lunes, 22 de febrero de 2010

Huyéndole al Destino ©


Es cierto, estamos huyendo. No, más bien, están huyendo. No es mi asunto, yo sólo voy a bordo de este acelerado carruaje tirado por seis corceles locos, conducido por dos hermanos que se desprecian mutuamente, al uno por ser negro y al otro por ser blanco. Se odian, darían todo por ver al otro derrotado, nunca están de acuerdo en nada, pero esta vez ambos corren del mismo monstruo. Fue su pleito, fue su error.
Salí de Eckatl Denysy el jueves, mi destino era el puerto de Innsmouth. Se me había encomendado la misión de llevar a los lugareños varias cajas llenas de razonilina, la causa: una terrible epidemia de locura se había desatado en la ciudad. “Los destrozos han aumentado en los últimos días, la gente sale desnuda a las calles, donde tienen lugar violentas bacanales; algunos sufren horribles ataques, se retuercen como si algo siniestro estuviese quemando cada milímetro de su verdosa piel; han saqueado los templos, quemado los antiguos textos y reducido a ceniza los ídolos, los estandartes; entraron a los juzgados, todo el que se les enfrentó terminó muerto, y quemaron cada copia de la constitución, lo que nos ha convertido en un pueblo sin ley, en especial ahora, pues se teme la pronta incursión de infectados en la alcaldía, estos buscan al presidentito para ser ofrecido en sacrificio, su sangre será un obsequio para Myariakna, diosa insurrecta de dementes insurrectos, creada por la imaginación colectiva. Es menester administrar una dosis diaria de cocaína a los cuacos que tiren el coche, por cuestiones de premura, ya que más de uno está empezando a creer en algunos viejos rumores de la zona, rumores acerca de los Mash, un pescador de apellido Conged y un escultor llamado Jeffrey Corey…”, decía la carta que recibimos hace cinco días, en la que se nos rogaba por provisiones de razonilina para atender el azote de demencia.
Los preparativos de mi viaje comenzaron de inmediato. Apenas fue leída la carta un mensajero fue enviado a mi casa para notificarme que debía descansar bien, pues a la mañana siguiente comenzaría la travesía rumbo a Innsmouth. Buscaron a los seis corceles más veloces de Eckatl Denysy, se les alimentó como a reyes y se les envió a dormir. Al final cargaron el carruaje con el medicamento necesario para hacer frente a la tragedia de nuestros hermanos. No se reparó tanto en quién sería el cochero, pues e todo Eckatl Denysy sólo hay dos sujetos que conocen el camino a Innsmouth: los hermanos Whifé. Los mismos que ahora llevan mi vida en sus manos e intentan a toda costa salvar las propias de este monstruo de sombras con forma de lobo, guardián del bosque y la montaña.
Lo de los cocheros fue una decisión estúpida pero necesaria, pues como ya he mencionado nunca están de acuerdo en nada. Son criaturas extrañas, oriundas del condado de Gravehome, lugar a la izquierda del lago y que colinda con los cementerios de Mimble Wimble. No tiene rostro y andan desnudos todo el tiempo, su piel es parecida a la de una ballena, la de Izqker es toda de una blancura nívea y sin un solo vello, la de Derékch es igual pero de un brillante color negro.
A la mañana siguiente partimos a cumplir la misión. Los dos primeros día el viaje trascurrió en calma. Los hermanos no cruzaron palabra alguna, ni entre ellos ni conmigo. Los hermanos Whifé no duermen ni comen, lo cual evitaba descansos e incluso parar la marcha durante la noche. Atravesamos espesos y endiablados bosques de hayas y encinos, llenos de criaturas asechantes e indecibles maldiciones. Sorteamos el camino con bien, al menos hasta ayer. Al anochecer del segundo día contemplamos la Luna Última, señal para viajeros desde ancestrales generaciones. Este hermoso astro, nacido de la sonrisa de una niña divina, irradia un poderoso brillo azulado que colorea los bosques con pinceladas tristes de belleza y miedo. Esta luz de sonrisa sólo brilla sobre los bosques del este y hasta las altas montañas del norte, verla indica que saldrás de Eckatl Denysy para encontrarte en el reino de Clàrenn en cuanto la Luna Última se oculte en el cielo.
Cuando desperté la mañana siguiente vi que nos hallábamos cruzando las montañas de Filo, nombradas así en honor a Filo, el primer rey de Clàrenn, que se coronó tras vencer a los Grryawas en la batalla de Zmhif, librada en estos grises y peligrosos picos tapizados de abetos. El tercer día transcurrió en calma y silencio, incluso los caballos parecían silentes en su andar, como si se hubieran quitado las herraduras. Y es que por todos es sabido que en estas montañas habita el espíritu de Tryhu, el demonio lobo hecho de sombras que duerme tranquilo mientras el bosque este en silencio; uno no debe despertarlo, pues es violento y despiadado en sus horas de vigilia, todo aquel que le despierta no hace si no entregarse a los colmillos de la muerte. Tryhu es el demonio que nos persigue ahora, sus malhadados aullidos clama por nuestra sangre.
Al anochecer comenzó nuestro fin. Los hermanos Whifé perdieron el rumbo y se hicieron de discusiones a susurros. Como ya he dicho, nunca están de acuerdo y se odian, por lo cual las discusiones fueron subiendo de tono poco a poco. Cuando escuche sus voces a través de la madera del carruaje supe que era momento de mediar. Asomé la cabeza y comenzamos un susurroso arreglo. Se acordó continuar en línea recta un rato más, rumbo a la estrella roja que a veces se pone verde, para llegar al mirador del águila, de ahí podríamos orientarnos con mayor facilidad y retomar el rumbo antes del amanecer. ¡Maldito, maldito sea el momento en el que decidí dormir!
Soñaba con ella, con su piel morena y su cabello color de noche, con su miradita de luz tranquila y su voz de sinfonía. Soñaba que con ella reía, que acariciaba su melena y la tomaba entre mis brazos, y ¿la besé? No pude saberlo, pues ese tétrico aullido que recorrió mi espina en forma de escalofrío me sacó de mis sueños. Los Whifé aún discutían a gritos. “¡A la derecha!”, gritaba Izqker. “¡No, idiota, a la izquierda!”, replicaba Derékch. Por la ventana trasera pude ver un viento negro que se retorcía formando un torbellino de la más cruel y malvada tiniebla. Habían despertado a Tryhu: estábamos muertos. En mi pánico atiné a sacar la cabeza por la ventana y grité con toda el alma “¡ARRE!”. Los caballos empezaron este desquiciado galope que ya se ha prolongado por dos eternas horas.
Los Whifé conducen sin rumbo estos corceles desbocados por el miedo. Yo no puedo hacer nada, pues solo voy adentro del carruaje, llevado a voluntad de nadie y envuelto en la consecuencia de las discusiones sin diálogo. Lo que más me duele es saber que la gente de Innsmouth no recibirá la razonilina que necesita para salvarse, pues cuando Tryhu nos alcance el primero en morir seré yo, la medicina caerá por alguno de estos acantilados y la misión será recordada con vergüenza. Los Whifé quizá se salven, pues cave la posibilidad de que Tryhu no tenga tanta hambre y sacié su sed de muerte sólo conmigo, en este caso ellos podrán huir a tierras lejanas y olvidarse de la misión que había en sus manos. Tengo miedo, pues tras nosotros viene corriendo el demonio lobo hecho de sombras, sus aullidos flagelan mis oídos como hierros candentes y el fulgor de su mirada se clava hasta lo más hondo de mi alma y me hace llorar, me duele saber que pasé los últimos momentos de mi vida huyéndole al destino, prolongando sólo un poco mi último respiro ¡No lo soporto, demonio del mal, te maldigo hijo de puta! ¡Por favor mátame ya!

El Pintor Silencioso ©


Hubo una vez, en un lejano lugar, un pintor muy pobre y de extraño estilo. Silencio era su segundo nombre, el primero no le sé, así que no mentiré acerca de tan notable personaje. Tenía dotes muy peculiares que desde pequeño se notaron: sus ojos eran la causa. La pupila semejaba la de un gato, poseía el brillo del rubí y el color de la sangre, así como una mirada tan profunda, tan misteriosa, que era capaz de ver, escudriñar el alma de los seres. Aquellos ojos no veían el mundo que todos nosotros vemos –eso me han dicho-, su mundo era oscuro, cruel, lleno de indecibles aberraciones que ni siquiera Dios podría concebir; hecho de sombras y contornos rojos; poblado de almas crueles, malvadas, o bien, demasiado inocentes e incautas. Su semblante inexpresivo era fruto de las heridas que el paso grabó en su espíritu, las cuales, al paso de los años, convirtieron su voz en una aplastante afonía.
Comenzó a pintar durante su juventud. Sé que todo comenzó una tarde lluviosa, el pintor había salido a dar una caminata por el parque en compañía del vendaval. Le agradaban esos paseos, pues en ellos encontraba empatía con el mundo gris y solitario que se revela bajo una tormenta. El suelo se mostraba lleno de charcos, espejos del cielo; los árboles se mecían al son de los melodiosos susurros y silbidos que Eolo tocaba entre sus ramas. El pintor silencioso caminaba con la lluvia como único abrigo, con la mirada perdida en el alto cielo, como si anhelara tener un enorme plano inclinado que le permitiese ir a pie hasta las estrellas. De repente, en lo profundo del parque se escucho un ruido ignoto e indecible que sacó al pintor de su ensueño. Como todo el que se encara con lo desconocido, no supo cómo reaccionar. Quedóse inmóvil unos cuantos segundos, pensando que no era verdad, pues tan extraño crujido el mundo no puede habitar. Salió de su sopor, como por reflejo obedeció el instinto de satisfacer su curiosidad: corrió hasta el lugar del que había salido el ruido.
En el único claro de una espesa área verde poblada de pinos, pudo ver un humeante agujero rodeado por un cráter de cerca de dos metros de diámetro. Una nube de humo verde se estaba formando seis metros sobre su cabeza, parecía absorber el agua de la lluvia y creaba una especie de tejado. Se acercó al cráter y del interior del hoyo salió un horror indescriptible, parecido a una enorme cucaracha, con horribles colmillos en la boca, cavidad maldita que sólo sabía escupir veneno. Se arrojó sobre él con intenciones malignas, dando un terrible rugido. El pintor cerró los ojos esperando el abrazo de la muerte, pero, para su sorpresa, este no llegó. En lugar de la muerte, ahora lo abrazaba una persona de aspecto amigable, piel morena y anteojos, vestido en fina mezclilla y envuelto en un elegante abrigo negro. Aquello no podía haber sido una alucinación, pues el cráter y la nube seguían en su lugar.
– Gracias por mirarme –dijo el extraño con un tono agradecido-, me has liberado de ese horrible cuerpo –el joven comenzó a rebuscar entre los incontables bolsillos de su abrigo, sacudiendo cada milímetro de tela, después de un rato, con una aparente desilusión, se detuvo y sacó un lápiz-. Lo siento, me hubiese gustado darte un saco con un poco de oro, pero de momento no traigo ninguno, por favor acepta este lápiz como muestra de mi gratitud. Este pequeño e insignifícate lápiz nunca se acabará, siempre y cuando lo plantes en una maceta después de usarlo, lo riegues bien y lo uses sólo durante las noches. Bueno, suerte. Debo irme, pues mi casa espera, si algún día me necesitas puedes encontrarme en al número cuatro de la Maved Street, siempre estaré dispuesto a ayudarte en todo lo que este a mi alcance. Lindos ojos, cuídate.
Aún no había salido de su asombro, por eso no pudo ver al extraño alejarse y sacar un saquito de oro que comenzó a acariciar como a un bebé. Al volver en sí, se percató de que en el lugar ya no había ni nube, ni humo, ni cráter, pero en su mano izquierda sostenía el lápiz inacabable. Luego de ese extraño día, tras calmar sus nervios, fue que se convirtió en pintor.
Aunque alquilaba un cuarto en el número doce de la Tiamat Street, en casa de una mujer anciana apodada La Mongola, justo a tres calles de la Maved Street, nunca sintió en realidad el deseo de visitar a ese extraño muchacho. En su pieza dedicaba la vida a la lectura y la reflexión, así, un día concluyó que no quería vivir uno más de sus días entre las demás personas del lugar, pues eran malas y mezquinas, una plaga, una peste, una mancha entre la belleza del mundo. “Sólo buscan satisfacer su sed de maldad, no piensan en nadie salvo en ellos mismos. Viven compitiendo por llegar a la cúspide de una montaña. Podrían ayudarse mutuamente y ascender todos poco a poco, pues en la cima seguro hay lugar para cada uno, sin embargo mírenlos, se atacan, se hieren y asesinan sólo por poseer toda la cumbre para el más fuerte y voraz. El grande se come al pequeño, en su “evolución” sólo han aprendido de avaricia, se modernizan con el fin de dominar el tablero, en busca del poder que doblegue a todos a sus pies y les otorgue la cumbre de la montaña. No les importa nada: si tienes oro compras un esclavo, si tienes el medio secas cerebros, si tienes conocimiento lo vendes, si tienes armas las usas, si puedes matar… matas. A nadie le importa nadie, todos ven por sus propios dientes. No importa el crimen que cometas, importa que lo puedas costear ¿Y qué si me adueño el presupuesto de educación? A fin de cuentas el que no va a tener escuela será Sutanito, él va a ser el que acabe robando migajas de pan, lo van a encerrar en una cárcel llena de gente de su calaña y va a sufrir él, no yo ¡así que presta la morralla! No hay problema en que la gente sufra, no mientras el poderoso tenga su retrete de oro… No, no me verán ser parte de esta maldita sociedad, a partir de ahora dirijo mis pasos al exilio, a la salvación de mi alma.”. Tal fue su pensamiento…
Optó por vivir a contracorriente: viviría mientras todos los demás duermen, y dormiría cuando su enemigo, el sol, brillara en lo alto; no volvería a salir de su pieza salvo en las tardes nubladas, de lluvia y vendavales, y en las noches estrelladas con su luna confidente. Desde entonces dedicó sus noches a pintar, a crear bellas y tenebrosas obras de arte usando sólo el lápiz que le había dado el extraño asco que se convirtió en persona, sus cuadros reflejaban su sentir hacía la raza humana, la plasmaba con todas las vibras que percibían sus ojos de roja pupila, los retrataba en su plena esencia maligna; sin duda su obra ominosa hablaba de crímenes atroces, homicidios sangrientos, lastimosas traiciones, burlas hirientes, heridas mortales y personajes malignos o miserables. Lo primero que pintó fue el Adiós a mí, un autorretrato que lo mostraba de cara a un espejo mientras se arrancaba la piel con una navaja corriente, de bajo su piel se veía emanar el brillo de una ignota luz. Se dice que lo pintó para representar el odio que se tenía, no era por ser quién era, si no por ser un humano.
Cientos de obras pintó con el color del tiempo, algunas más impresionantes que otras, pero todas bajo la perspectiva de su roja pupila de gato, quién podría ignorar su Papi ha muerto, o el dantesco Nacer en el infierno, así como La sangre de mis hermanos. Con el devenir de los años, el pintor silencioso fue variando un poco en las escenas que trazaba, volviéndose hacia temas más grises y melancólicos, iguales a los sentimientos que inspiraron obras maestras tales como el Me muero, la Caminata en el cementerio, el Hombre tiste frente al lago y la inolvidable Luna, cásate conmigo. Una noche, mientras caminaba por el parque, en compañía de la luna, la lluvia y el viento, llegó hasta el lugar en el que le había sido dado el lápiz interminable. Se sentó en una roca a fumar algo en una pipa de vidrio y se puso a reflexionar acerca de su vida como pintor. Uno no puede saber lo que había en su corazón, pues la vida había sido siempre muy dura con él, además siempre se le vio solo, pues el pasado le había enseñado dolorosas lecciones de amor, nadie sabe lo que pensó, la visión que tuvo o la verdad que se le reveló, lo que se comenta es que aquella noche, en compañía de su alma, lloró. Aquella noche decidió dejar por siempre la vida de artista, sólo pintaría un cuadro más, el cuadro que sería su obra maestra, obra que no representaría otra cosa que su propia vida, vista desde su particular perspectiva.
Díez noches de ocio y lectura después, tras una ingesta de acido lisérgico, puso manos a la obra. Fue hasta su ventana, en la que reposaba la maceta que contenía al lápiz inacabable, cerca de ella estaba una linda regadera de aluminio decorada con motivos teotihuacanos. Tomó el lápiz y comenzó a pintar. El proceso tardo mucho tiempo, uno no sabe con seguridad cuánto, pero fue bastante, se enfocó tanto a ello que la Luna optó por dar su amor a otro tipo de artista, uno que le diera algo de su tiempo, quizá un poeta, quizá un escultor. En realidad nunca, nadie, vio el dichoso cuadro, pero por las tabernas y en los círculos de artistas se dicen muchas cosas, otras se rumoran en voz baja. La versión más famosa acerca del contenido de este último cuadro, apunta que en él sólo había una silueta masculina, avanzaba rumbo al horizonte sobre un camino que parte a la mitad el suelo y le da la forma de un corazón roto; llueve, el cabello del hombre acompaña en un baile a la brisa; árboles y fuentes rodeados por los fantasmas de su pasado, un cielo salpicado de estrellas como homenaje a la luna; en el punto donde la tierra se une con el cielo hay una gran luz que contornea la silueta de una mujer; al centro, la luna brilla esplendorosa, ilumina el mundo, deja ver la indecible naturaleza del hombre, retratado en la flor de sus sentimientos; el éter y sus lumbreras rodean el corazón; en la escena no es de noche, no es de día… Con el último trazo apagó la luz, clavó su lápiz en la maseta, lo regó y se fue a dormir sin siquiera admirar su obra.
Soñaba medio barco de bonita caldera, con sus redes camaroneras y tallado en fina madera; navegaba al azar su derrotero sobre las olas de medio mar inmenso, un viento atroz y dantesco; en media gélida noche medio séquito de tintineantes estrellas acompaña la media nívea luna que atestigua dolosa tan cruel desventura. De una enorme ola salió un indecible horror, con forma de cucaracha y sin pizca de honor; enorme bestia, hipócrita, falsa y ruin, el barquito se esforzaba en hundir; más él era fiero marinero: “Fenecer antes de caer”. La bestia escupía chorros negros de veneno con tino certero. Medio barco comienza a hundirse y la bestia golpea navío y capitán. Ante la muerte segura sus pensamientos se nublan de amargura, al final logra reparar: “Media alma me falta para poderme levantar”…
Despertó al atardecer, no vio su obra sino hasta después de asearse, tomar un buen desayuno y escuchar algo de Bach; esperaba el ocaso, pues su luz hacía brillar las líneas del carbón con una rara chispa dorada que él apreciaba muchísimo. Tras una hora la dichosa luz hizo su aparición en la ventana, la sombra de la maseta con el lápiz plantado se hizo ver por el suelo de la alcoba, el pintor salió de sus cavilaciones, dejó a un lado la pipa que estaba fumando y fue a pararse frente a su lienzo. Lo que vio no hizo eco en su inexpresivo rostro; no hizo nada, sólo se quedó ahí parado, dejándose envolver en la magia de su ser. No hizo nada salvo mirar y sentir su obra, su alma y vida. Cuando la luna asomó su pálido rostro de brillo azulado por la ventana del pintor, lo encontró aún absorto en la pintura, viajando en sus ensueños, pasiones y recuerdos, totalmente extasiado. La luna le oyó decir: “Bella luna, me alegra verte otra vez, eme aquí parado, juzgo y pienso, releo en las entrañas de mi ser. Busco en mi amargura y decepción el detalle, el toque final que a mi bella obra haga brillar, que le quite eso que siento tan ajeno, eso que mis ojos no pueden concebir como real ¡Esta no puede ser mi alma! Y si lo es no la quiero, no así… A mi cuadro, autorretrato, un menester falta, lo siento perfecto, lo es, sin embargo me refleja incompleto. No importa donde ponga los ojos, no hallo el desperfecto, no veo la manera en que mi lápiz lo pueda curar o… ¡El lápiz! Eso es, el lápiz nada puede arreglar, pues en el lienzo ya es perfecto, nada sobra, nada falta, el cuadro es perfecto, mi alma… no, mi alma no lo es, pero es perfecta dentro de su imperfección, el cuadro es gris, igual que yo. Mi obra es hermosa, pero incapaz de transmitir un sentimiento, está gris, tan vacía como mi corazón, ahora lo veo lleno de dolor: al cuadro de mi vida no le falta si no el color”.
Aquella noche salió a caminar con la luna, buscaba las respuestas a preguntas incontestables, andaba con pasos pesados y abatidos, lloraba una que otra lágrima hacía su interior para ahogarse en penas, pensando en recuerdos que no existen, en las experiencias que no tuvo, en los años perdidos y en las nostalgias olvidadas que nunca parieron sueños...
Durmió la mañana siguiente. Al atardecer despertó aún triste, pero armado de valor: había decidido volver a salir de su pieza, a enfrentarse de cara contra las sociedad humana que tanto había odiado y que ahora le resultaba tan indiferente. Se paseó por las alamedas y los parques, ocasionalmente miraba a los niños jugar, a las señoras ir por el pan. Dio una vuelta por el centro. No pudo dejar de reparar en los payasos y mimos que tan miserables sentimientos le evocaron, tampoco en las miles de parejas enamorabas que se paseaban por las callejuelas iluminadas de naranja. “Algo me falta, algo me falta ¿Qué me falta para sonreír?”, pensaba en silencio, como si cuestionara al viento. Así siguió su caminata un rato más, hasta que se topó con una tienda de rustica construcción, la puerta ostentaba un rótulo en letras antiguas: “Todo para el artista. Abierto”. Un impulso extraño lo orilló a entrar, quién sabe, quizá la respuesta al problema de una obra de arte se encontrara en una tienda de arte… Un anciano de frágil aspecto atendía el lugar, tenía la coronilla calva, su poco cabello era cano y semejaba una nube de algodón; sobre su afilada nariz se detenían unas pequeñas gafas de lectura, a través de sus cristales los ojos del anciano lucían más grandes, dejaban ver su mirada lejana, perdida entre los parajes de su recuerdo, los ojos tibios, con el color del chocolate. El pintor silencioso se acercó al aparador, con sonido gutural hizo salir al anciano de su lectura.
– Bonitos ojos señor… déjeme ver… ¡Pintor! –dijo el viejecillo con una apacible voz de abuelito, tomó aire, y siguió hablando un poco más aprisa- ¿En que le puedo ayudar? ¿Un pincel acaso? ¿Quizá un lienzo? ¿Qué me dice de estos modernos aerosoles? ¿Crayones? O quizá un…
– No, no señor, espere –le interrumpió el cabizbajo pintor-, no sé que es lo que busco –se detuvo y lanzó un hondo suspiro-, creo que necesito… orientación.
– Mmm, ya veo, andas mal del corazón ¿Una dama?
– No, mi alma.
– Bien, pues qué le pasa.
– Le falta el color, es sólo un trazó gris y austero, menos que un esbozo de la nada.
– ¿Al despertar sientes que no vale la pena un día más, que no hay motivación en tu vida, que algo le falta a tu soledad y silencio?
– Algo así. Sabe lo qué es, pues me provoca en el pecho un terrible dolor.
– Es lo único que puede ser: necesitas la compañía del ser más peligroso en toda la creación, cura de males y origen de maldiciones. La malhadada, ominosa, la bella, la hermosa: la mujer.
­­– ¿Una dama? No señor, no es eso lo que me falta, lo que quiero es coincidir con mi retrato, no por su tono triste o su belleza, si no por su esencia. No es una dama lo que necesito, necesito algo más que una dama, necesito una acuarela de virtud y comprensión, que sepa escuchar a mi dolido corazón y encamine mi vida rumbo a la iluminación… quiero una acuarela para colorear mi vida.
– Pues por ahí debió haber empezado, para seres grises sólo una cura existe- el anciano comenzó a buscar entre los aparadores, tras un desbarajuste de cajas y artículos de arte regresó al aparador con un paquete, lo puso sobre la vitrina y le sacudió el polvo-, le presento a la hermosa Denidna, portadora de la esencia misma del color, va más allá del blanco y el negro, pues posee la luz y la sombra, no hay azul ni verde, sólo vida y serenidad, el morado no existe, pero en su lugar esta el misterio, el rojo en ella no es tono, si no verdadero fuego y verdadera pasión, tiene los colores de la alegría, la tristeza y el amanecer, de la noche y del atardecer ¿Habías visto este, el color del cariño, o el de la aventura, el de las sonrisas y los llantos? Hay color para las voces y los sueños, para los suspiros, los latidos, los abrazos y los besos. Denidna no es una acuarela, es el color de la ira y del miedo, del mar y del viento, de la lluvia y del eco, es el color de la locura, de la dicha y la desventura, es el color del cielo, del odio, del dolor. Denidna es el color de la vida, el tono que refleja la luz del amor. ¿Te interesa?
– Claro, tanto y más, pero me gustaría conocer el precio.
– El precio por el color de Denidna es muy alto, tanto así que sólo lo digo a clientes potenciales, no a pintores pobres como en tu caso. Créeme, es lo mejor, no quiero que te tortures sabiendo que Denidna nunca será para ti… ¡Perdón!, quise decir que nunca podrás pagar a Denidna.
Así es el mundo, sin dinero no eres nada, es muy simple. Sin más salió de ahí, encogido de hombros y, lejos de maldecir, puso un rostro sereno, pensativo. En su mente divagaba sobre cómo hacer para conseguir el color de Denidna, elucubraba planes de hurto y declaraciones de amor… Pasaba por una plazoleta empedrada, rodeada por edificios gubernamentales con los tejados rojos; cerca del kiosco pudo ver un conglomerado de personas, la mayoría vestida en ropas negras. Aquello no era un funeral, sino una especie de mercado ambulante formado por cerca de cincuenta artistas, todos pintores de diversos estilos. Algunos pintaban sobre la piel, otros en tela, papel e incluso sobre frutas. Se acercó a ver de qué se trataba. Así supo que en aquel lugar los pintores se reúnen a vender sus obras con el fin de ganarse el pan con humildad. En ese momento tuvo la idea que lo daría a conocer como artista, que lo llevaría a alcanzar la inmortalidad: regresaría la tarde siguiente y vendería todos sus cuadros, excepto el cuadro de su vida, con el dinero intentaría comprar a Denidna.
La tarde siguiente despertó emocionado, tomó todos sus cuadros, los envolvió con cuidado. Al final los amarró y los fijó al portabultos de su bicicleta. Tras un desayuno de plátanos y manzanas se lanzó a la aventura. Recorrió callejuelas tristes transitadas por personas invisibles, todos lo miraban, pues más de una vez perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer. Por fin llegó a la plazoleta, ocupó una banca vacía junto a una acaramelada pareja de jóvenes enamorados, aquí montó su exposición. Algunos dicen que por el miedo, yo digo que fue la casualidad: cuando el pintor terminó de colocar sus obras, la pareja se movió de su sitio, con una aparente expresión de miedo. Aquel día muchos artistas se acercaron para apreciar la obra del silente personaje, lanzaron halagos de todo tipo, sin criticar la obra, pues si hay algo que moleste a un artista es la palabra del crítico. Esa noche nadie compró uno sólo de sus cuadros, los cuales parecían alejar hasta a las moscas. Así pasaron varias tardes, hasta que un día se acercó un joven de aspecto amigable, piel morena y anteojos. El mismo que una vez fuera una terrible bestia de ignota procedencia.
– Hola hermano, me agrada verte de nuevo, qué haces.
– Nada, vendo mi obra con el fin de conseguir algo de dinero.
– Ah, con que eres un artista eh. Bien, déjame ver que tienes -el sujeto se aproximó a los cuadros, los miró todos durante unos minutos con una expresión de asombro-. Lindos, veo que usaste el lápiz que te obsequié, espero lo mantengas en una maceta.
– Claro…
– ¿Y pintas mucho? –preguntó sin quitar los ojos del Despertar en mis noches.
– Sí, no… Bueno, pintaba mucho, pues ahora me he retirado, sólo quiero terminar mi obra final. Por eso vendo mis demás obras: necesito color y dinero para obtenerlo.
– Sí, el dinero, es normal que los artistas padezcan por este menester. Sabes, yo también soy pintor, vine aquí a buscar una especie de representante, ya sabes, alguien que me monte una exposición en algún museo. Me gustaría darme a conocer y dar a la crítica algo de qué hablar. Bien, ahora debo irme, pero vendré mañana a vender algunas muestras de mi trabajo. Cuídate… oh, por cierto, espero algún día puedas visitarme, recuerda, el número cuatro de la Maven Street.
Dicho eso, se marchó. La tarde siguiente, cuando el pintor silencioso arribó a su sitio pudo ver una muchedumbre que rodeaba el puesto de un pintor, no le dio más importancia y montó su changarro. Al parecer aquel artista era demasiado bueno, pues todo el que se acercaba salía de ahí con un cuadro, a veces grande, a veces chico. Tras ver un rato a la gente, optó por quitarse la curiosidad, así que se acercó en silencio. El pintor no era otro que el extraño joven que alguna vez fuera una cucaracha con colmillos de veneno. A su alrededor había varios cuadros expuestos y mucha gente elegante que cerraba tratos con él. Escuchó a un periodista decir que su nota del día siguiente hablaría sobre Agnus Dei, el más prolífico artista de la década. Se acercó a un grupo de artistas de la zona, y les escuchó hablar.
– Vaya con el artista eh.
– Sí, le hacen demasiado alboroto. Ni pinta tan bien, es demasiado vacío, sin sentimiento alguno, no expresa nada.
– Claro, en mi opinión, colorea excelente, como un dios, pero de ninguna forma es un pintor.
En realidad el pintor silencioso no podía decir nada, pues si alguien vivía sin sentimientos era él. Optó por retirarse y volver a su sitio, pero entonces Agnus Dei advirtió su presencia. Y lo llamó ante la fina concurrencia.
– ¡Hey, miren a quién tenemos aquí! Ni más ni menos que mi hermano, el joven silencioso. Ven, acércate –un anciano tomo del hombro al pintor y lo encamino hacia Dei, cuando estuvo a su alcance, éste lo abrazó y lo presentó ante la muchedumbre-. El es mi hermano, él se encarga de cuidarme “la otra ala del museo” –sus palabras desataron una risilla entre la gente-, verán tengo otro tipo de obras, hechas a lápiz, si quieren mirar un poco por allá –dijo señalando el puesto del pintor-, podrán apreciar esta propuesta que tengo y por única ocasión llevarse algo por módicos precios.
Todos se encaminaron a la exposición del pintor silencioso, que ahora tomaban como obra de Dei, ni que mencionar tengo lo qué el pobre sintió en el alma por causa de la alta temperatura de su sangre. Al ser reducido ante la concurrencia a un mero cuidador, nadie ponía en él el mayor reparo. Dei, por su parte se hallaba dando un discurso sobre la eficacia del lápiz para retratar pesadillas, cuando terminó, un aplauso rompió el aire de la noche, para desatar luego una serie de empujones y un tintinear de monedas. Debo aclarar que durante más de un siglo las hermosas y horrendas pinturas del pintor de las pupilas rojas fueron tomadas como obra de Dei, hasta que una investigación histórica sobre el arte del lugar puso en claro quién era el autor. A partír de entonces Dei fue tomado como un impostor y desechado de la historia en el cesto del olvido; el pintor silencioso, por su parte se volvió inmortal. Hoy sus cuadros se exhiben en el museo Pupila roja, en la oculta Kadath, para quien le itérese saber.
Cuando todos se hubieron retirado, se acercó a Dei para exigirle una explicación, sin embargo, antes de poder decir nada, el joven tomó la palabra.
– ¿Vienes a darme las gracias? No tienes porqué, digo, para eso estamos los amigos. Querías vender tus cuadros, bien, ya lo hice. Ahora debo irme, mañana no vendré por aquí, supongo que tú tampoco. Pasa por mi casa como a las ocho y haremos cuentas. Adiós.
Y se marchó tan rápido como había hablado. Pasó la noche en vela, de paseo por los bosques meditando con la luna las estrellas y el viento, al principio se mostró enojado, pues le habían robado la obra, pero poco a poco se fue sosegando. Pensó que al menos ahora tendría dinero y podría comprar a Denidna, la acuarela de lo vida, eso lo hizo sentir mejor y por primera vez en toda su vida, anhelante de ver un nuevo día, con el sol agonizante en el horizonte. Llegó a la Tiamat Street y entró en su cuarto para luego dormir y soñar con una vida en colores alegres, con colores que rellenaban el gris de su alma, con la compañía de una acuarela, de un arco iris, que tapara los huecos en su corazón.
A las seis de la tarde se encontraba paseando por el centro, entusiasmado en su silencio. Pasó cerca de la tienda de arte, en ese momento sintió un vuelco en el corazón que le provocó ganas de ir a ver a Denidna. Encaminó sus pasos hacía el lugar, al llegar entró y se topó con el anciano. “Ahora te atiendo, debo ir al retrete”, le dijo antes de desaparecer tras la puerta del baño. Escucho lamentos terribles provenientes de algún lugar del intestino del viejo, y en ese momento tuvo la idea más loca de su vida: Al ver que tenía algo de tiempo pasó al otro lado del mostrador, entró hasta los anaqueles y comenzó a buscar el estuche de Denidna. Tras mover varios artículos se encontró con el ser de sus sueños y esperanzas. Limpió el polvo, llevó la dama hasta el aparador y destapó la caja. Una cegadora, calida y envolvente luz de un color indecible salió del estuche, abrazó al pintor con una cierta ternura que le hacía sentir completo. Aquel sentimiento, ignoto para él, lo hizo sentir extraño, en ese momento, la luz dentro de la caja habló con el pintor, con una voz dulce, como melodía de vida y virtud.
– ¿Vienes a comprarme?
– No, aún no, pero pronto podré hacerlo. No sabes cuánto te necesito, eres lo único que le falta al cuadro de mi vida, tú, tu esencia, tus colores. No hago más que soñarte, dormido o despierto; sólo siento cómo te llevas mi corazón, cómo revuelves mi razón, es como, como si… estuviera enamorado.
– Entonces sí quieres comprarme –dijo con un rastro de desilusión-. Sabes, odio eso, que la gente intente comprarme, como si fuera un objeto, quizá así lo parezco, pero soy más que eso, tengo sentimientos. Lo malo es que esta es mi suerte, vivir encerrada en esta caja por siempre, hasta que alguien pague por mí ser ¿Por qué no sólo puedo irme con quien yo quiera?
– Puedes, aunque quizá no debes. Hay reglas, te entiendo, pero así son las cosas. Créeme, si por mí fuera ya te habría sacado de la tienda.
– Y qué te lo impide. Anda, pídeme que me vaya contigo, róbame ¿Acaso no me necesitas?
Miles de ideas pasaron por la cabeza del artista, una más descabellada que la otra. Meditó un momento y terminó por decidirse: robaría a Denidna. Cerró la caja, iba a levantarla, cuando de repente la puerta del baño se abrió. El anciano caminó hasta el mostrador y miró desconcertado la escena.
– ¿Ibas a algún lado con eso?
– No, sólo estaba apreciando la belleza de Denidna.
– Bien, pero no deberías hacerlo, ella no está a tu alcance, de hecho no está al alcance de nadie.
– ¿Y si deja que ella elija con quién irse?
– Sería algo muy romántico, pero así no son las cosas. Ella se va, colorea la vida de un pintor, pero yo qué gano. Lo siento, si la quieres tendrás que pagar por ella.
– Bien, volveré aquí a las nueve, tenga lista a Denidna, pues esta misma noche pienso llevarla conmigo –los ojos fulgurantes, y cristalinos, como gotas de sangre o anhelo-. No lo olvide, nueve en punto.
Y salió de ahí con rumbo al número cuatro de Maved Street para cobrar su dinero, el mismo que pagaría el corazón de Denidna, el mismo que traería fin a su vida gris tan llena de penurias. Caminó hasta el lugar por Redhead Street y Ward Street, que desemboca en Yargo Street, la cual dobla al sur en Maved Street. Tras el trayecto por calles llena de mendigos encontró el número cuatro. La casa era enorme, un palacio como todos los de esa calle de gente acaudalada, color blanco, con los tejados negros, de amplio jardín y estacionamiento, árboles rebosantes de manzanas, con un guardia en la reja armado de escopeta. “No inventes –pensaba- a este sujeto le va bien: gorila, fuente y toda la cosa, que chido por él… que mal que aquel día no trajera “un poco” de oro”. Se acercó con el guardia, le planteo la situación y cinco minutos más tarde ya se encontraba en la sala, esperando a su deudor anfitrión. De repente escucho pasos en la escalera, volteó y se encontró con la mirada del que alguna vez tuviera colmillos de veneno.
– Buena noche, estimado amigo, a qué debo el gusto de tu presencia, el placer de contemplar tus bellos ojos.
– Pues, aunque parezca frío, debo decir que vengo muy de prisa, pues el corazón me llama. Debo volver a la tienda de arte a las nueve para comprar la medicina de mi alma.
– Interesante, cuéntame más. Qué tipo de medicina requieres, quizá yo tenga un poco y no necesites gastar.
– Es una acuarela de éxtasis, de vida, de amor. Una luz de compañía, un halo de esperanza en mis tristes congojas. Es la vida que me falta, la mitad perdida de mi alma. El sueño de mis días y los suspiros de mis noches. Es…
– ¿Una dama?
– Más que una dama, una…
– Prostituta, digo, como dices “comprar”, supuse que… bueno.
– Más que una dama es una luz, un alma, un corazón. Por eso vengo a verte con tanta premura y descortesía. Necesito que me des el dinero de mis cuadros.
– Oh, ya veo. Debe ser una acuarela única si la describes con tanta pasión. Supongo que posee colores únicos, que sin duda debe hacer lucir esplendoroso cualquier cuadro, ¿no es así?
– Tanto y más. Por favor hagamos cuentas. Prometo venir de nuevo con más calma y un nuevo semblante, más agradable quizá. Es más, te invito a mi humilde cuarto en el doce de Tiamat Street, eres bienvenido cuando quieras, pero ahora dame el dinero.
– Ehm ¿Cuál dinero?
– El dinero que te dieron las personas que compraron mis cuadros.
– Perdón, has dicho tus cuadros. No señor, todos los periódicos dicen que aquellos eran “las más impresionantes obras de Agnus Dei” ¿A caso no lees el diario? -levantó una campanita de la mesita de centro, en el acto apareció un gorila de dos metros armado con una cachiporra- Quike, saca a este pordiosero de la casa y dile al guardia que si lo ve de nuevo por los alrededores tiene absoluta libertad de matarlo –y salió de la sala dando la espalda al pintor-. Buenas noches.
El gorila lo sujetó por la sudadera y lo arrojó a la calle. Sus rojas pupilas bullían en rabia y desconsuelo “El infeliz sí es una cucaracha después de todo”, pensó antes de ser arrojado al suelo. En ese momento empezó a llover, el pintor se hallaba tirado en la acera, si más esperanza y con el corazón destrozado. En sus congojas pudo escuchar la voz de la lluvia en su oído.
– Vamos, levántate ¿quién necesita dinero cuando se tiene corazón?
– Alguien que no lo tiene y vive con medio corazón.
– No seas tonto, abre lo ojos: estás enamorado de Denidna. ¿Crees de verdad que a ella le importa si tienes o no tienes dinero? Ella no quiere ser comprada, al menos no con oro, quizá tus sentimientos puedan pagar por su color. Si la quieres sólo pídele que venga contigo. Arriba ese animo, si te vas ahora seguro llegas a las nueve. No hay nada mejor que un hombre puntual. No lo eres, pero intenta serlo.
No pensó nada más, sólo se levantó, escupió la entrada de la casa de Dei y se marchó rumbo a la tienda de arte, abrigado por su inseparable amiga, la lluvia. Llegó a las nueve en punto, el viejecillo estaba por cerrar. La tienda seguía con su habitual aspecto rustico, la lluvia afuera y las velas adentro le conferían un cariz de misterio. Denidna esperada sobre el aparador, el estuche abierto y la luz de indecible color emanando como un rayito. Se acercó al aparador, miró fijamente los ojos del hombre, que se perturbó ante la mirada del pintor, pues sus ojos se veían especialmente malignos y enamorados aquella noche de invierno.
– Veo que volviste por la dama ¿Tienes el dinero?
El pintor no dijo nada, movió las manos como para llevarlas a sus bolsillos, el plan era arrebatar a Denidna del mostrador y salir corriendo con ella, pero en ese momento la escena se interrumpió con el sonar del teléfono.
­– Ahora te atiendo –dijo el anciano, que se alejó para contestar-.
El joven y silencioso pintor de rojas pupilas se acercó a Denidna y una vez más habló con ella.
­– Denidna, he venido por ti.
– ¿Vienes a comprarme?
– No, venía a robarte, pero eso no sería correcto, yo no soy un ladrón. Quiero decirte que te necesito, que sin ti no me siento vivo. En mis noches me siento frío y vacío, en mis sueños todo aparece a la mitad. Estoy enfermo, no dejo de suspirar, me muero, me enloquezco, necesito tu calor, tu abrazo, tu amor. Sin ti soy sólo un esbozo, una silueta de viento sin medio corazón; un bulto gris, una sombra, un fantasma, rodeado de formas rojas y apagadas, vivo gris, ser gris de vida gris. No quiero ser más así, cúrame, ven, quédate conmigo. Te quiero, por favor, complementa mi alma, dale al cuadro de mi vida un poco de tu color, no tengo cómo pagarte, salvo con amor. Denidna ¿le darías mi vida el color?
El bello espíritu del color clavó sus ojos en los del pintor, le dirigió la única mirada con que podía mirarlo en ese momento. El joven estaba en shock, esperando la respuesta de Denidna, una respuesta que cambiaría por siempre su forma de ver el mundo y de vivir en él, aquello sería un vuelco en la vida, quizá para bien, quizá para mal, para sonreír o para llorar. Ahora sólo podía esperar. Ese eterno segundo de silencio quedó hecho añicos cunado la dama hablo. Lo miró a los ojos y justo cuando iba a contestar alguien irrumpió en el lugar. No era sino el mismísimo Agnus Dei, envuelto en su abrigo negro de mil bolsas; el pintor lo miró con justo rencor, Dei lo miró con altanería. El anciano dejó el teléfono y volvió al aparador.
– Buenas noches señor Dei, qué lo trae a tan humilde tienda –dijo el anciano con su voz apacible-.
– Verá, estoy buscando unas acuarelas muy especiales, son más o menos como –en ese momento vio a Denidna sobre el cristal y se aproximo hasta ella apartando al pintor con un tosco empujón-… ¡estas! Sí, esta es la acuarela que busco, cuánto cuesta.
– Espere un momento señor Dei, este muchacho llegó aquí primero. Dime hijo ¿tienes el dinero para pagar a Denidna?
Una sonrisa burlona se dibujó en la cara de la cucaracha venenosa, pero no dijo una palabra. El pintor no tuvo otra respuesta ante su impotencia.
– No, señor no lo traigo, pero acabo de hablar con Den…
– Pues bien amigo, no hay más –dijo dando el negocio por terminado, luego se dirigió a Dei y le dio el precio-. ¿Se la lleva?
– Claro, sólo por eso vine.
El hombre pagó al anciano hasta el último centavo, el anciano tomó el dinero y envolvió a Denidna en un elegante papel celofán. El pintor no pudo hacer nada para impedir la transacción, ni él ni su corazón, ni su alma ni tampoco su amor. Dei metió a Denidan en uno de sus mil bolsillos y salió de la tienda silbando una alegre y sarcástica tonadita. El anciano sacó al pintor del lugar y cerró la puerta. Y el pintor se quedó ahí, sentado en la acera, viendo cómo Dei se alejaba con Denidna. Ante la perspectiva que sus ojos daban a su vida gris y vacía, entregó su alma a la melancolía, al dolor. Y dicen que sólo la luna lo vio, que la lluvia lo abrigó y que las estrellas le lloraron. Dicen que las noches en ese lugar no son las mismas desde aquella en la que un pintor murió ahogado en las penas que destruyeron su corazón.

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Estaba en mi cuarto, dormido. Las luces encendidas, mis anteojos sobre la frente y el cabello en un ángulo extraño. Despierto. Pongo música. Comienzo a bailar. Hay un carrujo sobre mi escritorio, lo fumo, me elevo, vuelo con los pies pegados al suelo. La canción acaba. Apago todo, me coloco los audífonos, tomo las llaves. Me abrigo. Abro la puerta, salgo. Una ventisca me da en el rostro y me quita el cabello de la cara. Es de noche, la luna en el cenit del cielo me saluda. Estoy en una plazoleta, al centro hay una fuente octagonal, mi puerta ya no está. Encima de la fuente hay una estructura cónica que simula un árbol de navidad. Está decorada con esferas y luces, en la punta una estrella de brillo azulado escupe un chorro de tres o cuatro metros de altura. El agua forma una cortina en derredor del árbol y distorsiona su imagen. Cuatro enormes bancas de cantera rodean la fuente, no hay nadie más en el lugar. Me siento en un espacio apartado, contemplo la fuente, sigo fumando el carrujo.
Mi porro se consume conforme mis hondas bocanadas, la luna baila en el cielo, los árboles murmuran entre sus ramas un himno sacrílego que me saca de quicio. Quizá no me quieran cerca. El humo verdoso me muestra escenas pasadas, viejos recuerdos y añoranzas. Me cuenta historias, me viaja… Nada pasa ¿salvo el tiempo?... Escucho el singular quejido de un gato, ¡Cómo me caen gordos esos malditos animales! Es color almendra, de cola anillada, le falta una oreja. Está sentado en otra banca, mirando. De repente un ladrido. ¡Un perro! Tiene barba y una cola muy larga, sus ojos brillan amarillos, teme, algo le quieren hacer. Ladra su güarfh-gürfh, dos mocosos le persiguen, alrededor de la fuente. El perro golondrino se para sobre ésta, un escuincle mugroso de piel morena lo empuja a la frialdad líquida del venero. Ese estúpido gato maúlla sarcástico, se burla de la desdicha del buen can. Chilla, se hunde. Los niños han visto al gato e inician su pronta persecución. Merecido se lo tiene por ser un gato. Sin más, se alejan.
El canido patalea, busca salir del agua helada, pero no lo consigue. Su pelo ha empezado a crecer, esta muy pesado, se sigue sumergiendo. Pavor y repugnancia ante tan cruel drama. Corro hacía la fuente como todo un loco, extiendo mis brazos para sujetar a la criatura, pero apenas le he tocado ha desaparecido de súbito entre las aguas. Sin más tomo mi mochila; la luna es verde, me despide, me bendice; el viento estrecha mi mano, se vuelve mi abrigo; los hermanos viejos me purifican con una lluvia de hojas, la jacaranda y el cerezo; el murciélago besa mi pescuezo. Me lanzo a la fuente.
Todo allí era muy extraño, no recuerdo haber conocido jamás un mar como aquel. Todo era agua y cielo estrellado. Raro, desconocido, inexplicable. El agua era clara, como bajo la luz del medio día, todo era verde y submarino. Había un enorme barco pirata, de velas negras, con el casco roto y lleno de misterios, riquezas. Me hallaba en medio de una orgía de delfines multicolores, con parejas ocupadas hasta donde alcanzaba la vista. A lo lejos pude escuchar el chillido del perrito, voltee la vista a todos lados. Ahí, entre una pareja de lesbianas acuáticas y una relación necrófila, pude ver el peor acto de barbarie: un delfín tosco, con un corte de pelo al más puro estilo reguaetonero y la piel llena de verrugas, golpeaba al perrito e intentaba abusar de él.
Lleno de ira me lancé a su rescate. Pataleaba entre indescriptibles gemidos, mi velocidad aumentó, hasta que al fin mi puño se estrelló en la cara del verrugoso delfín. El perro se libró del abrazo y nadó para colocarse tras de mí. El palurdo se levantó. Comenzó a tirarme golpes y coletazos que hábilmente respondí con patadas, puñetazos y feroces zapes. De repente escuché cómo la cola de mi antagonista partía el agua con el sonido del látigo… sólo sentí un zape. Las cadenas remplazaron a los puños, los puñales las cadenas, las espadas a los puñales, motosierras a las espadas, un volado a la violencia. El delfín era un mal perdedor, de inmediato tensó la cara y dibujó en ella un rictus macabro, demencial; con un rígido movimiento de brazo, me puso una mágnum en la cabeza; me exigía repetir el volado, sin embargo éstos representan asuntos de honor, es decir, no había marcha a tras. Él debía retirarse en brazos de su derrota. Comenzó a llorar, gritaba maldiciones y blasfemias que realmente me hicieron pensar que el sujeto me volaría la tapa de los sesos. Sí me sudó. Mi estoicismo no le dejó otra alternativa: iba a teñir el agua de rojo. Escuche un crujido proveniente del arma, esperaba el gran bang, pero no llegó, en su lugar hubo silencio, y la vista del arma que se perdía entre las profundidades, a penas tuve tiempo para salvarla con mi pie izquierdo. Levanté la vista para contemplar el motivo de mi suerte: el delfín había muerto asfixiado por la lujuria del can, que aún permanecía con el pene clavado en la cabeza del palurdo. Al final el agua se tiñó de rojo… un poco de blanco.
Nadamos hasta la superficie sin mirar atrás, mi cuadrúpedo compañero se notaba contento, pues en la boca traía el arpa. Por alguna razón, quizá un recuerdo o una premonición, yo sabía que él la buscaba, aunque ignoraba para qué. Al fin salimos del agua, el viento invernal, la luna y el cielo nos dieron la bienvenida. A nuestra izquierda un hechicero y su fogata desafiaban la tensión superficial. “Sea bueno, sabio anciano, sáquenos del agua por piedad”, dijimos al unísono. El no dijo nada, pero las llamas de la hoguera se tiñeron de verde. A nuestro alrededor comenzaron a salir burbujas, el agua se agitaba con furia, luego, de justo bajo nuestros cuerpos, salió excelso y fulgurante el imponente Resurrecter, con sus velas negras hondeando al viento, con las troneras abiertas para lucir sus mortales cañones. La madera abrillantada, el agua escurriéndole por la borda, como una cascada; mi compañero y yo parados en el puesto del vigía. Cuando el navío hubo emergido pudimos ver al anciano ser consumido por su propio fuego, que se disolvió en el aire como una chispa, dejó en la noche un brillo verdeazulado, que como un aura bendita se adhirió al Resurrecter.
Comenzó a llover, el viento infló las velas a todo. Tomé el timón y zarpamos rumbo la luna. El can se quedó en el nido, empuñó el arpa y comenzó a tocar un réquiem hecho con la armonía de la nostalgia. Nunca vimos el sol, pero vimos ocho lunas atravesar el cielo y sesenta y cuatro grupos diferentes de estrellas. Nunca sentimos hambre, ni sed, ni soledad. El réquiem, el mar y el vendaval llenaron el silencio del viaje. Con el doceavo alunecer vimos aparecer en el horizonte doce suculentas siluetas femeninas, haladas, como ángeles. Fijamos rumbo a su posición, pero no las alcanzaremos sino hasta dentro de cuatro lunas. Llegaremos cuando la luna este en agonía, los ángeles nos verán y bajarán a nuestro encuentro. Serán hermosas, de piel azul y cabello castaño, con utópicos senos, muslos de divinidad e indecible mirada repleta de pasión. Sus labios serán violetas, carnosos y con aroma de cereza. Sus altas suaves como el algodón, blancas como la nieve, serán nubes de amor. Estarán desnudas, ansiosas de placer, mi compañero y yo sabremos atenderlas. Cuando bajen haremos una orgía sin límites, serán amadas, mamadas y sodomizadas. Y les va a gustar, pedirán más, les daremos, les haremos, las divinizaremos, las someteremos…
Al vigésimo cuarto día de orgía cuatro de las haladas ninfas yacerán muertas, pero aún como parte del fetichismo. De pronto ellas tendrán hambre, se volverán caníbales, querrán que comamos la carne de sus hermanas fenecidas, que tengamos sexo mientras comemos. Lo haremos durante dieciséis días. Por fin esa escena acabará, los ángeles se volverán harpías, les saldrán colmillos y garras, su piel putrefacta mostrará sus huesos muertos, los ojos se les pondrán blancos, correremos de ellas, saldremos de ahí con treinta y dos rasguños cada uno, el canino correrá a su camarote por el arpa, tras lo cual saltaremos de popa y dejaremos nuestras vidas a la voluntad de Poseidón. Veremos al Resurrecter morir por una explosión en el polvorín, se hará añicos, volarán astillas y también plumas de estúpidas arpías. Nadaremos hasta un trozo de madera y quedaremos inconcientes.
Shit, calla, parece que va a despertar. Se llama Rip Vinward Mandú, la cosa que lo acompaña es un humano. Es la mano derecha de su amo, el poderoso mago Elernoth, rey de Ariknok, la ciudad edificada sobre las nubes por los seres parecidos al viento. Por eso no es raro que ahora viajen sobre cómodos cirros, duermen en paz, descansan de su ardua travesía, en especial el asesino del rey, el buen Rip, que como siempre cumple con su encargo. Mírenlo, con el hocico aferrado al arpa de Orfeo, seguro mato a miles para conseguirla, es un héroe, es el que mantiene el tributo a Tiamat por el agua de nuestra lluvia. Somos los que habitamos el cielo, los que no se pueden ver, los moradores de la ciudad de basalto invisible y esencia de ónice; los que transportan la lluvia, los que empujan las nubes, castigando o maldiciendo, somos el huracán, la inundación y la sequía, somos los hijos de Enki, los que son anteriores al tiempo, más viejos que la estirpe de Llavé, los que han visto la ira de Nyarlathotep, el caos de los Ekliz, la matanza de Aurón, el despertar de Azag-Thoth, y seguimos en este plano que va más allá de la vida, pero le es similar.
Despertó a los pies de su amo, con el humano recostado a su derecha. El gran Elernoth se mostraba furioso, no concebía la presencia de tal repugnancia en su palacio, lo miraba con asco y desprecio, sin dejar de acariciar el lomo de su espíritu y mensajero, Rip el asesino. Un guardia con una vara enorme comenzó a picar mis costillas, me sacó de mi inconciencia. Contemplé al canido con su amo, quien me miraba con asco y repulsión, a su lado estaba el arpa dorada de Orfeo. Y dijo el rey de los eres parecidos al viento: “Entiendo que salvaste a mi can de ser profanado por un despreciable palurdo marino, lo agradezco. Como muestra he decidido ser clemente contigo: te premio con el sacrificio a Azag-Thoth, tu miedo será su alimento. Y como ha sido mi mensajero el principal beneficiado, será el quien desollé tu carne.”. Dicho esto el can se abalanzó sobre mí, pero no sentí dolor.
Sentí agrado al verme morir, reía, yo… no era yo ¿Quién era? Mi perro desmembraba mi cuerpo, la boca del dios demente devoraba el dolor, mis gritos. A mi alrededor había miles de guardias y cortesanos, levanté la mano para que alguien limpiara los restos de suciedad humana… Mi mano estaba hecha de algo parecido al viento. Mi can se acercó a mí, como por reflejo lo acaricié. Y entonces lo comprendió, él era ahora el rey de los seres parecidos al viento, el rey que carga en el cuello la llave que abre la puerta de los tiempos anteriores al tiempo. Sin más tomó el arpa, abrió la puerta y me vi arrojándome a la inmensidad fría donde el tiempo y el espacio se retuercen. Abro los ojos, contemplo el mundo, mi planeta, la Tierra. Tengo el arpa entre las manos, voy cayendo a gran velocidad y de repente me encuentro frente a mi cama, contemplando mi cuerpo dormido. Hago sonar las cuerdas y veo morir a la gente, veo desaparecer todo rastro de civilización; toco otra nota, el suelo se llena de árboles e inmensas ardillas. Hay lluvia en todos lados, la niebla flota sobre la tierra y ya no hay sol, sólo luna, estrellas y… ¡Un inmenso calor, me derrito! Ah, fue ese maldito otra vez, entra por mi ventana y su malhadada luz quema mi cara, amaneció, el sol lo anuncia, como cada maldita mañana me tengo que levantar ¡Dios quiero vivir dormido en vez de estar despierto en la muerte, en el infierno! Me baño, me aseo, los sueños son tan bellos.

Cerezoso Anochecer ©


Ahí estaba, en aquella habitación alumbrada sólo por el azulado fulgor de un televisor, ésa era la única oportunidad que tendría en la vida, debía aprovecharla o vivir con el dolor de una pérdida segura. El sillón era muy cómodo, mullido y forrado con un material cobrizo parecido al satén; en frente se hallaba una mesita de centro tallada en fina caoba, salpicada con hermosos bajorrelieves helénicos que representaban la victoria de Perseo sobre la Medusa; sobre ésta, una daga que perturbaba mi paz con nefastos augurios, junto a ella un extraño florero que más bien parecía un jarrón azul, estaba hecho de un gélido mineral, resplandeciente como la plata, ligero como el latón y resistente como el hierro; por decoración tenía motivos de enredaderas pintados a mano con tinta de oro; unos claveles purporeoazulados que emanaban un brillo iridiscente le coronaban, confiriéndole un raro toque hogareño. Tenía al cuello un pequeño interruptor de plata grabado con extraños símbolos, este servía para encender y apagar el brillo de las estrellas. Jugar con ese bonito artefacto era mi único entretenimiento en aquellas tediosas horas en que sólo podíamos ver la final del mundial de fútbol, que tenía por sede el mega estadio Szonderr-ga, construido por los obreros de las colonias pobres de Saturno en el cuarto añillo de Júpiter. En la pieza no había nada más, sólo las más crueles tinieblas y una ventana que miraba hacia las lumbreras estelares sostenida en algún lugar del éter.

Viéndome en total aburrición, tomé mi mochila para sacar mi mp3, para así, con el mejor juguete del Universo en mis desquiciadas manos, comenzar una danza luminosa, bailando a ritmo de Bad Religion y su Punk Rock Song. Muy ocupado estaba en mi desate estelar pero nadie lo notaba, pues la televisión se había convertido en la única ventana del Sistema Solar. Supuse que, dado que las estrellas no poseen un filamento como el de las bombillas, era imposible fundirlas. Comencé a subir y bajar el interruptor cada vez más a prisa, sentí un éxtasis al admirar como el cosmos brillaba acorde a mi loca voluntad, todo parecía girar muy rápido conforme avanzaba la rola, mis dedos eran cada vez más flagelantes con mi nuevo juguete… el poder me había enloquecido, pude ver mis ojos ponerse en blanco, en mi cara lucir un nefasto rictus de maldad y delirio. Cerré los ojos y, lleno del espíritu de destrucción, terminé por desmadrar la luz del cielo nocturno, por fundir las estrellas y crear un anochecer, lo que me provocó suspirar ante mi obra, dejando luego escapar una tétrica risotada que a nadie inmutó.

Sobre la mesa pude distinguir la figura de la daga, que sólo revelaba sus decoros a la luz de la oscuridad, tenía un brillo blanco que irradiaba un hipnótico sentimiento de deseo, tenía grabadas las imágenes de cuatro indecibles bestias haladas con expresiones demenciales. Sentí su aura, en todo semejante a la mía y en un impulso la metía a mi mochila, algo me decía que quizá pronto la necesitaría. Y mi loquera cesó, el ritmo que Lemonhead le pone a Skulls me hizo reflexionar sobre el mal que acababa de cometer: de ahora en adelante ya no habría más estrellas en las noches de invierno, ni sobre el océano para orientar a los marineros, ya no brillaría su luz en ningún sitio y el único responsable sería yo. Me disponía a aceptar mi justo castigo, así que me acerqué al televisor para interrumpir a mis camaradas con el fin de hacer público mi crimen. Ahí estaba yo, yendo rumbo a mis peludos amigos de ocho ojos, amistades de distintos evos, lugares y tiempos, con el interruptor roto en mis manos. "Perdonen ustedes, pero algo ha pasado y es menester que lo sepan -nadie me miró-: Me duele la consecuencia, pues del divertido acto no me arrepiento, ni lo haré jamás, es más, lo repetiría; y si cinismo es sinónimo de enaltecer tus ratos de júbilo, llámenme cínico entonces. Señores, en mi loco prende y apaga he fundido las estrellas, por lo cual todos los marineros se han extraviado. Dispóngase de mi persona como mejor consideren; señores, a ustedes confió la divina tarea de juzgarme con justicia y mano firme".

El tiempo se detuvo, estaban por gritar algo. En la tele se escuchó el pitido de un silbato, un segundo silente y luego el estruendoroso grito que anunciaba ¡¡¡Goooool!!! El grito fue largo, eufórico, un grito de triunfo, de orgullo para nuestro pueblo; ahí estaban los once guerreros de verde. Los comentaristas no dejaban de pregonarlo con la voz quebrada por el llanto: "¡México, México es campeón del mundo, México anota el gol del triunfo en el último segundo, 1-0 sobre los franceses, México, México tiene la copa, México tiene el título… cómo no te voy a querer, cómo no te voy a querer!". "Puta madre -me dije- ¿México ganando el mundial? ¡Imposible! Eso sólo en…"


Desperté anonadado en mi cuarto oscuro, ella dormía desnuda entre mis brazos, su delicada piel perfumada con su aroma de cereza me provocó besar su mejilla; sentí su cabello sobre mi pecho y el peso de su cabeza en mi hombro. Me levanté de la cama, teniendo especial cuidado en no despertarla, corrí a la ventana para asomarme a ver el cielo. Una inmensa calma llenó mi alma, pues aunque muy tenues, las estrellas todavía brillaban. Di media vuelta, miré mi ordenador apagado para luego volver al lecho. Me quedé de pie frente a mi doncella: era bellísima, más que mil ángeles desnudos bailando en el cielo un réquiem de amor, más que cualquier espectáculo del cosmos, incluso más que la luna invernal o las estrellas otoñales, y en su sueño era tan sublime como un suspiro de la creación. Ir al cielo era sinónimo de hacerle el amor… Al cabo de un rato volví a acostarme, a tomarla entre mis brazos como sólo a mi princesa tomaría, para luego dormir compartiendo el calor de nuestros cuerpos y el latir de nuestros corazones.

A la mañana siguiente ella se había marchado, no sin antes dejarme un mensaje en el espejo, escrito con su cerezoso lápiz labial.


Bueno días dormilón - ¿o quizá debiera decir tardes?-No lamento haberme ido sin avisar, pues traté durante media hora de despertarte y cada intento fue infructuoso. Pasaré el día con mamá en el huerto cosechando pasteles, así que no podré verte. Pero te espero esta noche en el bosque, justo bajo nuestra jacaranda, no llegues tarde.

Con cariño, tu amada… bueno, ya conoces mi nombre.


Así, el día transcurrió lento. Para matar tiempo decidí salir a dar una vuelta por el cielo en mi libélula azul, no sin antes detenerme en la tabacalera para comprar una cajetilla de cigarros. En el lugar sólo estaba el tendero, un hombre robusto, pequeño, vestido una camisa verde, una bermuda y unos Conversse rojos; no tenía cara, de hecho sólo su nariz decoraba su calva cabeza; le pedí unos Delicados y en silencio atendió mi pedido, pagué, me devolvió el cambio. Iba de salida cuando escuché su voz ronca dentro de mi cabeza diciendo: "Suerte, hermanito, te veo más tarde". "Gracias, que tenga un buen día", contesté para luego emprender de nuevo el vuelo. Me recosté en el lomo de la criatura para ver pasar las nubes y caer el ocaso con un cigarrillo en la boca, añorando a cada segundo el momento de verla sonreír, de tenerla entre mis brazos y poderla besar. Cerré los ojos deseando la noche con toda mi alma, quizá me quedé dormido, pues cuando los abrí la noche estaba ahí. Dirigí mi halada montura con rumbo al bosque. Pude ver a mi doncella caminando junto al borde, con su vestido blanco y su corona de perfumadas flores azules. Era una visión hermosa la de su piel blanca y su cabello como hilos de chocolate que jugueteaban con el viento. Bajé hasta donde se encontraba.

- Buenas noches bella dama, permítame llevarla hasta su destino, pues pies tan bellos no deberían rozar un suelo tan rocoso.

- Yo quisiera mi joven caballero, pero temo no poder pagar mi pasaje -dijo conteniendo una sonrisa.

- A la reina de mis sueños sólo una cuota pido: dedíqueme una sonrisa, hágame la noche, alégreme la vida.

Y sí, me sonrió. Abordó mi azulada libélula para entregarme un beso apasionado que compensó los que había no había tenido durante el día. Volamos abrazados con el nocturno vendaval hasta el lugar acordado, testigo fiel de nuestros más bellos ratos.

Nos hallábamos al pie de nuestra floreada jacaranda, recostados sobre una flor de pétalos azules y negros; la brisa veraniega nos ofrecía la más bella visión sobre la libertad al hacer volar las flores de nuestro árbol como mariposas rosadas. La noche estaba despejada, tapizada de estrellas; la luna no salió, pues a lado de mi niña se sentía opaca y gris. Nos encontrábamos mirando el cielo, sintiendo la brisa, uniendo puntos con las estrellas y preguntándonos cuál de todas sería la más lejana. Imaginábamos un lugar alejado, donde sólo pudiésemos vivir los dos en compañía de nuestro cariño, haciendo cada noche el amor sobre un lecho de raras orquídeas multicolores, junto a un río de cristalinas y tibias aguas; un lugar con un sol frío de brillo azul, sin una luna envidiosa; de noche eterna y siempre estrellada. Decidimos que la más pequeña sería sin duda la más alejada, así que nos pusimos de pie, nos tomamos de la mano, me besó con ternura y luego saltamos sobre una de las flores que caían de la jacaranda, después a otra. Como si de una escalera de pétalos se tratara, ascendimos hasta la copa del árbol para después dar el gran salto hasta la estrella más próxima. Pisamos la primera estrella y luego saltamos a la siguiente. Brincamos las estrellas de una en una con el fin de llegar hasta la lontananza etérea, dueña de la última luz.

Entre mares de hermosas tinieblas estrelladas, tuvo lugar nuestro inolvidable derrotero de libertad. Siempre sujetos de las manos, siempre dándonos un beso de ánimo en cada estrella que pisábamos, siempre callados mientras escuchábamos los sonidos del silente cosmos. Los evos pasaron como segundos, en la lejanía ya se divisaba la última estrella, que derramaba su luz sobre nuestros seres atónitos, que sólo podían contemplar su mundo soñado de amor, soledad y pasión. Parados sobre la penúltima estrella nos abrazamos con fuerza, nos dimos un beso que celebró nuestro triunfo. Dimos el gran salto final. Volábamos abrazados, sonriendo llenos de ilusión, alcancé a escucharle decir un "te amo", pero no le pude contestar, pues de la Nada oscura salió él, como un fantasma devorador de amores. Llevaba varias dagas de plata en el cinturón y estaba envuelto en una capa tejida con la más nefasta penumbra. Me la arrebató de los brazos con un rudo movimiento, no pude ver su cara, sólo lo vi aterrizar con ella en la que debió ser nuestra estrella. Esperaba el momento de aterrizar para pelear por mi amada, pero en vez de eso me estrellé de cara contra una muralla invisible que impedía mi paso. Caí de nuevo en la penúltima estrella. Volví a saltar, choqué de nuevo, lo intenté doce veces más, y doce veces más caí fracasado a la misma estrella.

Me hallaba desesperado y al borde de la locura: me daba miedo pensar que aquel ser pudiera poner uno solo de sus despreciables dedos encima de mi rosa. La muralla era simplemente infranqueable y no hallando el modo de cruzar caí presa del cansancio. Un rato después abrí los ojos, sorprendiéndome al verme parado sobre una nube púrpura que sobrevolaba un lago plateado lleno de patos verdes que mugían como vacas; el cielo oscuro parecía ondulante, ostentaba dos lunas doradas que me miraban como si fuesen los ojos de la noche, una brisa húmeda acariciaba mi cabello y no había horizonte. Lo que más me sorprendió fue percatarme de la extraña presencia de un anciano calvo que sostenía un bastón muy alto, de una madera oscura y retorcida. Usaba lentes oscuros, no tenía boca, estaba cubierto con una harapienta túnica verde que quizá en otro tiempo perteneció a un rey; este personaje me inspiró una cierta confianza cuyo origen no podría precisar. Escuché su voz apacible y ronca dentro de mi cabeza… ¿usaba unos Conversse rojos?…

- Qué haces ahí tendido -me interrogó- ¡Que no ves que el tiempo apremia! Tu amada aún espera ¿acaso quieres que ya no te quiera? ¡Levántate, muchacho, ve por ella!

- ¡A caso cree que no lo quiero! Míreme todo magullado, es un muro inexorable lo que me impide ir a su rescate. No poseo las armas ni la fuerza para penetrarlo. Mi orgullo se ha quebrado, pues a mi amada he abandonado. Si sabe como penetrarlo, le suplico, abuelo errante, me diga el modo pues francamente no le hallo.

- Fácil no es cruzarlo, pues el muro que frente a ti se interpone no es otra cosa que la frontera entre el Universo finito y el Universo infinito. Para atravesar esta verja que te veda, sólo debes saltar, sin embargo no cualquiera puede, sólo aquellos que logran trascender a lo físico y volverse su propia esencia, pues la materia es finita y la esencia sempiterna. Fácil es como puedes ver, sin embargo no puedes.

- Bien, qué hago entonces para poder.

- Suicídate -dijo casi en un susurro.

- ¡Qué!

- ¿Acaso no la amas tanto como para dar la vida por ella?

- La amo tanto y más que eso, pero es el destino de los muertos no poder amara a un vivo.

- ¿Y quién amará aquí a un vivo? Niño, comprende, si tu amada cruzo es porque ha dejado de ser materia para solamente ser… Ser.

- ¿Insinúa acaso que mi flor está muerta?

- Ehm, sí, si así lo quieres ver… Mira mi niño, te diré algo para que termines de decidirte: ella murió en cuanto él te la arrebató de las manos, en cuanto la tocó. ¿Y sabes que están haciendo ahora?, porque yo sí. Él le está compartiendo todo lo que hay más allá, intentando enamorarla ¡y con razón: es hermosa! Así que apresúrate a tomar tu decisión, pues los segundos de aquí son evos allá. Ahora… ¡Despierta!

El dolor se había marchado, estaba recostado sobre la penúltima estrella, pero ahora ya sabía qué hacer. Me levanté para tomar a mis inseparables compañeros del suelo: mi mochila y mi mp3. Me coloqué los audífonos y me abrigué con la sudadera de Green Day. Por último me colgué la mochila. Puse play para que sonaran los Misfits y me lancé en el gran salto final. Volaba cada vez más cerca de la muralla invisible, un haz de luz me la había mostrado. Saqué de mi mochila una daga de plata que por alguna razón parecía salida de mis sueños, similar a las que el encapuchado ladrón llevaba en el cinturón. Estando a nada de volverme a estrellar, la usé para degollar mi garganta haciéndola sangrar como si de una fuente se tratara. Pude ver una luz muy blanca que me cegó por completo y sólo recuerdo haber pensado: "Sabía que la necesitaría".

Había logrado atravesar la muralla, me encontraba en nuestra estrella de noche eterna, todo estaba en su lugar, el lecho de orquídeas, el río de cristal, las jacarandas, los cerezos, y las miles de estrellas de ignotos colores, sólo faltaba ella. Caminé río abajo hasta alcanzar una ladera llena de flores multicolor; tiernas fierecillas, iridiscentes y desconocidas, correteaban por el lugar cazando una suerte de bellotas con pies. Tras un árbol hibrido de jacaranda y cerezo estaba ella recostada, pero no sola, él la acompañaba cantando en su oído canciones de amor. Aquella visión me llenó de rabia y celos. Sin pensar me abalancé sobre mi rival. Le caí encima a golpes, pero no tardó en reaccionar. Se convirtió en una bola de pelos que intentaba tragarme.

El viento comenzó a soplar, silbando melodías entre los árboles, desatando una lluvia de flores que bañó nuestras cabezas. Abrasé a mi enemigo en un ágil movimiento y comencé a dar puñetazos en su cuerpo de pelo, pero aquello no resultaba. Mi flor amada gritaba, no para apoyarme, sino para rogarme terminara la pelea. Mi mente se dividió en dos, una parte me obligaba a detenerme, pero la otra me incitaba a defender mi orgullo, esa parte fue la victoriosa, pues tras arrojar con fuerza a mi rival saqué de mi mochila un raro artefacto que recordaba de otros eones: un florero que más bien parecía un jarrón azul, con un pequeño interruptor de plata que servía para encender y apagar el brillo de las estrellas. Esta vez, lejos de usarlo para mi diversión, lo usé a modo de lanzallamas. Comencé a disparar lenguas de fuego que mi rival esquivaba con facilidad y terminaban pegadas a los floreados árboles. Viendo infructuosos mis intentos decidí lanzarme a otra pelea cuerpo a cuerpo, está vez deje que el peludo mal nacido tragara mis manos, asestándome dos o tres golpes. Cuando mis manos y mi arma estaban en su interior disparé una fuerte llamarada que lo hizo volar lejos de mí. Terminé hiriéndolo de gravedad, me dirigí a aniquilarlo con paso firme y mirada rabiosa. Apunté mi florero, pero justo cuando iba a disparar mi princesa se interpuso; me miró con sus ojos de estrella desbordantes en llanto e intentó decirme algo. El lívido me poseía, la aparte con sutileza para luego rociar con llamas negras al responsable de mis amarguras… Y lo volví ceniza.

Un aroma a cereza lo llenó todo y fui donde mi doncella, la tomé entre mis brazos, acaricié su melena de chocolate; me disponía a besarla, pero en un arrebato se apartó de mí, dejándome completamente anonadado. El viento seguía soplando y no dije nada esperando su explicación. Un momento después se dignó hablarme.

- No comprendes -dijo limpiando las lágrimas de sus bellos ojos-. Ya nada es igual.

- A qué te refieres -pregunté-. Ahora estamos a salvo, solos, es nuestra estrella soñada.

- No, no lo entiendes -la voz seria, la cabeza erguida.

- Explícame, qué ha pasado, por qué me rechazas.

- Porque ya nada es igual: Mis sentimientos han cambiado como el viento cambia su dirección. Te esperé durante eones y terminé por enamorarme de él, pues me enseñó cosas que tú jamás conocerás. Lo lamento, pero esto ya fue, es y será. Esto es lo único real, que ahora mi corazón le pertenece a él. Debes entender que esto es el adiós.

Y me dio la espalda para luego alejarse rumbo al horizonte junto al viento impregnado con el aroma de la cereza. Caminó junto al río, con su vestido blanco y su corona de flores azules por único atavío, su cabello de chocolate hacía una danza con el vendaval para darme el último adiós. Quise correr tras ella, sólo quería abrazarla, mirarla a los ojos y decirle "Te quiero", acariciar la piel de sus hombros, pedirle que no se fuera, pero el llanto interno que ahora me aletargaba había inundado ya mis pies, que no me respondían. El montículo de cenizas que acababa de crear comenzó a elevarse con la brisa, para pasar frente a mí lleno de dicha, mofándose de mi dolor. La nube retomó su forma pre-peluda, que avanzó hasta alcanzar a mi dama para después envolverla entre sus brazos, acariciar sus hombros, su cabello. Lo vi besar los labios que tantas veces me sonrieron y me hicieron feliz. La tomó de la mano y se alejó junto a ella para ir desapareciendo tras la ladera. La escena era devastadora para mi alma dolida que ya no pudo contener el llanto; con lágrimas en los ojos tomé del suelo mi florero-jarrón, puse mis dedos en el interruptor de plata, clave la mirada en el último destello de mi vida. Moví el interruptor para apagar una vez más el brillo de todas las estrellas, creando en el cosmos un cerezoso anochecer hecho de la más dolorosa oscuridad, que como confidente amiga encubrió mis lágrimas con dulzura y discreción. Oscuridad, silencio, un dolor en mi pecho…


Television llenaba mi alcoba con la melodía Days. Mi computadora aún seguía encendida, mi tarea inconclusa aún me esperaba. Salté de la cama, corrí hasta la ventana para a ver el cielo: para desdicha de mi alma, aunque muy tenues, las estrellas todavía brillaban. Pensé en mi princesa, y pude escuchar a mi voz decir para sí misma: "Es cierto, ella se ha ido con él". Dediqué una lágrima a la dueña de mi ser, cuyo rostro sonriente aún contemplo en la luz de la luna nueva; di media vuelta, miré un momento el protector de pantalla y guardé mi tarea para luego apagar la máquina. Así, triste como cada noche, me fui a la cama sin un beso tierno ni suaves caricias, en compañía de su ausencia, anhelando nuestros ayeres con el olor de su cabello de chocolate que aún perfuma mi almohada. Y abrazando los recuerdos que dejó impregnados en mis sábanas viejas bañadas con el cerezoso aroma de su piel desnuda, me fui a dormir deseando con toda el alma nunca más volver a soñar las estrellas.

martes, 7 de julio de 2009

Pero él no era valiente ©


Ahora, anciano y cansado por lo largos años de lucha durante La Reforma, Guillermo Prieto, hombre de aspecto sombrío y semblante pensativo, se halla sentado solo, al fondo, en el rincón más oscuro de la pulcata; bebe sorbos tranquilos de un jarro de barro, decorado a mano; y en sus ojos comienza a brillar ya el fulgor alegre de la embriaguez ligera.
Ningún otro parroquiano de la pulcata le dirigía la palabra, se decía que estaba loco, trastornado por todas las muertes de que había sido testigo en su vida al servicio del gobierno. A veces, decían, se le podía escuchar murmurando algo acerca de una especie superior a la nuestra, una raza que vendría de las estrellas, de donde todo es diferente, el día menos pensado para comerse nuestros cerebros. Hablaba de feroces armas destructivas, tan pequeñas como un dardo y tan letales como la peste. Nadie le creía.
Loco o no, cierto es que era hombre cabal, “Los valientes no asesinan”, era su filosofía de vida, pues esa filosofía había salvado su pellejo, y el de otros altos funcionarios del gobierno, de ser arrancado por militares sublevados. Cada vez que escuchaba hablar sobre la locura del viejo Guillermo Prieto entraba en mi una gran curiosidad, digo, ¡qué no habrá visto en su vida tan notable caballero! Quizá por eso, una noche en que la pulcata de doña Pacita no estaba tan llena como de costumbre, me decidí a hablar con don Guillermo. “Señor, buenas noches tenga usted”, dije con tono amable y caballeroso. Por respuesta mi interlocutor hizo un ademán con la mano derecha, invitándome a tomar asiento en la silla que se hallaba frente a él.
“Te vez un muchacho serio, pero también demasiado joven e ingenuo… me agradas; dime, ¿Qué te acerca a mi compañía?-dijo poniendo su mirada contra la mía por primera vez- ¿eres de los que piensan que estoy loco?”. Moví la cabeza de lado a lado respondiendo a su pregunta con una negativa. Bebió un sorbo de su pulque, le imité. Un incomodo silencio se había hecho en la mesa, cuando de repente se vio quebrado por la voz del señor, “Y bien, qué quieres –dijo poniendo su jarro en la mesa- ¿quieres a caso que te hable de los seres verdes que vienen a invadirnos esta noche, de la horrible muerte que nos espera y para la que nadie en este maldito mundo está preparado, o acaso quieres que te hable de cuan bien me sentiré cuando todos esos que me llamaron loco estén suplicando por la salvación de su cerebro?”.
Sí, sin duda el hombre estaba loco, pero ya era tarde para retractarme de mi decisión, darle la espalda y marcharme a mi lugar de siempre, cerca de la barra, donde amable me atiende Adriana, siempre con esa bella sonrisa dibuja en su carita de luna.
- No señor, no vengo a hablar de eso.
- De qué entonces, si esta noche ya no hay nada más de que hablar.
- Usted trabo amistad con los grandes cerdos de Gobernación, ¿no es así?
- Sí, así es –me miró pensativo, como no dando crédito a lo que sus labios acababan de decir-. ¡Qué diablos, el día final es hoy! Sí, los conocí a todos y a todos les salvé la vida, yo y mi lengua, yo y mi lema. Te contaré.
Me contó una historia, la historia de su más grande aventura, de cuando había salvado a Juárez de morir baleado, a él y a otros fulanos. Me narró los hechos en orden cronológico, dándome siempre las pistas necesarias para hallar los cómos y los porqués a tan notables acontecimientos. Así fui obteniendo información valiosísima, desde los nombres de los allegados a Juárez y sus respectivas funciones, hasta lo necesario para hilar los motivos de uno que otro escandalillo político. Cuando don Guillermo hablaba, en mi mente se dibujaban los amplios corredores de una base militar, de un palacio de gobernación y hasta de una capilla, venía a mí el aroma del perfume de la secretaria que atiende una oficina, y el clamor de voces reacias exigiendo muerte a los presos.
Al finalizar su relato, don Guillermo brindó conmigo, alzamos los jarros llenos de pulque hasta el tope y los chocamos en el aire, mientras con voz alegre y resignada decía, “¡Salud, salud por el fin del mundo!”.
Seguimos bebiendo un rato más, poniéndonos ebrios de pulque, de poesía y de hashis, hablando de viejos amores no correspondidos. Tras la charla, ya fuera de mis cabales, caminé hasta la barra y me dirigí a Adriana y clavé mis ojos en los de ella, y con toda la sinceridad de mi corazón, mis labios profirieron un “Te amo”, en la cara de mi amada había una obvia expresión de sorpresa, de miedo y de confusión, luego, de la nada, su cabeza estalló frente a mis incrédulos ojos, frente a mi dolido y ebrio corazón. Di la media vuelta y ahí, en el umbral del lugar, como una sombra dueña de la noche, estaba parado un ser verde de aspecto humanoide, con asquerosos tentáculos en la barbilla y con unos largos y delgados brazos, en los cuales aún cargaba un arma de aspecto indescriptible. Apuntó su arma a mi frente, como para asestarme un tiro entre ceja y ceja, presa del pánico grité lo primero que cruzó por mi cabeza, “¡Los valientes no asesinan!”, pero lástima, ese repulsivo ser no era un valiente.

¡Cállate! que no estoy hablando contigo ©


Lector está ciego, parado en la cima de una escarpada montaña, la noche, ostentando adornos hechos de estrellas y un cuarto creciente como estandarte, domina el lugar; el sonido de la madera quemándose acompaña el sonido de su guitarra, y el calor de una fogata le permite seguir entonando cantos para la mujer amada, la Antisocial Girl que se haya a 2000 light years away…, y ciego como está, no puede ver el espectáculo que se avecina. La brisa matutina, con su peculiar frescura acaricia sus mejillas, “Va a amanecer”, está seguro, “Autor, muéstrame el amanecer”. Parado junto a Lector se haya alguien, las sombras ocultan su rostro, y por vestido lleva una larga y derruida capucha negra que le cubre de pies a cabeza. Autor asiente.

Traía un sombrero grande, hecho de paja, con un listón blanco por único adorno; también una pipa ambarina, aún humeante, en la mano derecha; llevaba a la espalda un morral de tela, lleno de no sé cuántos recuerdos… había llegado ahí por casualidad, siguiendo entre las montañas el origen de un fuerte resplandor naranja, anhelando el calor que aquella fogata brindaba, pero más que eso anhelaba su luz. Venía huyendo de la noche, que le rodeaba por todos lados y no lo dejaba de acechar; todo a su alrededor eran sombras, sombras que ocultaban terrores ignotos, criaturas demoníacas que le miraban ocultas en la penumbra, y esperaban el momento preciso para atacar, emboscarlo, arrástralo hacia las sombras y clavar en él sus malditas garras, haciéndole sentir que hierros candentes laceran su piel, desangrándolo y haciendo que sus gritos hieran al tiempo al tiempo que suplican al demonio por el fin de la agonía.
Corrió lo más rápido que pudo, maldiciendo al viento, golpeándolo, sacudiéndoselo de encima… defendiéndose de él en medio de una negra oscuridad. No supo cómo, pero por fin estaba cerca del fulgor del fuego, que le defendía de las criaturas de la sombra. Debía tener cuidado, pues dos tipos, un ciego que tocaba en la guitarra canciones de amor, y un extraño encapuchado que miraba el horizonte, eran los dueños de aquel fogón. Frente a él había un arbusto rosa de algodón de azúcar, con paso cauteloso y decidido avanzó hasta tan formidable escondite, “Estoy muerto, estoy muerto, me verán, me verán, estoy muerto”, pensaba; mantenía la mirada clavada en los dos extraños, que al parecer no se percataron de la presencia del intruso ahora oculto tras un grande, suave y mullido arbusto rosado.
Con la cabeza recostada en el arbusto, miraba el horizonte opuesto al de las dos figuras, cuya fogata también a él le brindaba calor. El aroma del cáñamo inundaba el aire con cada bocanada de humo que un ciego, un encapuchado y un desconocido exhalaban al ambiente. “Swwet, sweet antisocial, plis look up at me; sweet, sweet antisocial, get me smile”, terminaba de cantar el ciego, mientras los últimos acordes aparecían formados por sus callosos dedos. De repente, el silencio. Y el encapuchado hizo oír su voz en medio de la penumbra, que a él sí parecía obedecerlo. “El alba, un alba de esplendido colorido, comenzaba a dilatarse derrochando sus toques en el horizonte”, comenzó a decir el ignoto encapuchado, que siguió hablando, usando las palabras no para describir el amanecer, sino para retratarlo, mostrando con sonidos el acontecer matutino de un pequeño pedazo de “civilización” que se hallaba a unos veinte kilómetros de la montaña.
El misterioso ser cubierto de sombras hablaba, deslizando su visión en el retrato a través del tempo y del espacio; la escena, el retrato, compuesto de otros más pequeños comenzó a dibujarse en su mente, como seguro también se estaba dibujando en la de aquel ciego enamorado. La escena de miles de escenas era una totalidad, pero ciertas partes resaltaban cuando el ignoto narrador las hacía saltar con el ir y venir de sus palabras.
Mientras sus ojos veían como la noche era vencida y humillada por el alba, en su mente pudo ver gente ocupada en diversos asuntos, niños llorando y otros jugando, adultos acalorados, un tren que se dispone a partir, animales atrapados en el vaivén de su vida y a un miserable que de la vida partía.
Soldados le custodiaban, unos le hacían burla, otros le alentaban citándole versículos bíblicos sobre la salvación de su alma y la bondad de Dios… Y aquellas imágenes que bailaban en su mente con la voz del sombrío narrador, dibujaban en su imaginación mil rostros macabros, dolidos, alegres, iracundos e indiferentes; y el mundo, reducido ahora a ese pueblo de aspecto desértico, le dio asco, pues todo el pueblo despertaba con el amanecer a una realidad que ni siquiera veía, pues con el nacer de su día, moría la noche y moría un hombre, como un tributo a alguna deidad.
Con sus palabras le mostraba cada escena en el pueblo, le transmitía cada emoción y cada olor, cada maldito detalle, tal vez por eso no pudo más, aquello le parecía inconcebible, ¡mentirle a un ciego enamorado de una antisocial que se haya a dos mil años luz de él!, ¡un ciego que no tenía más remedio que conocer el amanecer por las palabras de un charlatán! Se levantó y salió de su rosado escondite. “¡Eres un maldito embustero! –gritó con decisión- Eres un idiota, no puedes ver y mucho menos describir cada acción realizada en un pueblo que queda a veinte kilómetros de aquí y que apenas puedes divisar, ¡idiota!, para eso tendrías que ser omnipresente, omnisciente, y NO-LO-ERES”.
Se había atrevido a dudar de su palabra, y más que eso, se había atrevido a levantarle la voz, había tenido el descaro enfrentarle, acto más propio de un pendejo que de un valiente. Sintió sobre sí la mirada del Autor, pero no pudo verla, pues el tiempo no se lo concedió, y jamás volvió a sentir.
Lector, ciego y con su guitarra callada, se hallaba escuchando a Autor, que con su larga capucha negra ondeando al viento adquiría un aire sereno e imponente, tras ellos había aún un extraño arbusto rosado, y tras él ya no había nada.

Al despertar…©


Soñaba que pisaba un suave y verde césped lleno de vida; que la hierba le acariciaba las manos y las flores los tobillos; soñaba que la tierra era firme y fértil, y que los árboles que en ella crecían eran fuertes y frondosos apoyos de madera viva. Soñaba un cielo azul e interminable, lleno de blancas y algodonadas ilusiones que nacían en su corazón y viajaban con el viento sobre el mar del conocimiento; soñaba mil veleros de ignotos colores que flotaban en sus aguas y un rojo horizonte que cedía paso a la noche. Soñaba que podía amar a la Luna y que ella le correspondía; que los árboles y animales eran su fiel compañía, soñaba que las flores le veían como a su igual, y que con ellas tenía una infinita amistad… Soñaba que vivía una vida que quizá no era la suya, una vida que quizá nunca tuvo.
Al despertar de sus sueños no recordaba sino oscuridad, y al mantener los ojos cerrados era aún lo único que veía. Poco a poco la remembranza bajo las sábanas le devolvería el color al lienzo blanco que era su memoria. Una tenue sonrisa se dibujó en su rostro de Afrodita al recordarse entre flores, un océano y un ocaso color sangre. Abrió sus ojos de miel y acto seguido fueron golpeados por la cegadora luz que entraba por su ventana. Se levantó con los ojos apretados y se dirigió a cerrar la cortina. La cerró. Volvió a la cama y se enroscó en sus cobijas. “¡Un momento!”, se dijo poniéndose en pie de un salto para volver a la ventana y mirar de nuevo. Se quedó boquiabierta. “El cielo, qué pasa con el cielo, por qué está tan azul, por qué está tan… limpio”, dijo al aire maravillada y dándose el lujo de permanecer mirando un poco más.
El cielo estaba limpio, impecable; no había nubes; ni aviones o aves lo surcaban; ni siquiera el sol lo manchaba con su amarilla luminosidad. Ya no había horizonte y el mar ya no existía, y es que quizá nunca existió. Arriba, el cielo era todo y todo él era azul, él era el azul.
Comenzó a sentir una molestia en los ojos, le dolían y empezaban a irritarse, cosa normal si uno deja de parpadear por un rato. Tras abrirlos y cerrarlos para quitarse el malestar comenzó a gritar. “¡Mamá! ¡Hey, todos! ¡Vengan, tienen que ver esto!”. Nadie contestó a sus gritos, salvo el silencio de la de la avenida desolada. Gritó una vez más, luego otra y después una más. Nada, silencio y nada más. Volvió a mirar el cielo, aquello era adictivo. Miró el reloj en su pared y pudo notar que las tres manecillas estaban fijas en el doce. “Que raro”, se dijo, y abandonó la recamara para dirigirse a la sala de estar.
“¡Ian, David, Roger, mamá!”, gritó parada en un sillón con las manos haciendo altavoz, no hubo respuesta. Los buscó una vez más antes de salir al patio. Al abrir la puerta, una suave y fresca brisa acarició su tersa y nacarada piel, haciendo que sus cabellos ondearan como una deshilada bandera de oro. En el aire sólo estaba la música del silencio. Miró hacia arriba y… “¡Pero qué demonios! ¡Esto no puede ser!”. El cielo había desaparecido.
Pudo ver un cometa deslizándose a través del universo, también mil estrellas y muchos planetas, todo en medio de una abrumadora y hermosa oscuridad. “Por qué diablos veo estrellas en plena mañana”, se preguntó en aquel raro día sin sol en el cielo, sin cielo. Estaba tan maravillada y a la vez tan asustada por el espectáculo del cosmos que no pudo permanecer más tiempo mirándolo; dio media vuelta y… “¡Oh demonios! ¡A dónde se fue mi casa!”. La casa había desaparecido, así nada más. “Esto tiene que ser un sueño, una terrible pesadilla de la que aún no despierto”, pensaba mientras la gélida caricia del miedo ascendía por su espina. Lanzó un grito y se tiró a sí misma una bofetada que le dejo los dedos marcados. “¡Sí! ¡No me dolió! ¡Esto no es más que un horrible sueño!”. Lástima, jamás se entero de que el dolor había desaparecido también.
Con nostalgia vio el césped desaparecer bajo sus pies, dejando a la vista a más de un insecto rastrero; estos le odiaban sin razón y al verla sola se abalanzaron contra ella como una mini ola negra que se desvaneció a un milímetro de su cara. Aliviada y con la mano sobre el corazón se dejó caer al suelo, pero el suelo ya no estaba. Ahora caía, y todo lo que podía hacer era gritar. Cayó y cayó, y siguió cayendo un rato más, un rato amenizado por el inerte silencio de los árboles, la hierba y las flores, que caían a su alrededor sin sostenerla ni consolarla o tratarla como a su igual, a pesar de verse en su misma situación. No dejaba de caer, y aunque la luna no dejaba de verse hermosa, cada vez se volvía más y más inalcanzable. No había veleros por ninguna parte. Sólo anhelaba despertar, pero no despertaba, y no despertaba por que aquello no era un sueño.
Continuó cayendo en una oscuridad cada vez más densa, pues cada vez había menos lumbreras a su alrededor, y conforme caía su universo se volvía más y más pequeño; de repente dejó de caer. “Que raro, no siento el suelo, dónde estaré”. Miró hacia… bueno, no sé hacia dónde, pues el arriba y el abajo habían desaparecido también. Sólo miró, ahora miraba el Todo, que ya no era sino un lejano e inalcanzable punto de luz que flotaba solitario en aquel mar de tinieblas. No pudo evitar sentir una triste nostalgia, pues recordaba ese sueño en el que ella era parte de ese Todo que ahora le estaba vedado… Lo miró un rato más –no había otra cosa que ver-. Una lágrima brotó de su ojo izquierdo, estaba bajando, acariciando con suavidad su mejilla, y luego, junto con el Todo, dejó de estar.
No veía nada, excepto a sí misma en medio de esa tenebrosa y reconfortante oscuridad; y luego, de un momento a otro, la oscuridad desapareció también. Comenzó a sentirse más liviana, se miró: su ropa ya no estaba. Su mirada cambió y con dulce ternura acarició cada parte de su hermoso cuerpo con sus suaves y delicadas manos. Se sintió a sí misma cada vez más y más liviana, y luego ya no se sintió más.