
Es cierto, estamos huyendo. No, más bien, están huyendo. No es mi asunto, yo sólo voy a bordo de este acelerado carruaje tirado por seis corceles locos, conducido por dos hermanos que se desprecian mutuamente, al uno por ser negro y al otro por ser blanco. Se odian, darían todo por ver al otro derrotado, nunca están de acuerdo en nada, pero esta vez ambos corren del mismo monstruo. Fue su pleito, fue su error.
Salí de Eckatl Denysy el jueves, mi destino era el puerto de Innsmouth. Se me había encomendado la misión de llevar a los lugareños varias cajas llenas de razonilina, la causa: una terrible epidemia de locura se había desatado en la ciudad. “Los destrozos han aumentado en los últimos días, la gente sale desnuda a las calles, donde tienen lugar violentas bacanales; algunos sufren horribles ataques, se retuercen como si algo siniestro estuviese quemando cada milímetro de su verdosa piel; han saqueado los templos, quemado los antiguos textos y reducido a ceniza los ídolos, los estandartes; entraron a los juzgados, todo el que se les enfrentó terminó muerto, y quemaron cada copia de la constitución, lo que nos ha convertido en un pueblo sin ley, en especial ahora, pues se teme la pronta incursión de infectados en la alcaldía, estos buscan al presidentito para ser ofrecido en sacrificio, su sangre será un obsequio para Myariakna, diosa insurrecta de dementes insurrectos, creada por la imaginación colectiva. Es menester administrar una dosis diaria de cocaína a los cuacos que tiren el coche, por cuestiones de premura, ya que más de uno está empezando a creer en algunos viejos rumores de la zona, rumores acerca de los Mash, un pescador de apellido Conged y un escultor llamado Jeffrey Corey…”, decía la carta que recibimos hace cinco días, en la que se nos rogaba por provisiones de razonilina para atender el azote de demencia.
Los preparativos de mi viaje comenzaron de inmediato. Apenas fue leída la carta un mensajero fue enviado a mi casa para notificarme que debía descansar bien, pues a la mañana siguiente comenzaría la travesía rumbo a Innsmouth. Buscaron a los seis corceles más veloces de Eckatl Denysy, se les alimentó como a reyes y se les envió a dormir. Al final cargaron el carruaje con el medicamento necesario para hacer frente a la tragedia de nuestros hermanos. No se reparó tanto en quién sería el cochero, pues e todo Eckatl Denysy sólo hay dos sujetos que conocen el camino a Innsmouth: los hermanos Whifé. Los mismos que ahora llevan mi vida en sus manos e intentan a toda costa salvar las propias de este monstruo de sombras con forma de lobo, guardián del bosque y la montaña.
Lo de los cocheros fue una decisión estúpida pero necesaria, pues como ya he mencionado nunca están de acuerdo en nada. Son criaturas extrañas, oriundas del condado de Gravehome, lugar a la izquierda del lago y que colinda con los cementerios de Mimble Wimble. No tiene rostro y andan desnudos todo el tiempo, su piel es parecida a la de una ballena, la de Izqker es toda de una blancura nívea y sin un solo vello, la de Derékch es igual pero de un brillante color negro.
A la mañana siguiente partimos a cumplir la misión. Los dos primeros día el viaje trascurrió en calma. Los hermanos no cruzaron palabra alguna, ni entre ellos ni conmigo. Los hermanos Whifé no duermen ni comen, lo cual evitaba descansos e incluso parar la marcha durante la noche. Atravesamos espesos y endiablados bosques de hayas y encinos, llenos de criaturas asechantes e indecibles maldiciones. Sorteamos el camino con bien, al menos hasta ayer. Al anochecer del segundo día contemplamos la Luna Última, señal para viajeros desde ancestrales generaciones. Este hermoso astro, nacido de la sonrisa de una niña divina, irradia un poderoso brillo azulado que colorea los bosques con pinceladas tristes de belleza y miedo. Esta luz de sonrisa sólo brilla sobre los bosques del este y hasta las altas montañas del norte, verla indica que saldrás de Eckatl Denysy para encontrarte en el reino de Clàrenn en cuanto la Luna Última se oculte en el cielo.
Cuando desperté la mañana siguiente vi que nos hallábamos cruzando las montañas de Filo, nombradas así en honor a Filo, el primer rey de Clàrenn, que se coronó tras vencer a los Grryawas en la batalla de Zmhif, librada en estos grises y peligrosos picos tapizados de abetos. El tercer día transcurrió en calma y silencio, incluso los caballos parecían silentes en su andar, como si se hubieran quitado las herraduras. Y es que por todos es sabido que en estas montañas habita el espíritu de Tryhu, el demonio lobo hecho de sombras que duerme tranquilo mientras el bosque este en silencio; uno no debe despertarlo, pues es violento y despiadado en sus horas de vigilia, todo aquel que le despierta no hace si no entregarse a los colmillos de la muerte. Tryhu es el demonio que nos persigue ahora, sus malhadados aullidos clama por nuestra sangre.
Al anochecer comenzó nuestro fin. Los hermanos Whifé perdieron el rumbo y se hicieron de discusiones a susurros. Como ya he dicho, nunca están de acuerdo y se odian, por lo cual las discusiones fueron subiendo de tono poco a poco. Cuando escuche sus voces a través de la madera del carruaje supe que era momento de mediar. Asomé la cabeza y comenzamos un susurroso arreglo. Se acordó continuar en línea recta un rato más, rumbo a la estrella roja que a veces se pone verde, para llegar al mirador del águila, de ahí podríamos orientarnos con mayor facilidad y retomar el rumbo antes del amanecer. ¡Maldito, maldito sea el momento en el que decidí dormir!
Soñaba con ella, con su piel morena y su cabello color de noche, con su miradita de luz tranquila y su voz de sinfonía. Soñaba que con ella reía, que acariciaba su melena y la tomaba entre mis brazos, y ¿la besé? No pude saberlo, pues ese tétrico aullido que recorrió mi espina en forma de escalofrío me sacó de mis sueños. Los Whifé aún discutían a gritos. “¡A la derecha!”, gritaba Izqker. “¡No, idiota, a la izquierda!”, replicaba Derékch. Por la ventana trasera pude ver un viento negro que se retorcía formando un torbellino de la más cruel y malvada tiniebla. Habían despertado a Tryhu: estábamos muertos. En mi pánico atiné a sacar la cabeza por la ventana y grité con toda el alma “¡ARRE!”. Los caballos empezaron este desquiciado galope que ya se ha prolongado por dos eternas horas.
Los Whifé conducen sin rumbo estos corceles desbocados por el miedo. Yo no puedo hacer nada, pues solo voy adentro del carruaje, llevado a voluntad de nadie y envuelto en la consecuencia de las discusiones sin diálogo. Lo que más me duele es saber que la gente de Innsmouth no recibirá la razonilina que necesita para salvarse, pues cuando Tryhu nos alcance el primero en morir seré yo, la medicina caerá por alguno de estos acantilados y la misión será recordada con vergüenza. Los Whifé quizá se salven, pues cave la posibilidad de que Tryhu no tenga tanta hambre y sacié su sed de muerte sólo conmigo, en este caso ellos podrán huir a tierras lejanas y olvidarse de la misión que había en sus manos. Tengo miedo, pues tras nosotros viene corriendo el demonio lobo hecho de sombras, sus aullidos flagelan mis oídos como hierros candentes y el fulgor de su mirada se clava hasta lo más hondo de mi alma y me hace llorar, me duele saber que pasé los últimos momentos de mi vida huyéndole al destino, prolongando sólo un poco mi último respiro ¡No lo soporto, demonio del mal, te maldigo hijo de puta! ¡Por favor mátame ya!
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