
Ahí estaba, en aquella habitación alumbrada sólo por el azulado fulgor de un televisor, ésa era la única oportunidad que tendría en la vida, debía aprovecharla o vivir con el dolor de una pérdida segura. El sillón era muy cómodo, mullido y forrado con un material cobrizo parecido al satén; en frente se hallaba una mesita de centro tallada en fina caoba, salpicada con hermosos bajorrelieves helénicos que representaban la victoria de Perseo sobre la Medusa; sobre ésta, una daga que perturbaba mi paz con nefastos augurios, junto a ella un extraño florero que más bien parecía un jarrón azul, estaba hecho de un gélido mineral, resplandeciente como la plata, ligero como el latón y resistente como el hierro; por decoración tenía motivos de enredaderas pintados a mano con tinta de oro; unos claveles purporeoazulados que emanaban un brillo iridiscente le coronaban, confiriéndole un raro toque hogareño. Tenía al cuello un pequeño interruptor de plata grabado con extraños símbolos, este servía para encender y apagar el brillo de las estrellas. Jugar con ese bonito artefacto era mi único entretenimiento en aquellas tediosas horas en que sólo podíamos ver la final del mundial de fútbol, que tenía por sede el mega estadio Szonderr-ga, construido por los obreros de las colonias pobres de Saturno en el cuarto añillo de Júpiter. En la pieza no había nada más, sólo las más crueles tinieblas y una ventana que miraba hacia las lumbreras estelares sostenida en algún lugar del éter.
Viéndome en total aburrición, tomé mi mochila para sacar mi mp3, para así, con el mejor juguete del Universo en mis desquiciadas manos, comenzar una danza luminosa, bailando a ritmo de Bad Religion y su Punk Rock Song. Muy ocupado estaba en mi desate estelar pero nadie lo notaba, pues la televisión se había convertido en la única ventana del Sistema Solar. Supuse que, dado que las estrellas no poseen un filamento como el de las bombillas, era imposible fundirlas. Comencé a subir y bajar el interruptor cada vez más a prisa, sentí un éxtasis al admirar como el cosmos brillaba acorde a mi loca voluntad, todo parecía girar muy rápido conforme avanzaba la rola, mis dedos eran cada vez más flagelantes con mi nuevo juguete… el poder me había enloquecido, pude ver mis ojos ponerse en blanco, en mi cara lucir un nefasto rictus de maldad y delirio. Cerré los ojos y, lleno del espíritu de destrucción, terminé por desmadrar la luz del cielo nocturno, por fundir las estrellas y crear un anochecer, lo que me provocó suspirar ante mi obra, dejando luego escapar una tétrica risotada que a nadie inmutó.
Sobre la mesa pude distinguir la figura de la daga, que sólo revelaba sus decoros a la luz de la oscuridad, tenía un brillo blanco que irradiaba un hipnótico sentimiento de deseo, tenía grabadas las imágenes de cuatro indecibles bestias haladas con expresiones demenciales. Sentí su aura, en todo semejante a la mía y en un impulso la metía a mi mochila, algo me decía que quizá pronto la necesitaría. Y mi loquera cesó, el ritmo que Lemonhead le pone a Skulls me hizo reflexionar sobre el mal que acababa de cometer: de ahora en adelante ya no habría más estrellas en las noches de invierno, ni sobre el océano para orientar a los marineros, ya no brillaría su luz en ningún sitio y el único responsable sería yo. Me disponía a aceptar mi justo castigo, así que me acerqué al televisor para interrumpir a mis camaradas con el fin de hacer público mi crimen. Ahí estaba yo, yendo rumbo a mis peludos amigos de ocho ojos, amistades de distintos evos, lugares y tiempos, con el interruptor roto en mis manos. "Perdonen ustedes, pero algo ha pasado y es menester que lo sepan -nadie me miró-: Me duele la consecuencia, pues del divertido acto no me arrepiento, ni lo haré jamás, es más, lo repetiría; y si cinismo es sinónimo de enaltecer tus ratos de júbilo, llámenme cínico entonces. Señores, en mi loco prende y apaga he fundido las estrellas, por lo cual todos los marineros se han extraviado. Dispóngase de mi persona como mejor consideren; señores, a ustedes confió la divina tarea de juzgarme con justicia y mano firme".
El tiempo se detuvo, estaban por gritar algo. En la tele se escuchó el pitido de un silbato, un segundo silente y luego el estruendoroso grito que anunciaba ¡¡¡Goooool!!! El grito fue largo, eufórico, un grito de triunfo, de orgullo para nuestro pueblo; ahí estaban los once guerreros de verde. Los comentaristas no dejaban de pregonarlo con la voz quebrada por el llanto: "¡México, México es campeón del mundo, México anota el gol del triunfo en el último segundo, 1-0 sobre los franceses, México, México tiene la copa, México tiene el título… cómo no te voy a querer, cómo no te voy a querer!". "Puta madre -me dije- ¿México ganando el mundial? ¡Imposible! Eso sólo en…"
Desperté anonadado en mi cuarto oscuro, ella dormía desnuda entre mis brazos, su delicada piel perfumada con su aroma de cereza me provocó besar su mejilla; sentí su cabello sobre mi pecho y el peso de su cabeza en mi hombro. Me levanté de la cama, teniendo especial cuidado en no despertarla, corrí a la ventana para asomarme a ver el cielo. Una inmensa calma llenó mi alma, pues aunque muy tenues, las estrellas todavía brillaban. Di media vuelta, miré mi ordenador apagado para luego volver al lecho. Me quedé de pie frente a mi doncella: era bellísima, más que mil ángeles desnudos bailando en el cielo un réquiem de amor, más que cualquier espectáculo del cosmos, incluso más que la luna invernal o las estrellas otoñales, y en su sueño era tan sublime como un suspiro de la creación. Ir al cielo era sinónimo de hacerle el amor… Al cabo de un rato volví a acostarme, a tomarla entre mis brazos como sólo a mi princesa tomaría, para luego dormir compartiendo el calor de nuestros cuerpos y el latir de nuestros corazones.
A la mañana siguiente ella se había marchado, no sin antes dejarme un mensaje en el espejo, escrito con su cerezoso lápiz labial.
Bueno días dormilón - ¿o quizá debiera decir tardes?-No lamento haberme ido sin avisar, pues traté durante media hora de despertarte y cada intento fue infructuoso. Pasaré el día con mamá en el huerto cosechando pasteles, así que no podré verte. Pero te espero esta noche en el bosque, justo bajo nuestra jacaranda, no llegues tarde.
Con cariño, tu amada… bueno, ya conoces mi nombre.
Así, el día transcurrió lento. Para matar tiempo decidí salir a dar una vuelta por el cielo en mi libélula azul, no sin antes detenerme en la tabacalera para comprar una cajetilla de cigarros. En el lugar sólo estaba el tendero, un hombre robusto, pequeño, vestido una camisa verde, una bermuda y unos Conversse rojos; no tenía cara, de hecho sólo su nariz decoraba su calva cabeza; le pedí unos Delicados y en silencio atendió mi pedido, pagué, me devolvió el cambio. Iba de salida cuando escuché su voz ronca dentro de mi cabeza diciendo: "Suerte, hermanito, te veo más tarde". "Gracias, que tenga un buen día", contesté para luego emprender de nuevo el vuelo. Me recosté en el lomo de la criatura para ver pasar las nubes y caer el ocaso con un cigarrillo en la boca, añorando a cada segundo el momento de verla sonreír, de tenerla entre mis brazos y poderla besar. Cerré los ojos deseando la noche con toda mi alma, quizá me quedé dormido, pues cuando los abrí la noche estaba ahí. Dirigí mi halada montura con rumbo al bosque. Pude ver a mi doncella caminando junto al borde, con su vestido blanco y su corona de perfumadas flores azules. Era una visión hermosa la de su piel blanca y su cabello como hilos de chocolate que jugueteaban con el viento. Bajé hasta donde se encontraba.
- Buenas noches bella dama, permítame llevarla hasta su destino, pues pies tan bellos no deberían rozar un suelo tan rocoso.
- Yo quisiera mi joven caballero, pero temo no poder pagar mi pasaje -dijo conteniendo una sonrisa.
- A la reina de mis sueños sólo una cuota pido: dedíqueme una sonrisa, hágame la noche, alégreme la vida.
Y sí, me sonrió. Abordó mi azulada libélula para entregarme un beso apasionado que compensó los que había no había tenido durante el día. Volamos abrazados con el nocturno vendaval hasta el lugar acordado, testigo fiel de nuestros más bellos ratos.
Nos hallábamos al pie de nuestra floreada jacaranda, recostados sobre una flor de pétalos azules y negros; la brisa veraniega nos ofrecía la más bella visión sobre la libertad al hacer volar las flores de nuestro árbol como mariposas rosadas. La noche estaba despejada, tapizada de estrellas; la luna no salió, pues a lado de mi niña se sentía opaca y gris. Nos encontrábamos mirando el cielo, sintiendo la brisa, uniendo puntos con las estrellas y preguntándonos cuál de todas sería la más lejana. Imaginábamos un lugar alejado, donde sólo pudiésemos vivir los dos en compañía de nuestro cariño, haciendo cada noche el amor sobre un lecho de raras orquídeas multicolores, junto a un río de cristalinas y tibias aguas; un lugar con un sol frío de brillo azul, sin una luna envidiosa; de noche eterna y siempre estrellada. Decidimos que la más pequeña sería sin duda la más alejada, así que nos pusimos de pie, nos tomamos de la mano, me besó con ternura y luego saltamos sobre una de las flores que caían de la jacaranda, después a otra. Como si de una escalera de pétalos se tratara, ascendimos hasta la copa del árbol para después dar el gran salto hasta la estrella más próxima. Pisamos la primera estrella y luego saltamos a la siguiente. Brincamos las estrellas de una en una con el fin de llegar hasta la lontananza etérea, dueña de la última luz.
Entre mares de hermosas tinieblas estrelladas, tuvo lugar nuestro inolvidable derrotero de libertad. Siempre sujetos de las manos, siempre dándonos un beso de ánimo en cada estrella que pisábamos, siempre callados mientras escuchábamos los sonidos del silente cosmos. Los evos pasaron como segundos, en la lejanía ya se divisaba la última estrella, que derramaba su luz sobre nuestros seres atónitos, que sólo podían contemplar su mundo soñado de amor, soledad y pasión. Parados sobre la penúltima estrella nos abrazamos con fuerza, nos dimos un beso que celebró nuestro triunfo. Dimos el gran salto final. Volábamos abrazados, sonriendo llenos de ilusión, alcancé a escucharle decir un "te amo", pero no le pude contestar, pues de la Nada oscura salió él, como un fantasma devorador de amores. Llevaba varias dagas de plata en el cinturón y estaba envuelto en una capa tejida con la más nefasta penumbra. Me la arrebató de los brazos con un rudo movimiento, no pude ver su cara, sólo lo vi aterrizar con ella en la que debió ser nuestra estrella. Esperaba el momento de aterrizar para pelear por mi amada, pero en vez de eso me estrellé de cara contra una muralla invisible que impedía mi paso. Caí de nuevo en la penúltima estrella. Volví a saltar, choqué de nuevo, lo intenté doce veces más, y doce veces más caí fracasado a la misma estrella.
Me hallaba desesperado y al borde de la locura: me daba miedo pensar que aquel ser pudiera poner uno solo de sus despreciables dedos encima de mi rosa. La muralla era simplemente infranqueable y no hallando el modo de cruzar caí presa del cansancio. Un rato después abrí los ojos, sorprendiéndome al verme parado sobre una nube púrpura que sobrevolaba un lago plateado lleno de patos verdes que mugían como vacas; el cielo oscuro parecía ondulante, ostentaba dos lunas doradas que me miraban como si fuesen los ojos de la noche, una brisa húmeda acariciaba mi cabello y no había horizonte. Lo que más me sorprendió fue percatarme de la extraña presencia de un anciano calvo que sostenía un bastón muy alto, de una madera oscura y retorcida. Usaba lentes oscuros, no tenía boca, estaba cubierto con una harapienta túnica verde que quizá en otro tiempo perteneció a un rey; este personaje me inspiró una cierta confianza cuyo origen no podría precisar. Escuché su voz apacible y ronca dentro de mi cabeza… ¿usaba unos Conversse rojos?…
- Qué haces ahí tendido -me interrogó- ¡Que no ves que el tiempo apremia! Tu amada aún espera ¿acaso quieres que ya no te quiera? ¡Levántate, muchacho, ve por ella!
- ¡A caso cree que no lo quiero! Míreme todo magullado, es un muro inexorable lo que me impide ir a su rescate. No poseo las armas ni la fuerza para penetrarlo. Mi orgullo se ha quebrado, pues a mi amada he abandonado. Si sabe como penetrarlo, le suplico, abuelo errante, me diga el modo pues francamente no le hallo.
- Fácil no es cruzarlo, pues el muro que frente a ti se interpone no es otra cosa que la frontera entre el Universo finito y el Universo infinito. Para atravesar esta verja que te veda, sólo debes saltar, sin embargo no cualquiera puede, sólo aquellos que logran trascender a lo físico y volverse su propia esencia, pues la materia es finita y la esencia sempiterna. Fácil es como puedes ver, sin embargo no puedes.
- Bien, qué hago entonces para poder.
- Suicídate -dijo casi en un susurro.
- ¡Qué!
- ¿Acaso no la amas tanto como para dar la vida por ella?
- La amo tanto y más que eso, pero es el destino de los muertos no poder amara a un vivo.
- ¿Y quién amará aquí a un vivo? Niño, comprende, si tu amada cruzo es porque ha dejado de ser materia para solamente ser… Ser.
- ¿Insinúa acaso que mi flor está muerta?
- Ehm, sí, si así lo quieres ver… Mira mi niño, te diré algo para que termines de decidirte: ella murió en cuanto él te la arrebató de las manos, en cuanto la tocó. ¿Y sabes que están haciendo ahora?, porque yo sí. Él le está compartiendo todo lo que hay más allá, intentando enamorarla ¡y con razón: es hermosa! Así que apresúrate a tomar tu decisión, pues los segundos de aquí son evos allá. Ahora… ¡Despierta!
El dolor se había marchado, estaba recostado sobre la penúltima estrella, pero ahora ya sabía qué hacer. Me levanté para tomar a mis inseparables compañeros del suelo: mi mochila y mi mp3. Me coloqué los audífonos y me abrigué con la sudadera de Green Day. Por último me colgué la mochila. Puse play para que sonaran los Misfits y me lancé en el gran salto final. Volaba cada vez más cerca de la muralla invisible, un haz de luz me la había mostrado. Saqué de mi mochila una daga de plata que por alguna razón parecía salida de mis sueños, similar a las que el encapuchado ladrón llevaba en el cinturón. Estando a nada de volverme a estrellar, la usé para degollar mi garganta haciéndola sangrar como si de una fuente se tratara. Pude ver una luz muy blanca que me cegó por completo y sólo recuerdo haber pensado: "Sabía que la necesitaría".
Había logrado atravesar la muralla, me encontraba en nuestra estrella de noche eterna, todo estaba en su lugar, el lecho de orquídeas, el río de cristal, las jacarandas, los cerezos, y las miles de estrellas de ignotos colores, sólo faltaba ella. Caminé río abajo hasta alcanzar una ladera llena de flores multicolor; tiernas fierecillas, iridiscentes y desconocidas, correteaban por el lugar cazando una suerte de bellotas con pies. Tras un árbol hibrido de jacaranda y cerezo estaba ella recostada, pero no sola, él la acompañaba cantando en su oído canciones de amor. Aquella visión me llenó de rabia y celos. Sin pensar me abalancé sobre mi rival. Le caí encima a golpes, pero no tardó en reaccionar. Se convirtió en una bola de pelos que intentaba tragarme.
El viento comenzó a soplar, silbando melodías entre los árboles, desatando una lluvia de flores que bañó nuestras cabezas. Abrasé a mi enemigo en un ágil movimiento y comencé a dar puñetazos en su cuerpo de pelo, pero aquello no resultaba. Mi flor amada gritaba, no para apoyarme, sino para rogarme terminara la pelea. Mi mente se dividió en dos, una parte me obligaba a detenerme, pero la otra me incitaba a defender mi orgullo, esa parte fue la victoriosa, pues tras arrojar con fuerza a mi rival saqué de mi mochila un raro artefacto que recordaba de otros eones: un florero que más bien parecía un jarrón azul, con un pequeño interruptor de plata que servía para encender y apagar el brillo de las estrellas. Esta vez, lejos de usarlo para mi diversión, lo usé a modo de lanzallamas. Comencé a disparar lenguas de fuego que mi rival esquivaba con facilidad y terminaban pegadas a los floreados árboles. Viendo infructuosos mis intentos decidí lanzarme a otra pelea cuerpo a cuerpo, está vez deje que el peludo mal nacido tragara mis manos, asestándome dos o tres golpes. Cuando mis manos y mi arma estaban en su interior disparé una fuerte llamarada que lo hizo volar lejos de mí. Terminé hiriéndolo de gravedad, me dirigí a aniquilarlo con paso firme y mirada rabiosa. Apunté mi florero, pero justo cuando iba a disparar mi princesa se interpuso; me miró con sus ojos de estrella desbordantes en llanto e intentó decirme algo. El lívido me poseía, la aparte con sutileza para luego rociar con llamas negras al responsable de mis amarguras… Y lo volví ceniza.
Un aroma a cereza lo llenó todo y fui donde mi doncella, la tomé entre mis brazos, acaricié su melena de chocolate; me disponía a besarla, pero en un arrebato se apartó de mí, dejándome completamente anonadado. El viento seguía soplando y no dije nada esperando su explicación. Un momento después se dignó hablarme.
- No comprendes -dijo limpiando las lágrimas de sus bellos ojos-. Ya nada es igual.
- A qué te refieres -pregunté-. Ahora estamos a salvo, solos, es nuestra estrella soñada.
- No, no lo entiendes -la voz seria, la cabeza erguida.
- Explícame, qué ha pasado, por qué me rechazas.
- Porque ya nada es igual: Mis sentimientos han cambiado como el viento cambia su dirección. Te esperé durante eones y terminé por enamorarme de él, pues me enseñó cosas que tú jamás conocerás. Lo lamento, pero esto ya fue, es y será. Esto es lo único real, que ahora mi corazón le pertenece a él. Debes entender que esto es el adiós.
Y me dio la espalda para luego alejarse rumbo al horizonte junto al viento impregnado con el aroma de la cereza. Caminó junto al río, con su vestido blanco y su corona de flores azules por único atavío, su cabello de chocolate hacía una danza con el vendaval para darme el último adiós. Quise correr tras ella, sólo quería abrazarla, mirarla a los ojos y decirle "Te quiero", acariciar la piel de sus hombros, pedirle que no se fuera, pero el llanto interno que ahora me aletargaba había inundado ya mis pies, que no me respondían. El montículo de cenizas que acababa de crear comenzó a elevarse con la brisa, para pasar frente a mí lleno de dicha, mofándose de mi dolor. La nube retomó su forma pre-peluda, que avanzó hasta alcanzar a mi dama para después envolverla entre sus brazos, acariciar sus hombros, su cabello. Lo vi besar los labios que tantas veces me sonrieron y me hicieron feliz. La tomó de la mano y se alejó junto a ella para ir desapareciendo tras la ladera. La escena era devastadora para mi alma dolida que ya no pudo contener el llanto; con lágrimas en los ojos tomé del suelo mi florero-jarrón, puse mis dedos en el interruptor de plata, clave la mirada en el último destello de mi vida. Moví el interruptor para apagar una vez más el brillo de todas las estrellas, creando en el cosmos un cerezoso anochecer hecho de la más dolorosa oscuridad, que como confidente amiga encubrió mis lágrimas con dulzura y discreción. Oscuridad, silencio, un dolor en mi pecho…
Television llenaba mi alcoba con la melodía Days. Mi computadora aún seguía encendida, mi tarea inconclusa aún me esperaba. Salté de la cama, corrí hasta la ventana para a ver el cielo: para desdicha de mi alma, aunque muy tenues, las estrellas todavía brillaban. Pensé en mi princesa, y pude escuchar a mi voz decir para sí misma: "Es cierto, ella se ha ido con él". Dediqué una lágrima a la dueña de mi ser, cuyo rostro sonriente aún contemplo en la luz de la luna nueva; di media vuelta, miré un momento el protector de pantalla y guardé mi tarea para luego apagar la máquina. Así, triste como cada noche, me fui a la cama sin un beso tierno ni suaves caricias, en compañía de su ausencia, anhelando nuestros ayeres con el olor de su cabello de chocolate que aún perfuma mi almohada. Y abrazando los recuerdos que dejó impregnados en mis sábanas viejas bañadas con el cerezoso aroma de su piel desnuda, me fui a dormir deseando con toda el alma nunca más volver a soñar las estrellas.
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