
Estaba en mi cuarto, dormido. Las luces encendidas, mis anteojos sobre la frente y el cabello en un ángulo extraño. Despierto. Pongo música. Comienzo a bailar. Hay un carrujo sobre mi escritorio, lo fumo, me elevo, vuelo con los pies pegados al suelo. La canción acaba. Apago todo, me coloco los audífonos, tomo las llaves. Me abrigo. Abro la puerta, salgo. Una ventisca me da en el rostro y me quita el cabello de la cara. Es de noche, la luna en el cenit del cielo me saluda. Estoy en una plazoleta, al centro hay una fuente octagonal, mi puerta ya no está. Encima de la fuente hay una estructura cónica que simula un árbol de navidad. Está decorada con esferas y luces, en la punta una estrella de brillo azulado escupe un chorro de tres o cuatro metros de altura. El agua forma una cortina en derredor del árbol y distorsiona su imagen. Cuatro enormes bancas de cantera rodean la fuente, no hay nadie más en el lugar. Me siento en un espacio apartado, contemplo la fuente, sigo fumando el carrujo.
Mi porro se consume conforme mis hondas bocanadas, la luna baila en el cielo, los árboles murmuran entre sus ramas un himno sacrílego que me saca de quicio. Quizá no me quieran cerca. El humo verdoso me muestra escenas pasadas, viejos recuerdos y añoranzas. Me cuenta historias, me viaja… Nada pasa ¿salvo el tiempo?... Escucho el singular quejido de un gato, ¡Cómo me caen gordos esos malditos animales! Es color almendra, de cola anillada, le falta una oreja. Está sentado en otra banca, mirando. De repente un ladrido. ¡Un perro! Tiene barba y una cola muy larga, sus ojos brillan amarillos, teme, algo le quieren hacer. Ladra su güarfh-gürfh, dos mocosos le persiguen, alrededor de la fuente. El perro golondrino se para sobre ésta, un escuincle mugroso de piel morena lo empuja a la frialdad líquida del venero. Ese estúpido gato maúlla sarcástico, se burla de la desdicha del buen can. Chilla, se hunde. Los niños han visto al gato e inician su pronta persecución. Merecido se lo tiene por ser un gato. Sin más, se alejan.
El canido patalea, busca salir del agua helada, pero no lo consigue. Su pelo ha empezado a crecer, esta muy pesado, se sigue sumergiendo. Pavor y repugnancia ante tan cruel drama. Corro hacía la fuente como todo un loco, extiendo mis brazos para sujetar a la criatura, pero apenas le he tocado ha desaparecido de súbito entre las aguas. Sin más tomo mi mochila; la luna es verde, me despide, me bendice; el viento estrecha mi mano, se vuelve mi abrigo; los hermanos viejos me purifican con una lluvia de hojas, la jacaranda y el cerezo; el murciélago besa mi pescuezo. Me lanzo a la fuente.
Todo allí era muy extraño, no recuerdo haber conocido jamás un mar como aquel. Todo era agua y cielo estrellado. Raro, desconocido, inexplicable. El agua era clara, como bajo la luz del medio día, todo era verde y submarino. Había un enorme barco pirata, de velas negras, con el casco roto y lleno de misterios, riquezas. Me hallaba en medio de una orgía de delfines multicolores, con parejas ocupadas hasta donde alcanzaba la vista. A lo lejos pude escuchar el chillido del perrito, voltee la vista a todos lados. Ahí, entre una pareja de lesbianas acuáticas y una relación necrófila, pude ver el peor acto de barbarie: un delfín tosco, con un corte de pelo al más puro estilo reguaetonero y la piel llena de verrugas, golpeaba al perrito e intentaba abusar de él.
Lleno de ira me lancé a su rescate. Pataleaba entre indescriptibles gemidos, mi velocidad aumentó, hasta que al fin mi puño se estrelló en la cara del verrugoso delfín. El perro se libró del abrazo y nadó para colocarse tras de mí. El palurdo se levantó. Comenzó a tirarme golpes y coletazos que hábilmente respondí con patadas, puñetazos y feroces zapes. De repente escuché cómo la cola de mi antagonista partía el agua con el sonido del látigo… sólo sentí un zape. Las cadenas remplazaron a los puños, los puñales las cadenas, las espadas a los puñales, motosierras a las espadas, un volado a la violencia. El delfín era un mal perdedor, de inmediato tensó la cara y dibujó en ella un rictus macabro, demencial; con un rígido movimiento de brazo, me puso una mágnum en la cabeza; me exigía repetir el volado, sin embargo éstos representan asuntos de honor, es decir, no había marcha a tras. Él debía retirarse en brazos de su derrota. Comenzó a llorar, gritaba maldiciones y blasfemias que realmente me hicieron pensar que el sujeto me volaría la tapa de los sesos. Sí me sudó. Mi estoicismo no le dejó otra alternativa: iba a teñir el agua de rojo. Escuche un crujido proveniente del arma, esperaba el gran bang, pero no llegó, en su lugar hubo silencio, y la vista del arma que se perdía entre las profundidades, a penas tuve tiempo para salvarla con mi pie izquierdo. Levanté la vista para contemplar el motivo de mi suerte: el delfín había muerto asfixiado por la lujuria del can, que aún permanecía con el pene clavado en la cabeza del palurdo. Al final el agua se tiñó de rojo… un poco de blanco.
Nadamos hasta la superficie sin mirar atrás, mi cuadrúpedo compañero se notaba contento, pues en la boca traía el arpa. Por alguna razón, quizá un recuerdo o una premonición, yo sabía que él la buscaba, aunque ignoraba para qué. Al fin salimos del agua, el viento invernal, la luna y el cielo nos dieron la bienvenida. A nuestra izquierda un hechicero y su fogata desafiaban la tensión superficial. “Sea bueno, sabio anciano, sáquenos del agua por piedad”, dijimos al unísono. El no dijo nada, pero las llamas de la hoguera se tiñeron de verde. A nuestro alrededor comenzaron a salir burbujas, el agua se agitaba con furia, luego, de justo bajo nuestros cuerpos, salió excelso y fulgurante el imponente Resurrecter, con sus velas negras hondeando al viento, con las troneras abiertas para lucir sus mortales cañones. La madera abrillantada, el agua escurriéndole por la borda, como una cascada; mi compañero y yo parados en el puesto del vigía. Cuando el navío hubo emergido pudimos ver al anciano ser consumido por su propio fuego, que se disolvió en el aire como una chispa, dejó en la noche un brillo verdeazulado, que como un aura bendita se adhirió al Resurrecter.
Comenzó a llover, el viento infló las velas a todo. Tomé el timón y zarpamos rumbo la luna. El can se quedó en el nido, empuñó el arpa y comenzó a tocar un réquiem hecho con la armonía de la nostalgia. Nunca vimos el sol, pero vimos ocho lunas atravesar el cielo y sesenta y cuatro grupos diferentes de estrellas. Nunca sentimos hambre, ni sed, ni soledad. El réquiem, el mar y el vendaval llenaron el silencio del viaje. Con el doceavo alunecer vimos aparecer en el horizonte doce suculentas siluetas femeninas, haladas, como ángeles. Fijamos rumbo a su posición, pero no las alcanzaremos sino hasta dentro de cuatro lunas. Llegaremos cuando la luna este en agonía, los ángeles nos verán y bajarán a nuestro encuentro. Serán hermosas, de piel azul y cabello castaño, con utópicos senos, muslos de divinidad e indecible mirada repleta de pasión. Sus labios serán violetas, carnosos y con aroma de cereza. Sus altas suaves como el algodón, blancas como la nieve, serán nubes de amor. Estarán desnudas, ansiosas de placer, mi compañero y yo sabremos atenderlas. Cuando bajen haremos una orgía sin límites, serán amadas, mamadas y sodomizadas. Y les va a gustar, pedirán más, les daremos, les haremos, las divinizaremos, las someteremos…
Al vigésimo cuarto día de orgía cuatro de las haladas ninfas yacerán muertas, pero aún como parte del fetichismo. De pronto ellas tendrán hambre, se volverán caníbales, querrán que comamos la carne de sus hermanas fenecidas, que tengamos sexo mientras comemos. Lo haremos durante dieciséis días. Por fin esa escena acabará, los ángeles se volverán harpías, les saldrán colmillos y garras, su piel putrefacta mostrará sus huesos muertos, los ojos se les pondrán blancos, correremos de ellas, saldremos de ahí con treinta y dos rasguños cada uno, el canino correrá a su camarote por el arpa, tras lo cual saltaremos de popa y dejaremos nuestras vidas a la voluntad de Poseidón. Veremos al Resurrecter morir por una explosión en el polvorín, se hará añicos, volarán astillas y también plumas de estúpidas arpías. Nadaremos hasta un trozo de madera y quedaremos inconcientes.
Shit, calla, parece que va a despertar. Se llama Rip Vinward Mandú, la cosa que lo acompaña es un humano. Es la mano derecha de su amo, el poderoso mago Elernoth, rey de Ariknok, la ciudad edificada sobre las nubes por los seres parecidos al viento. Por eso no es raro que ahora viajen sobre cómodos cirros, duermen en paz, descansan de su ardua travesía, en especial el asesino del rey, el buen Rip, que como siempre cumple con su encargo. Mírenlo, con el hocico aferrado al arpa de Orfeo, seguro mato a miles para conseguirla, es un héroe, es el que mantiene el tributo a Tiamat por el agua de nuestra lluvia. Somos los que habitamos el cielo, los que no se pueden ver, los moradores de la ciudad de basalto invisible y esencia de ónice; los que transportan la lluvia, los que empujan las nubes, castigando o maldiciendo, somos el huracán, la inundación y la sequía, somos los hijos de Enki, los que son anteriores al tiempo, más viejos que la estirpe de Llavé, los que han visto la ira de Nyarlathotep, el caos de los Ekliz, la matanza de Aurón, el despertar de Azag-Thoth, y seguimos en este plano que va más allá de la vida, pero le es similar.
Despertó a los pies de su amo, con el humano recostado a su derecha. El gran Elernoth se mostraba furioso, no concebía la presencia de tal repugnancia en su palacio, lo miraba con asco y desprecio, sin dejar de acariciar el lomo de su espíritu y mensajero, Rip el asesino. Un guardia con una vara enorme comenzó a picar mis costillas, me sacó de mi inconciencia. Contemplé al canido con su amo, quien me miraba con asco y repulsión, a su lado estaba el arpa dorada de Orfeo. Y dijo el rey de los eres parecidos al viento: “Entiendo que salvaste a mi can de ser profanado por un despreciable palurdo marino, lo agradezco. Como muestra he decidido ser clemente contigo: te premio con el sacrificio a Azag-Thoth, tu miedo será su alimento. Y como ha sido mi mensajero el principal beneficiado, será el quien desollé tu carne.”. Dicho esto el can se abalanzó sobre mí, pero no sentí dolor.
Sentí agrado al verme morir, reía, yo… no era yo ¿Quién era? Mi perro desmembraba mi cuerpo, la boca del dios demente devoraba el dolor, mis gritos. A mi alrededor había miles de guardias y cortesanos, levanté la mano para que alguien limpiara los restos de suciedad humana… Mi mano estaba hecha de algo parecido al viento. Mi can se acercó a mí, como por reflejo lo acaricié. Y entonces lo comprendió, él era ahora el rey de los seres parecidos al viento, el rey que carga en el cuello la llave que abre la puerta de los tiempos anteriores al tiempo. Sin más tomó el arpa, abrió la puerta y me vi arrojándome a la inmensidad fría donde el tiempo y el espacio se retuercen. Abro los ojos, contemplo el mundo, mi planeta, la Tierra. Tengo el arpa entre las manos, voy cayendo a gran velocidad y de repente me encuentro frente a mi cama, contemplando mi cuerpo dormido. Hago sonar las cuerdas y veo morir a la gente, veo desaparecer todo rastro de civilización; toco otra nota, el suelo se llena de árboles e inmensas ardillas. Hay lluvia en todos lados, la niebla flota sobre la tierra y ya no hay sol, sólo luna, estrellas y… ¡Un inmenso calor, me derrito! Ah, fue ese maldito otra vez, entra por mi ventana y su malhadada luz quema mi cara, amaneció, el sol lo anuncia, como cada maldita mañana me tengo que levantar ¡Dios quiero vivir dormido en vez de estar despierto en la muerte, en el infierno! Me baño, me aseo, los sueños son tan bellos.
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