió de la sala dando la espalda al pintor-. Buenas noches.
El gorila lo sujetó por la sudadera y lo arrojó a la calle. Sus rojas pupilas bullían en rabia y desconsuelo “El infeliz sí es una cucaracha después de todo”, pensó antes de ser arrojado al suelo. En ese momento empezó a llover, el pintor se hallaba tirado en la acera, si más esperanza y con el corazón destrozado. En sus congojas pudo escuchar la voz de la lluvia en su oído.
– Vamos, levántate ¿quién necesita dinero cuando se tiene corazón?
– Alguien que no lo tiene y vive con medio corazón.
– No seas tonto, abre lo ojos: estás enamorado de Denidna. ¿Crees de verdad que a ella le importa si tienes o no tienes dinero? Ella no quiere ser comprada, al menos no con oro, quizá tus sentimientos puedan pagar por su color. Si la quieres sólo pídele que venga contigo. Arriba ese animo, si te vas ahora seguro llegas a las nueve. No hay nada mejor que un hombre puntual. No lo eres, pero intenta serlo.
No pensó nada más, sólo se levantó, escupió la entrada de la casa de Dei y se marchó rumbo a la tienda de arte, abrigado por su inseparable amiga, la lluvia. Llegó a las nueve en punto, el viejecillo estaba por cerrar. La tienda seguía con su habitual aspecto rustico, la lluvia afuera y las velas adentro le conferían un cariz de misterio. Denidna esperada sobre el aparador, el estuche abierto y la luz de indecible color emanando como un rayito. Se acercó al aparador, miró fijamente los ojos del hombre, que se perturbó ante la mirada del pintor, pues sus ojos se veían especialmente malignos y enamorados aquella noche de invierno.
– Veo que volviste por la dama ¿Tienes el dinero?
El pintor no dijo nada, movió las manos como para llevarlas a sus bolsillos, el plan era arrebatar a Denidna del mostrador y salir corriendo con ella, pero en ese momento la escena se interrumpió con el sonar del teléfono.
– Ahora te atiendo –dijo el anciano, que se alejó para contestar-.
El joven y silencioso pintor de rojas pupilas se acercó a Denidna y una vez más habló con ella.
– Denidna, he venido por ti.
– ¿Vienes a comprarme?
– No, venía a robarte, pero eso no sería correcto, yo no soy un ladrón. Quiero decirte que te necesito, que sin ti no me siento vivo. En mis noches me siento frío y vacío, en mis sueños todo aparece a la mitad. Estoy enfermo, no dejo de suspirar, me muero, me enloquezco, necesito tu calor, tu abrazo, tu amor. Sin ti soy sólo un esbozo, una silueta de viento sin medio corazón; un bulto gris, una sombra, un fantasma, rodeado de formas rojas y apagadas, vivo gris, ser gris de vida gris. No quiero ser más así, cúrame, ven, quédate conmigo. Te quiero, por favor, complementa mi alma, dale al cuadro de mi vida un poco de tu color, no tengo cómo pagarte, salvo con amor. Denidna ¿le darías mi vida el color?
El bello espíritu del color clavó sus ojos en los del pintor, le dirigió la única mirada con que podía mirarlo en ese momento. El joven estaba en shock, esperando la respuesta de Denidna, una respuesta que cambiaría por siempre su forma de ver el mundo y de vivir en él, aquello sería un vuelco en la vida, quizá para bien, quizá para mal, para sonreír o para llorar. Ahora sólo podía esperar. Ese eterno segundo de silencio quedó hecho añicos cunado la dama hablo. Lo miró a los ojos y justo cuando iba a contestar alguien irrumpió en el lugar. No era sino el mismísimo Agnus Dei, envuelto en su abrigo negro de mil bolsas; el pintor lo miró con justo rencor, Dei lo miró con altanería. El anciano dejó el teléfono y volvió al aparador.
– Buenas noches señor Dei, qué lo trae a tan humilde tienda –dijo el anciano con su voz apacible-.
– Verá, estoy buscando unas acuarelas muy especiales, son más o menos como –en ese momento vio a Denidna sobre el cristal y se aproximo hasta ella apartando al pintor con un tosco empujón-… ¡estas! Sí, esta es la acuarela que busco, cuánto cuesta.
– Espere un momento señor Dei, este muchacho llegó aquí primero. Dime hijo ¿tienes el dinero para pagar a Denidna?
Una sonrisa burlona se dibujó en la cara de la cucaracha venenosa, pero no dijo una palabra. El pintor no tuvo otra respuesta ante su impotencia.
– No, señor no lo traigo, pero acabo de hablar con Den…
– Pues bien amigo, no hay más –dijo dando el negocio por terminado, luego se dirigió a Dei y le dio el precio-. ¿Se la lleva?
– Claro, sólo por eso vine.
El hombre pagó al anciano hasta el último centavo, el anciano tomó el dinero y envolvió a Denidna en un elegante papel celofán. El pintor no pudo hacer nada para impedir la transacción, ni él ni su corazón, ni su alma ni tampoco su amor. Dei metió a Denidan en uno de sus mil bolsillos y salió de la tienda silbando una alegre y sarcástica tonadita. El anciano sacó al pintor del lugar y cerró la puerta. Y el pintor se quedó ahí, sentado en la acera, viendo cómo Dei se alejaba con Denidna. Ante la perspectiva que sus ojos daban a su vida gris y vacía, entregó su alma a la melancolía, al dolor. Y dicen que sólo la luna lo vio, que la lluvia lo abrigó y que las estrellas le lloraron. Dicen que las noches en ese lugar no son las mismas desde aquella en la que un pintor murió ahogado en las penas que destruyeron su corazón.
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